A 60 años de Revolver, un disco icónico de esos chicos de Liverpool

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Si hubiera que contarle a un marciano sobre la vez que el rock, en una de sus fases trastornadas, estuvo más cerca de su casa, alcanzaría con un tema musical. Una canción, si es que se la puede llamar así: “Tomorrow Never Knows”. Ha llegado luego –y vendrían como ejemplo para el mismo fin- un torrente de músicas floydianaszeppelinianas, sabbathianas o de la banda que guste, pero aquella fue algo así como la llave de entrada a un mundo nuevo, que sigue siendo nuevo. La inventó John Lennon, que apenas iba por los 25 años, y, además de una llave para abrir las puertas del futuro y la percepción, la pieza portaba otra hacia dentro del disco que la contuvo: Revolver. El que hoy mismo cumple 60 años, como si eso no estuviera pasando.

Se empieza a conmemorar semejante aniversario por esta pieza maestra porque es la mejor manera de compendiar el todo del disco por su parte más sublime. De contar el futuro en el pasado. De sellar una sustancia musicalmente revolucionaria, que el rock and roll sin duda representaría durante varias décadas. También porque en “Tomorrow Never Knows” empieza a ser verdad eso de que todo puede ser posible en el viaje del sonido. De poner ropa profusa en el interior de la batería de Ringo Starr, con el fin de evitar resonancias fútiles, hasta permitirse maridar ácido lisérgico con música hindú. O de tocar las guitarras en reversa para que todo sonara raro o posible, a variar velocidades, tempos y voces.

Para contarlo mejor estuvo una en la Argentina Geoff Emerick, el ingeniero de sonido que, con los solo 20 años que tenía en agosto del `66, empezaba a ser parte de toda esa locura. De eso que cambió de una vez y para siempre la forma de grabar música en Occidente. “El sonido que le sacamos a la batería de Ringo en ‘Tomorrow…’ es el que siguen buscando hoy muchas bandas. Fue la primera vez que se hizo un loop con el instrumento, porque él no aguantaba más de tres minutos el mismo ritmo”, dijo Emerick en esa inolvidable charla de abril de 2018, organizada por el INAMU y ATTIA en la Biblioteca Nacional. “De ese tema también quiero resaltar que John estaba como loco con las voces, quería como un Dalai Lama cantando a tres mil metros de distancia y lo que hicimos fue hacer pasar su voz por el parlante Leslie. La forma de grabar ese tema determinó la forma de grabar el resto. El día de la grabación de ‘Tomorrow…’ creo que cambió la forma de hacer el resto del disco”, expresó quien estuvo ahí dentro, en la mismísima cocina de un tema lacerante, psicodélico y onírico, que picó en punta hacia dentro y hacia fuera del trascendental Revolver.

El universo en sí mismo que encierra ese inolvidable agosto de 1966 para The Beatles no cabe en el universo. Por eso hay que contarlo. Una y mil veces hay que contarlo, habida cuenta de la desconexión que existe hoy -en este mundo híper conectado, desangelado y abrumador- no solo entre ser humano y ser humano, sino también entre una misma persona y sus sentidos, su memoria sensorial y emotiva. Hay que contar una y mil veces que el mundo es mucho más divino y estremecedor de lo que parece, si la humanidad lo dispone. Y que han pasado cosas divinas y estremecedoras para demostrarlo.

Una, entre mil que pueden ser, es pues volver sobre el fonograma hecho de vinilo. Revolver, recontra volver sobre él lo amerita, justamente porque la increíble “Tomorrow…” no brilló aislada. Tuvo todo un continente alrededor que la alojó para compensar -sabiamente- su lisérgica desmesura. Habría que volver y revisar aquel “mañana es mejor”, con todo lo enorme que fue, es y será el “Flaco” Spinetta. Mañana es mejor, sí, pero solo si se lo mejora con el pasado. Si se lo conoce a partir de lo transcurrido con maravillas pretéritas. Si se le señala a los pibes y las pibas que el pasado contiene todo lo que se conoce. Y que conocer es amar. Si se toma nota de ello porque, como mandó John en el tema testigo, “mañana nunca se sabe” justamente porque también puede pasar que mañana no sea mejor. Más bien lo contrario.

Vuelta musical. Revolver. Seis décadas y un todo estético en el que nada resultó inaccesible. Guitarras en reversa. Loops y bucles en Paul McCartney. Velocidades variables. La muerte. Tempos alterados. Voces como nunca se habían escuchado. George Martin y el citado Emerick. Espíritu y sueño. Sibelius y Bob Dylan. Tamburas, tablas hindúes y sitares en las manos de George Harrison, aprendiz por entonces de Ravi Shankar. Técnicas, instrumentos y pasión. Músicos poseídos por una cualidad que inevitablemente hay que tener, si no el arte no es nada: creatividad. Todo para dejar la música ahí, cerquita de Marte, y extenderle la alfombra mejor al disco posterior, porque no hubiera habido Sgt. Pepper`s sin Revolver.

Ahí están para contarlo -que sesenta años no es nada, pues- las obras de John que se cuelan tras “Tomorrow…”. “She Said, She Said”, ácida y psicodélica, más de Lennon y Harrison que de Lennon-McCartney, como marcan sobriamente las rúbricas. “I’m Only Sleeping”, cuyas guitarras alternadas, limpias y “sucias”, más las alteraciones del tempo, la tornan onírica y abismal. “And Your Bird Can Sing” y su muy sutil melancolía. Y “Dr Robert”, porque si Lennon no provee rock and roll, no vale.

