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A 50 años del asesinato de Francisco Paco Urondo por la dictadura cívico-militar

A 50 años del asesinato de Francisco Paco Urondo por la dictadura cívico-militar

Futuro y memoria se vengarán algún día. Francisco “Paco” Urondo, “una voz poética inconfundible”, como lo definió Susana Cella, fue asesinado hace cincuenta años por la dictadura cívico militar. El poeta, narrador, cuentista, novelista, ensayista, autor teatral todavía por descubrir, cronista y periodista –no había género literario que se le resistiera–, que había sido enviado a fines de mayo de 1976 a Mendoza por Montoneros para reorganizar a los militantes, fue emboscado junto a su pareja Alicia Cora Raboy (que continúa desaparecida), su hija Ángela (entonces una beba de once meses) y una compañera de militancia, Renée “la Turca” Ahualli, que sobrevivió y murió en abril de 2023.

Urondo, que nació en la ciudad de Santa Fe el 10 de enero de 1930, estuvo vinculado a la vanguardia poética de la década del 50 y al nuevo periodismo de los años 60. Escribió en diarios y semanarios como Primera PlanaConfirmadoLa Opinión y fue secretario del diario Noticias. A los 27 años fue nombrado director de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional del Litoral y un año después, director General de Cultura de su provincia. Cuando asumió Héctor Cámpora la presidencia del país, en 1974, fue designado director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Publicó libros de poemas como La PericholeHistoria antiguaNombresAdolecerDel otro ladoSon memorias; los libros de cuentos Todo eso y Al tacto, la novela Los pasos previos; escribió varias obras de teatro, la crónica La patria fusilada y los guiones de cuatro películas: Las chicasPajarito GómezEl ABC del amor y Turismo de carretera.

Después de su asesinato, sus poemas se deslizaron hacia el silencio incómodo, una forma del olvido, acaso la peor de todas. Durante buena parte de los 80, se lo consideró un mero coloquialista, un autor de poesía de denuncia o de propaganda. A fines de los 90 se abrió un espacio de lectura y de recuperación de su obra que aún continúa. ¿Cómo se lee hoy al poeta, narrador y cronista? La imagen del militante, del combatiente, ¿continúa obturando un abordaje más complejo de los libros de Urondo? Escritores, críticos e investigadoras como Martín Prieto, Osvaldo Aguirre, Rodolfo Edwards, Daniela Gauna, Mariana Bonano y Luciana Del Gizzo analizan la obra de quien fue “un protagonista principal de la poesía argentina de la segunda mitad del siglo XX”.

Un autor fuera de circulación”

“La obra de Urondo no es tan extensamente leída ni estudiada como merece”, dice Daniela Gauna, docente de las cátedras de Teoría Literaria I y II en la carrera de Letras de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), que obtuvo su doctorado con una tesis dedicada al estudio de la obra de Urondo. Gauna recuerda que a partir de 1999, con la reedición de la novela Los pasos previos y la publicación del dossier sobre su vida y obra en Diario de poesía, se comenzó de nuevo a leer sus textos. Este impulso fue “fundamental” para que la editorial Adriana Hidalgo reeditara en 2006 su Poesía completa. “En este primer momento de redescubrimiento de Urondo, la crítica puso énfasis sobre todo en el vínculo entre su escritura y su militancia política así como en su relación con los escritores con los que compartía militancia como Juan Gelman y Rodolfo Walsh. Si bien es innegable que en sus últimos años vida y militancia estuvieron intrínsecamente entrelazadas, esta imagen del poeta-combatiente obturó durante un tiempo el abordaje de otras aristas de su obra”.

