
El reloj marca las 18.20 cuando Benjamín Vicuña y Esteban Lamothe llegan al Multiteatro, cada uno por su cuenta. No parecen apurados, aunque sí algo ansiosos. Es lógico: en menos de dos horas debutarán como protagonistas de Secreto en la montaña, la adaptación teatral de la película que cuenta la historia de amor entre dos vaqueros en la década del ’60 y en el rudo Lejano Oeste. Pero antes, se predisponen a recibir a Página/12 fingiendo cierta demencia. Aunque no tardarán en confesar lo que pasa por sus cuerpos.
“Pese a que sabemos que no es tan importante para el mundo, que la vida continúa, que el conflicto Medio Oriente no se detendrá, el día del estreno teatral siempre pareciera que es el evento más importante de nuestras vidas”, reconoce Vicuña, que admite estar somatizando en la víspera de la primera función, con una pequeña molestia en la garganta. “Es el fin de la vida, siento que me preparé para pelear por el título del mundo, para salir a matar… a nuestros propios fantasmas”, sale al cruce Lamothe, en un tono más de confesionario que de risas.
Mas allá del grado de exageración de esa procesión que va por dentro, los actores que le pondrán el cuerpo a esa historia de amor que Annie Proulx inmortalizó en un cuento de 1963 y que el film de 2005 causó revuelo en el mundo entero -censura en Pekín y prohibida en algunas naciones de Medio Oriente, incluidas- saben que la puesta asume un riesgo. Llevar al teatro una historia de amor homosexual entre vaqueros, esa cultura e idiosincrasia tan lejana a los argentinos, no es una tarea sencilla ni mucho menos cómoda. Bien entienden ellos esa dificultad, pero también Marcos Carnevale (que adaptó el guión de Ashley Robinson) y Javier Daulte (que la dirige), al igual que Laura Paredes y Roberto Castro, los otros dos actores que aparecen en escena. Tal vez todo ese combo es el que los tiene, a minutos de estrenar, con la excitación y los nervios en máxima tensión.
“El día que no nos pase eso ante un estreno de esta magnitud, creo que hay que retirarse. Más allá del oficio y las herramientas que tenemos para subir un escenario, lo lindo es que todos los actores y actrices experimentan esa sensación antes de subir al escenario. Es como un respeto. Siempre se me ocurre pensar el teatro como el mar, que uno se mete de a poco, algunos se mojan hasta la cintura, otros son fóbicos, algunos cancherean y hasta se van a nadar a la profundidad, pero siempre hay un respeto latente porque sabés que te puede tragar, que te podés hundir y te podés morir. Con perdón de la metáfora un tanto apocalíptica, algo así pasa con el teatro”, ejemplifica Vicuña.
Secreto en la montaña cuenta una historia conocida a través de la película que ganó tres premios Oscar: Ennis del Mar (Lamothe) y Jack Twist (Vicuña) son los dos jóvenes vaqueros contratados para cuidar las ovejas en los altos de la montañas de Wyoming, Estados Unidos, y que durante ese tiempo empiezan a sentirse atraídos uno por el otro y se enamoran, pese a lo que el mundo y la cultura de su época les tiene preparado. Ese amor prohibido y doloroso ante los mandatos sociales que se espera de dos cowboys en la década del sesenta es contado con sensibilidad humana en la versión teatral, cinco décadas después de la publicación del cuento y dos después del estreno de la película, en una obra que discute con aquel pasado lejano pero también con este presente en el que cierta restauración conservadora intenta volver a implantar la uniformidad de un mundo heterosexual.
El amor en un mundo en guerra
“Básicamente, contamos una historia de amor, con algunas particularidades: en Secreto en la montaña el mundo es el villano, el contexto social de ese amor es el antagonista”, subraya Lamothe.
-En hecho de que sea una relación homosexual, en un contexto en el que hubo infinidad de avances culturales pero también resistencias manifiestas en el último tiempo, ¿los condiciona a la hora de actuar la obra?
