
En octubre de 2023, Lucio, un adolescente de 15 años, grabó un video para manifestar su deseo de tener una familia. Lo que era parte de una campaña pública de adopción, autorizada por la justicia correntina, se convirtió en un fenómeno viral y generó que setenta personas se postularan para adoptarlo. En esa lista figuraba José María Muscari. Y ese fue solo el inicio de la historia que, sin saberlo entonces, comenzaron a escribir juntos y que hoy se traduce sobre tablas en Lucio y yo.
Escrita y dirigida por el propio Muscari, con producción general de Paola Luttini y protagonizada por Esteban Pérez y Máximo Meyer, la obra reconstruye los comienzos de su vínculo como padre e hijo, desde los primeros encuentros, mientras Lucio continuaba en el Hogar, hasta el momento en el que se formalizó la adopción. Las tensiones habituales entre un adolescente y un adulto. Las diferencias de carácter y los problemas a la hora de sostener la convivencia. Y el profundo deseo de construir, de un lado y del otro, un lugar de pertenencia y cuidado, son algunos de los múltiples disparadores de la pieza que, con recursos del teatro documental, lleva a escena un relato de fuerte impronta autobiográfica. Las funciones se realizan los viernes y sábados a las 21.30 en la sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543).
“Es muy conmovedor lo que pasa con la obra”, comenta José María Muscari en diálogo con Página/12. “A mí me gusta mucho encontrar siempre la singularidad en lo que hago. Y después de registrar varios archivos me di cuenta de que Lucio y yo es la primera obra de teatro de la Argentina basada en la adopción. No hay otra. Quizá hubo otras que abordaron la adopción, pero no como uno de los temas más importantes, y eso llama la atención. Y a eso se suma que el caso de Lucio, antes de ser mi hijo, sentó un precedente en la historia de la adopción en la Argentina”, agrega sobre las repercusiones del espectáculo el director y dramaturgo que tiene otros dos proyectos en cartel: Sex y Ocho mujeres.
-¿Cómo surgió la idea de escribir Lucio y yo?
-El primer año que Lucio llegó a mi vida, me tomé un año sabático para quedarme en casa y poder armar un vínculo con él. Estar presente era muy importante para mí. Entonces, durante casi todo el primer año, yo no ensayé ni gesté ninguna nueva obra. Continuaban mis obras en escena, pero no iba a ensayar. Y ahí empecé a escribir una especie de bitácora de nuestro vínculo y de mis sensaciones. Y un día Lucio vio que yo estaba escribiendo, me preguntó de qué se trataba, y con su personalidad, bien adolescente, me dijo: “Pero viejo, vos que hacés obras de teatro, ¿por qué no hacés una con esto?”. Le pregunté si a él le gustaba la idea, y me contestó: “Sí, si no la actúo yo”. De esa manera, empecé a leerle partes de lo que había escrito, a escuchar su opinión y a sumar algo de lo que él proponía. Empezó ahí un ida y vuelta diferente, que era como de padre e hijo, pero en una alianza un poco artística. Eso hizo que el material cobrara otra dimensión, porque ya no era la visión del padre de 50 años, sino que también aparecía la visión del hijo de 15.
-En la puesta puede verse ese cruce generacional que se dio en el encuentro entre ustedes.
-Es que para mí esa es la maravilla de Lucio y yo. Creo que verdaderamente el tema de la adopción, si bien es importante, no es tan central en la obra. Porque el público que la ve no son personas que adoptaron y, sin embargo, todos se identifican con el vínculo padre-hijo, se inquietan, se hacen preguntas y se sienten interpelados con el concepto de la adolescencia que tiene la obra, que ya es un temón. Por otro lado, todos somos hijos y, en cierto momento, decidimos ser padres o no serlo, entonces no hay forma de que la obra te deje afuera.
-En un momento de la obra, se menciona el proceso de duelo que se inició cuando te convertiste en padre. ¿Cómo viviste ese proceso? ¿Qué cosas duelaste?
-Apenas Lucio llegó a casa, estaba todo muy bien en nuestro vínculo. Siempre fue una relación fluida, tal como lo muestra la obra. Pero, a pesar de eso, al principio yo sentía una especie de angustia continua. Era una sensación de melancolía y de añoranza, pero no sabía de qué. Y entonces comencé a tener unos encuentros virtuales con una psicóloga que ayuda mucho a personas que acaban de ser padres y madres, y me dijo que lo que me pasaba era el estado de angustia del duelo natural que se atraviesa en esos momentos, dado que tu vida de antes se termina y una parte de uno extraña esa realidad anterior. Cuando entendí eso, algo se aflojó.
-Dirigiste numerosas obras, y llevaste a escenas obras de tu autoría e incluso adaptaste clásicos como Lorca o Brecht. ¿Qué sensaciones te genera llevar a escena una parte de tu vida?