El poeta, narrador y ensayista Osvaldo Aguirre, autor de la biografía intelectual Paco Urondo: la exigencia de lo imposible, a la que se puede acceder libremente en este link, confirma que falta leer a Urondo. “Hay partes de su obra todavía poco valoradas, como su trabajo en periodismo, y otras que todavía no han sido reeditadas, por ejemplo su trabajo como dramaturgo. Veraneando, una obra de teatro que tuvo una mención de Casa de las Américas, nunca se publicó en la Argentina -precisa Aguirre-. Las entrevistas, aguafuertes y crónicas que hizo para Leoplán y Panorama, entre otros medios, anticipan parte del periodismo de los 70, en particular las historias de vida que publicó el diario La Opinión, y deberían enseñarse en las escuelas de periodismo. También falta leer a Urondo en el sentido de valorar su trabajo como poeta y como crítico de poesía; aunque esto se hizo por ejemplo con el dossier que en su momento le dedicó Diario de Poesía hoy está perdido un poco de vista, me parece, por razones que trascienden a Urondo y conciernen al desinterés actual por la generación de la que formó parte”.

El escritor y crítico Martín Prieto, profesor titular de Literatura Argentina II, director del Centro de Estudios de Literatura Argentina de la Universidad Nacional de Rosario, autor de ensayos y poemas, subraya que Urondo fue “un protagonista principal de la poesía argentina de la segunda mitad del siglo XX y lo que va de la del XXI, que logró fundir dos tradiciones que hasta que su obra las reunió parecían inconciliables: la lírica paisajística y fluvial de Juan L. Ortiz y el coloquialismo ciudadano y porteñísimo de César Fernández Moreno, según puede leerse en Adolecer, su poema-libro de 1965-1967, uno de los grandes poemas políticos de la literatura argentina, donde también se incrustan los poetas de Boedo, los martinfierristas, Borges, los gauchescos, los tangueros, Darío, Lorca, Hernández, Machado, el Eclesiastés. En esa extensa y virtuosa combinatoria se encuentra definida su originalidad”. Prieto se pregunta cómo se lo lee hoy; si lo leen los jóvenes poetas y los jóvenes lectores de poesía; si están sus libros en las librerías mainstream o en las proliferantes ferias de libros independientes. “Yo creo que momentáneamente es un autor fuera de circulación. Cosa que no debería preocupar a nadie -aclara Prieto-. La ‘bolsa de valores literarios’ (concepto de Horacio Quiroga) sube y baja. La historia de la literatura es un documento que lo certifica”.

Un intelectual faro

Para el poeta y crítico Rodolfo Edwards, Urondo fue un intelectual faro como Rodolfo Walsh. “Ambos fueron escritores de jerarquía, marcaron a fuego una zona de literatura argentina. En el caso de Urondo, incursionó en todos los géneros literarios: la poesía, el cuento, la novela, el ensayo, y también fue un brillante periodista. Tuvo una participación activa como miembro de su generación literaria, fundando revistas, integrando grupos. Me gustaría que hoy sea leído como un clásico y no simplemente como un nombre más de una antología epocal. Escritores como Urondo tenían una vitalidad asombrosa, vivieron varias vidas en una sola vida breve”, sugiere Edwards.

Luciana Del Gizzo, doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, señala que Urondo es uno de esos poetas en que vida, muerte y poesía forman una unidad intrínseca. “La muerte políticamente violenta funciona como un vector para leer su obra, es decir, es imposible leerlo haciendo caso omiso del acontecimiento. Pero esto no tiene que ver nada más con el hecho, sino que está atado a su modo de concebir lo poético: la vida y lo real externo, esto es, lo político, no sólo interpela constantemente su poesía, sino que la moldea, la interviene. Esto ya es así en sus primeros libros, aunque no es la militancia política la que interviene, sino otra experiencia vital, la experimentación y el descubrimiento sensorial. A partir de los años sesenta, Urondo hace una elección de militancia de vida y de poesía, que va todo junto. En el plano poético, su lucha es por reducir la mediación del lenguaje, porque la poesía encarne la vida y porque la vida, también en su aspecto político, encarne la poesía. Entonces la lectura a partir de su militancia y de su muerte violenta, aunque a veces no diferencia a ese Urondo joven y más políticamente ingenuo de sus inicios, resulta ineludible y precisa”.

Gauna hace hincapié en que lo interesante de la crítica más recientes es el abordaje de otros momentos de la producción de Urondo, como el de sus inicios como poeta vinculado a Poesía Buenos Aires y su participación en revistas como Zona de la poesía americana así como su relación con Juan L. Ortiz. La especialista destaca la labor de investigación y recopilación de las facetas de Urondo como crítico y como periodista llevada a cabo por Osvaldo Aguirre en Ensayos. Artículos y reseñas (Adriana Hidalgo, 2017) y Obra periodística. Crónicas, entrevistas y perfiles (2014) y su biografía intelectual Francisco Urondo: la exigencia de lo imposible (UNL, 2021). “Todos estos libros desmarcan a Urondo de una lectura exclusivamente militante, visibilizan zonas menos transitadas de su producción y ponen en circulación textos vitales para completar el mapa de sus intervenciones públicas y literarias”.

La marca de un porvenir

Aguirre considera que la imagen del poeta combatiente pudo ser un obstáculo para la lectura en otro momento. “Me parece que hoy la situación es distinta por dos razones. Primero, hubo una serie de lecturas y estudios muy importantes desde la academia y el periodismo, por parte de Mariana Bonano, Daniela Gauna, Daniel García Helder, Daniel Freidemberg, Susana Cella, entre otros y otras, que situaron múltiples perspectivas y abordajes. Segundo, en el momento que padecemos es importante volver a Urondo para reafirmar un concepto de la poesía atento a los problemas de la época y a un lenguaje que nos concierne, a la poesía como ‘una tarea que cumple la gente’. En un poema de Son memorias él hace una especie de testamento paródico y no tanto: dice que deja la marca de un porvenir que no vivirá; en ese sentido leer a Urondo sería pensar en las maneras de continuar esa marca”.

Edwards subraya que la imagen del militante combativo afectó la valoración de la obra de Urondo y de otros contemporáneos suyos como el poeta Roberto Santoro, desaparecido en 1977, “porque la tragedia que sesgó sus vidas a veces pone en segundo plano su importancia literaria” y añade que “desde el presente, tenemos que hacer un gran esfuerzo de comprensión para figurarnos la talla de estos hombres que pensaron un país nuevo y dejaron la vida por ello, y a la vez tuvieron la suficiente energía para escribir en serio, no como un agregado de su militancia política. Para mí, siempre fueron superhéroes, únicos, irrepetibles”.

Mariana Bonano, doctora en Letras por la Universidad Nacional de Tucumán cuya tesis trata sobre la literatura y praxis revolucionaria en las décadas del 60 y 70 a través de la obra de Urondo, observa que en la década del 80 la figura del autor aparecía solo asociada a la del guerrillero montonero que había sacrificado su vida en pos de su militancia al tomar la pastilla de cianuro. “Esta idea es desmitificada a partir de lo que se supo en el juicio que en 2011 condenó a cuatro policías y a un militar por el asesinato de Urondo y la desaparición de quien por entonces había sido la compañera del escritor, Alicia Raboy. Contra lo que se creía, se sabe ahora que Urondo recibe un ‘culatazo’ por parte de las fuerzas policiales que lo perseguían. De acuerdo con el forense que llevó a cabo la autopsia, tampoco había en el cuerpo de Urondo algún signo de envenenamiento”.

Desmitificación de la figura de Urondo

Bonano destaca que el acceso a la verdad sobre la forma en que murió fue en paralelo al acto de desmitificación de la figura de Urondo como “poeta combatiente” y de su obra como “poesía de combate” o “poesía militante”. Desde la década de 1990 y más hacia el 2000, se registran trabajos críticos que apuntan a recuperar la obra del autor como “una unidad en donde la conceptualización teórica, la gestión cultural, la práctica teatral, la creación poética, el periodismo, la función pública, la militancia revolucionaria, la escritura narrativa y cinematográfica, y todo cuanto queda inscripto en sus intervenciones, forman parte de un itinerario en el cual vida y creación aparecen estrechamente interconectadas”. Bonano afirma que el itinerario recorrido contraría la idea sostenida por algunos intelectuales según la cual existe “una escisión entre un Urondo inicial caracterizado como poeta esteticista y exquisito, y un Urondo posterior, cuya imagen responde a la del militante severo, autor de poesía de denuncia o de propaganda”.

“Osar morir da vida”, anuncia en uno de sus últimos escritos, citando a José Martí, figura arquetípica del hombre de armas y de letras en América latina, precisa Bonano. “Inscribiéndose en esa tradición, Urondo refuta la idea de la vida como supervivencia como así también la del intelectual que asume la resignación; frente ‘A los que nunca esperan un desenlace,/ a los descreídos, a los que se aburren,/ a los que piensan que las cosas difícilmente/ pueden ser modificadas’ (África cansada), el poeta opone la muerte como la verdadera prueba de que se quiere vivir: ‘Mi confianza se apoya en este mundo desgraciado/ le daré mi vida para que nada siga como está’, porque, formula en el largo poema ‘Los gatos’, ‘Nada hay más hermoso que/ perder,/ nada hay más hermoso que vivir, aunque sea perdiendo’. Coherente con este pensar poético, la apuesta que Urondo hace es entonces total”.

Del Gizzo postula que la figura del militante condiciona la lectura de su poesía y oblitera la reconstrucción de sus primeros libros. “Hay que tener muy en cuenta ese giro, esa opción que hace por su militancia en la primera mitad de los años sesenta para poner en perspectiva su obra de juventud. Porque aunque ese giro es perfectamente coherente con su poética previa, que ya manifestaba una exaltación de la pulsión vital, tenerlo en cuenta permite leer mejor sus decisiones poéticas en relación con el contexto literario de su entorno. Me refiero concretamente al modo en que Urondo lee la poesía de su época en el volumen Veinte años de poesía argentina, cuya primera versión es de 1963 y luego corrige para publicarlo en libro en 1968; corrección cuyo análisis permite entender mejor los detalles de esa auténtica toma de posición que está anticipando su opción por la militancia política anudada a su poética”. Del Gizzo insiste en que la imagen del militante es fundamental para entender la poética. “Urondo no fue un iluminado que un día se levantó con la idea de que la poesía está determinada por la vida y que la vida está determinada por la política, sino que fue un contexto histórico cultural y discursivo específico de los años sesenta que lo llevó a esas elecciones vitales y estéticas a las que supo dar forma con mucha autenticidad”.

Recomendaciones para leer a Urondo

Daniela Gauna recomienda La patria fusilada, un texto que se estructura a partir de la entrevista que Francisco Urondo les realizó a los sobrevivientes de la masacre de Trelew, ocurrida el 22 de agosto de 1972 en la base Almirante Zar: María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar. “El texto reconstruye no solo la noche de la masacre sino la dinámica interna de las organizaciones armadas más representativas de la época captada a través de la convivencia de militantes del ERP, FAR y Montoneros en el penal de Rawson”, recuerda Gauna.

Rodolfo Edwards también sugiere leer La patria fusilada porque le pareció que había “algo más que periodismo ahí; era literatura”. Otro libro de Urondo que lo marcó mucho fue el ensayo literario Veinte años de poesía argentina. 1940-1960, un recorrido crítico sobre la poesía nacional de esos años. “Siempre quise escribir un libro así -reconoce Edwards-. Y por suerte lo logré: hace poco publiqué un libro de ensayos sobre poesía (Todo es poesía menos la poesía) que toma como modelo aquel libro de Urondo”. De su poesía sugiere Nombres (1963), “donde hace una exploración urbana, nombrando lugares, amantes, amigos, desde una perspectiva fuertemente existencial”.

Osvaldo Aguirre propone leer la Obra periodística y los Cuentos de batalla, como “ejemplo extraordinario” de poesía política. Mariana Bonano coincide en mencionar La patria fusilada por su valor histórico y la novela Los pasos previos, pero cree que aquel que quiera conocer a Urondo puede aproximarse a sus textos de poesía, especialmente Nombres (1963) y Del otro lado (1967), dos libros que constituyen “una apuesta a la palabra poética en búsqueda de la ‘palabra justa’”.

Silvina Friera/Página 12-Espectáculos

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