En el otro rincón, que es el mismo, las de McCartney. La lírica, bella y triste “Eleanor Rigby”, con que el bajista plantaba bandera, distante del ácido que consumían entonces John y George. Turbia, penetrante soledad inglesa graficada mediante un octeto de cuerdas que estiró los límites del rock. Pieza sobre la que volverían desde Vanilla Fudge hasta Ray Charles, pasando por Caetano Veloso, los andinos barbones de Quilapayún 7o el metalero criollo Claudio O’Connor. La sensible pluma de Paul dio origen también a “Good Day Sunshine”, cuyo aporte podría ser el de meter cierta cuña simple y feliz en medio de un todo más sombrío y complejo, y “For No One”. Tema de desamor éste, que habla de los líos entre McCartney y Jane Asher, su mujer de entonces. Austero, pero más nuboso que el anterior. Y solitario: tocó casi todo él, al punto que Harrison y Lennon no fueron parte.

La saga McCartney de Revolver se completa con un tema que vuelve cuando quiere como una especie de soul fumón “Got to Get You into My Life”-; la ambivalente “Here, There and Everywhere”, grabada décadas después por David Gilmour. Y también “Yellow Submarine”, que también es “la de Ringo”, porque la cantó, mientras en otros fragmentos John y Paul hacían burbujas en un balde, y el stone Brian Jones chocaba vasos de cristal, cuando todo lo artesanal era posible.

Revolver contiene en su seno, también, tres piezas del alma de la revolución que el disco estaba gestando: Mr Harrison. Porque él fue clave y fundamental en Revolver. Quejoso con el fisco inglés, hizo “Taxman”, tema inserto en un punto intermedio entre el mod contemporáneo y el ulterior punk. Extasiado por las enseñanzas de Shankar, concibió “Love You To”, otra pieza que estiró los límites del rock hasta hacerlo confluir con la música indostaní que de viaje onírico tenía un montón. Era como una demostración musical de la hipnosis misma. Por esa senda marchaba también -o intentaba marchar- “I Want to Tell You”, cuyas resonancias hindúes estaban, pero se percibían bastante menos.

El agosto del ’66 que dio luz a Revolver concluyó con una paradoja que colaboró con su singularidad. Ninguno de sus temas fue tocado en vivo en los shows que la banda realizó en su tercera gira por América del Norte. Ni siquiera en el último concierto dado en el Candlestick Park de San Francisco, del cual también se cumplirán seis décadas el próximo 29 de agosto. Fue ese un contexto raro, marcado por el lío mundial que había armado Lennon con eso de competirle la popularidad al mismísimo Jesús. Y también por sus diatribas contra la guerra de Vietnam en el mismo país que la había provocado, justo antes que su propia sociedad se le volviera en contra al gobierno. Además, mientras la gira avanzaba, estaba el Ku Klux Klan pisando talones y quemando discos en público. “Esto es todo entonces. Ya no soy un Beatle”, había dicho en esos días bravos un Harrison estresado y confundido por el delirio en que se había convertido todo. Por suerte ello no ocurrió. Y por cierto le bajaba cuatro cambios a la insoportable beatlemanía, cuyo fenómeno pop ya no cuajaba en una banda que había atravesado su adolescencia musical. Su anclaje en las masas.

Media hora duró apenas ese show despedida en San Francisco y –se dijo- ningún tema hubo de Revolver. Apenas once piezas que significaba más bien -excepto en los casos de “Day Tripper”, “Nowehere Man” o “Yesterday”- también como una especie de despedida de la beatlemanía. Apenas 25 mil personas de las 42 mil posibles asistieron al vivo que tuvo como partícipes a la niebla, el viento, un jaulón alambrado para proteger a los músicos, un sonido muy malo que sin dudas hubiese conspirado contra las sutilezas de los temas de Revolver, y a la heroína del folk, Joan Báez, husmeando por ahí. “No quería volver a hacer una gira después de haber sido acusado de crucificar a Jesús, cuando solo había hecho un comentario frívolo. No quería tocar con el Ku Klux Klan afuera ni con petardos estallando adentro. No pude aguantarlo más”, dijo luego Lennon hablando de una despedida que tuvo un parcial capítulo posterior con el sorpresivo toque dos años y medio después, en las alturas de Apple. El “concierto de la terraza”, donde tampoco sonó en vivo ningún tema de Revolver. “Se habló mucho en Candlestick Park, de que teníamos que dejar de tocar en esas condiciones. Todo indicaba que era la última vez que tocaríamos en vivo. No me sentí seguro de que fuera así hasta que regresamos a Londres. Pero John repitió que quería renunciar a eso. Dijo que ya había tenido suficiente”, refrendó a su turno Starr, una vez pasada la brava marea en el norte de América, una de las pocas sociedades capaces de atacar la belleza, por odiar nomás.

Porque a los Beatles los amenazaron de muerte, entonces. Porque incluso estalló un explosivo –que por suerte resultó ser un petardo- en uno de los shows finales en Memphis. Porque era posible todo en el país en que se venía de aniquilar a Malcolm X y uno de los Kennedy. Y en el que Lennon estaba en el blanco por esa cosa entre irónica y atrevida de tocarle la oreja al lar más rancio y menos virtuoso del cristianismo, que de eso tienen -y mucho- los puritanos estadounidenses. Que son, en realidad, parte importante de los que mandan hoy en el mundo.

Lennon ya sabía del futuro que podría no ser mejor.

Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos

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