-Por un lado, siento que con Lucio y yo tuve un proceso de ensayos que nunca había tenido, porque fue un trabajo muy movilizante. Y por el otro, hace mucho tiempo que no trabajaba con dos actores tan extraordinarios. Quería sumar al elenco actores que pudieran tener una cierta disponibilidad emocional, y creo que hice una buena elección. A Esteban ya lo conocía porque había trabajado con él, y con Máximo nunca había trabajado, pero lo había visto en obras de teatro y lo admiraba. El día que ellos leyeron el guion, tuve la plena convicción de que este proyecto iba a estar buenísimo y esa sensación perduró durante todo el proceso. Esta es mi obra número setenta, y no todos los días uno tiene la posibilidad como director de trabajar con actores tan bien formados. Máximo, más allá de verse todos los reportajes, y toda la información que hay dando vueltas sobre Lucio, se tomó el trabajo de ir a tomar un café con él, de escucharlo y de prestar atención a su personalidad, y Esteban ya me conocía, porque habíamos trabajado juntos en Madre Coraje, y eso lo ayudó para actuar de mí, aunque la obra no propone la imitación.
-A propósito, la obra explicita ese mecanismo. Los actores rompen la cuarta pared para dejar en claro que no van a imitarte ni a vos ni a Lucio.
-Para mí, en ese sentido, fue una estrategia elegir actores que no se parecieran físicamente a nosotros. Ni Esteban se parece a mí, ni Máximo se parece a Lucio. Porque yo quería que, al ver la comunicación de la obra, el espectador no viera que había una intención de imitación. La idea fue, en un punto, algo que ya había empezado a experimentar el año pasado cuando hice un homenaje a Mirtha Legrand, Mirtha, el mito, obra para la cual también elegí a diez intérpretes de la comedia musical que no se parecieran en nada a Mirtha. Y lo que trabajé con ellas en ese momento fue que no imitaran al personaje, sino que se dejaran habitar por lo que ya conocían de esa persona. Eso fue el puntapié inicial de lo que desarrollé más a fondo y más profundamente en Lucio y yo. Y en este caso, conté con dos actores que fueron muy inteligentes en poder absorber eso. Porque la gran inteligencia del actor es poder darle su impronta a aquello que interpreta, pero nutriéndose de lo que llega del afuera.
-El proyecto tiene, además, otra particularidad. Tiene un formato pequeño e íntimo, con una estética que se asemeja a la de la escena independiente.
-Sí. Que la obra esté en el Centro Cultural de la Cooperación dice un montón de cosas. No es una elección azarosa que esté ahí. Yo nunca había dirigido en esa sala. Siempre quise hacerlo, pero nunca aceptaban ningún proyecto mío. Y con este material, apenas lo presenté, pasó lo contrario. Yo creo que hay teatros que lo esperan a uno hasta que aparezca la propuesta concreta. A mí me encanta que la obra tenga una entrada popular, y que cualquier persona la pueda ver. De hecho, hicimos una función para un montón de chicos adolescentes que viven en un Hogar, con todos los coordinadores, y fue una fiesta. Pasa algo muy loco también, y es que todo el mundo me pide entradas, y eso no me pasa con otras obras mías para las cuales, aun siendo un éxito en la boletería, tengo que estar insistiéndole a algún famoso o a alguien de prensa para que quiera venir a verla.
-¿Cómo es ser papá?
-Es un desafío diario. Es la posibilidad de equivocarte y de acertar, en igualdad de condiciones. A mí personalmente me tocó vivir esta experiencia a los 47 años. Y ahora, a punto de cumplir 50, siento que la paternidad llegó en el momento que tenía que llegar. Estoy muy contento con este padre que estoy pudiendo ser, con todos mis años de análisis y con todo mi recorrido como persona. Ser padre es una gran aventura que hay que vivirla con mucha alegría, pero también con mucha responsabilidad. Sobre todo, cuando adoptás, lo cual aparece en la obra de manera muy clara. Porque cuando uno adopta a un niño o a una niña, tenga la edad que tenga, se trata de alguien que viene de un derrotero en el que los adultos ya fallaron. Por eso, el adulto que adopta no puede fallar. Te podés equivocar, pero fallar es otra cosa. Tenés que estar muy seguro de lo que querés hacer y de la forma en la que querés hacerte cargo, como adulto responsable, de esa vida que viene con toda la incertidumbre propia del derrotero que le tocó vivir.
-¿En qué otros proyectos estás trabajando?
-En el verano voy a estrenar una obra de teatro a la gorra, en la calle Corrientes y actuada por famosos. Aún no puedo decir título, ni lugar, ni quiénes van a integrar el elenco, pero me parece una muy buena propuesta para este momento en donde la realidad económica nos pone en jaque.
Candela Gomes Diez/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón