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Franco Verdoia presenta Nido de Lagarto en El Extranjero

Franco Verdoia presenta Nido de Lagarto en El Extranjero

Lo que empezó en 2019 con una obra llamada Late el corazón de un perro terminó convirtiéndose en una trilogía –Teatro Animal– que incluye también Matar a un elefante (2024) y Nido de lagarto (2026). El autor de ese cuerpo de obra es el dramaturgo y director Franco Verdoia. Una vez más, vuelve a escribir sobre su pueblo aunque no aparezca de manera explícita –él se crio en Las Varillas (Córdoba)– y sus personajes. La obra que cierra la trilogía puede verse los lunes de mayo y junio a las 20 en El Extranjero (Valentín Gómez 3378).

Cuando estaba escribiendo el primer texto no tenía idea de que lo animal iba a ser trascendental ni que vendrían más obras. Con la publicación de la trilogía en la colección de teatro de Corregidor tomó conciencia de que esos materiales tenían identidad propia. “Pensé en llamar a esta trilogía Teatro Animal para hacerme cargo de que lo animal no estaba solamente en los títulos sino que aparecía como un elemento narrativo fundamental”, dice Verdoia a Página/12.

El escritor reparó en algo que ya estaba ahí y por eso alude a la influencia de su maestra, la reconocida fotógrafa Adriana Lestido. “Los talleres de Adriana son un espacio que extraño muchísimo. Vos llevabas tus materiales fotográficos y ella te guiaba para que pudieras rastrear lo que estaba a la vista: espejar lo que no y quedarte con lo que sí. Hoy cuando escribo sigo preguntándome: ¿qué es lo que tengo que ver? Hay algo que desconozco y me es revelado. Cada vez soy más consciente de ese punto ciego y me interesa dejarme mover por ese sistema que ignoro más que por aquello que puedo controlar”.

Nido de lagarto gira en torno a la Gloria (Silvina Sabater) y el Vasco (Horacio Acosta), dos habitantes de un pequeño pueblo que mantienen una relación clandestina desde su juventud. Esa pasión madura es narrada a través de los encuentros amorosos en un hotel de ruta. Los dos lamentan sus matrimonios, se reprochan cosas y batallan contra cuerpos que vacilan. Cuando se le pregunta por sus obsesiones –el pueblo, los amores, los que se van y los que se quedan– el autor habla de cierto “lugar de comodidad” que intenta combatir: “Mi campo imaginario se dispara rápidamente cuando puedo hacer pie en mi pueblo con los personajes que conozco, ponerles nombres de personas que existen o hacerme una idea del tipo físico por un parecido con tal o cual. Si me hubiese obligado a situar la obra en un telo de Buenos Aires no sé cómo habría resultado”.

El autor confiesa que roba situaciones y hace combinaciones un poco monstruosas entre personas de la vida real para ver qué efecto produce, pero también dice que le gustaría trabajar con materiales que lo lleven a territorios inciertos. Su próxima obra (Alfa Centauro, ganadora del 1° premio en el Concurso de Dramaturgia Ricardo Monti) no tiene animales pero transcurre otra vez en un pueblo. “La presencia de los animales es una imposición creativa. Ahí hubo un gesto más consciente. Las restricciones de las que habla Kartun son un procedimiento que me sirve para escribir”, asegura.

–¿Cuál fue el germen de Nido de lagarto?

–Yo voy a todas las funciones de mis obras. Soy un director muy neurótico con los materiales en escena, como una madre judía que no suelta a su criatura. Mis actores me sufren bastante por esa presencia obsesiva pero para mí el teatro no es algo fijo, está vivo y puedo cambiar cosas sobre la marcha. Un día estaba en el camarín para dar algunas indicaciones y Silvina se estaba sacando su ropa de civil para ponerse el vestuario de Mabel. En los elencos hay un vínculo de mucha confianza e intimidad, nos vemos en bolas todo el tiempo y la desnudez no pasa por lo físico. La miré y le dije: “Sos hermosa, tenés un lomazo. ¿No te animás a hacer un desnudo?”. Ella me respondió: “Con vos sí”. Fue un material hecho a medida para Silvina. Yo quería volver a trabajar con ella porque la experiencia de Late fue muy gratificante. Su desnudo en la obra tiene algo sublime.

–El deseo en la tercera edad es un tema tabú, ¿no?

–Sí, no hay mucho material sobre esto porque no se habla de estos cuerpos, de estos sentimientos, del deseo en adultos mayores. Tampoco se muestran sus cuerpos como cuerpos deseantes. Por lo general, lo que aparece en el teatro contemporáneo es el deterioro, la vejez. Yo sentía que había que insuflarle vitalidad aunque la obra fuese una tragedia.

Matar a un elefante era una comedia hilarante y, aunque tenía cierta oscuridad, apelaba al estallido cómico de los chistes cordobeses. Nido de lagarto es un melodrama que se sirve del humor para aliviar la tensión. “Yo soy así. Aún en una situación trágica estoy a la pesca de cosas graciosas, observo la vida con ese tamiz –confiesa–. Con mi mamá le sacamos chispas al humor. En esta obra se agradece porque aligera algo que de otra manera se volvería muy solemne. Me gusta que en medio de una tragedia ocurra algo desopilante, como cuando Gloria se traga el anillo que acaba de sacar del dedo de su difunto marido”.

La madre es una figura central en la vida y en la creación de Verdoia. Cuando estaba por arrancar la convivencia con un muchacho decidió blanquear lo que califica como su “salida del closet” y en una charla telefónica su madre le dijo: “Se me desmorona todo”. Esa es su frase de cabecera y hoy sigue trabajándola en terapia. “Muchas veces vivo las cosas con esa intensidad: falló la luz en una función y… ¡se me desmorona todo! Me apropié de esa sentencia, la hice carne. En Nido de lagarto eso es muy evidente: lo que se desmorona es el hotel, la estructura que sostenía el vínculo. La única manera de salvarse es la muerte, así que fijate con qué nivel de tragedia vivo. Con el tiempo aprendí a reírme de eso”.

Verdoia es un renacentista en el siglo XXI: escribe, saca fotos, hace cine, dirige, trabaja en publicidad. Dice que necesita “desagotar algo que viene de arriba, como si fuera un médium”. Con los años fue afilando la intuición para saber qué forma debe adoptar eso que quiere decir, y el trabajo con la palabra es clave. “Siento que no puedo poner las palabras en cualquier lugar, por eso hay un trabajo de precisión con los intérpretes que empieza cuando estoy escribiendo en mi computadora. Hay un momento en el que me concentro únicamente en las palabras que estoy usando, la escritura se vuelve arquitectura y es muy importante la musicalidad en cada frase. De pronto me convierto en el afinador de mis propias palabras y es el momento de mayor goce. Por eso sufro mucho los furcios de los actores, pero cuando la palabra se hace carne en ellos aparece la música que yo escuchaba mientras escribía”.

Sobre el ataque hacia la cultura por parte del gobierno actual, opina: “Hoy producir teatro independiente significa endeudarme, pedir dinero prestado y tomar riesgos enormes. En ningún país del mundo se mueve una producción si primero no está el dinero y acá es al revés. Estamos viviendo un momento muy oscuro y no veo la hora de que termine; la cultura está siendo castigada, pero alrededor veo a mis colegas que siguen haciendo arte porque es algo inevitable. No vamos a dejar de actuar, escribir y endeudarnos para hacer lo que vinimos a hacer a este mundo. Siento que hay un ensañamiento particular con el cine: hoy se limitan voces y se pone en riesgo algo que va más allá de los proyectos personales porque tiene que ver con la identidad”.

Laura Gomez/Página 12-Espectáculos

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