Esteban Lamothe: -No. Creo que para actuar es un componente mucho más rico todavía. No solo no te condiciona, sino que es muy potente, sobre todo por la época que cuenta la película. Si hoy día es difícil, con el con el avance de las derechas en el mundo y con los discursos homofóbicos, sigue siendo algo muy difícil todavía, imaginate en esa época… O sea que para actuar es muy rico, porque hay muchas contradicciones y complejidades que viven en cada personaje. No hay nada mejor que un personaje tenga dos fuerzas que lo tironean en su interior.
Benjamín Vicuña: -Sí, claro. Es una obra que no la tomamos desde el panfleto de la libertad, sino que a la hora de actuar se aborda la temática desde la humanidad, ¿verdad? Entonces, es donde ahí el género o el color o lo que sea, no se registra. Creo que lo que empatiza muchísimo en la obra es que todos en algún momento sentimos que hubo un tren que no tomamos, esa decisión por la que no te la jugaste, ese amor no correspondido… Eso es lo infinitamente universal y empático de la pieza. Si bien la película es un ícono del amor libre, incluso se puede pensar en que la riqueza de la pieza se proyecta hacia esos otros aspectos que nos atan a mandatos sociales o culturales rígidos. Es imposible elegir de quién te enamorás.
-Parece una obviedad tener que subrayar eso hoy en día.
E. L.: -Absolutamente, el amor es una fuerza superior.
B. V.: -El amor te atraviesa o te atropella. Pero, en este caso, la obra además habla de esa fuerza reprimida. Muchos sentimos una pulsión muy grande de amar a otro pese a los obstáculos. Muchas veces, lamentablemente, esa pulsión de amar no puede fluir y ser libre, ya sea por el antagonismo de la época, de las personas, del entorno o de tus circunstancias. Finalmente, todos estamos en la búsqueda de la libertad. Más allá de la sexualidad, más allá del origen, más allá de la comunidad. Buscar la libertad es un leitmotiv universal.
E. L.: -Todas las épocas tienen sus mandatos, y el amor a veces va en contra de esos mandatos. El amor pasa por otro lado, no funciona como los mandatos lo determinan. La sociedad funciona de una manera y el amor es más loco, es más anárquico, es más irracional, es inexplicable. Es una fuerza de la naturaleza que soporta cualquier cosa.
-La película fue muy polémica en 2005, cuando se estrenó, y sirvió para derribar ciertos tabúes que aún existían, porque alcanzó a un público masivo. ¿Cómo creen que se lee esa historia 20 años después?
E. L.: -Benja dijo algo hace unos días que me parece que da en la clave: Secreto en la montaña fue una película polémica y ahora es una obra necesaria. Es una historia de amor en la que nosotros estamos orgullosos de que -por ejemplo- mi hijo, con 13 años, venga a ver esta historia de amor. Sobre todo con los discursos homofóbicos y de odios que hay hoy… Que hubo en el mundo siempre, pero especialmente ahora, en todo el mundo, no solamente acá. Me parece que es una obra necesaria, porque la gente se va se va a ir -espero- con el corazón roto, y también habiendo visto una historia que te conmueve, que te interpela. Tal vez, hoy en día, ya no importa si hay dos hombres o dos mujeres o un hombre y una mujer: es una historia que expone cómo el contexto dificulta las posibilidades de que dos persones se entreguen con libertad a un amor.
-¿Cómo consideran que recibe el público a una obra que es una adaptación de una película muy popular, más allá de que su origen es un cuento?
B. V.: -Ya se trata como un subgénero teatral, ¿no? Efectivamente, se sabe el comienzo y se conoce el final, está spoileado si viste la película. Pero son títulos que generan una atracción muy grande, que convocan, que remueven, que generaron debates públicos, que son verdaderos íconos de su momento, de su época. Es interesante lo que se está generando. Es verdad, puede puede aparecer una grieta de por qué no hay más autores locales. En este caso, se agarra una película, cuyo origen es un cuento y que se disemina por el mundo. Actualmente está en cartelera en Londres, en Suecia, en países muy distintos. Son pequeñas señales de que hay tramas que se transforman en universales, que necesitan pista. Y es una de las razones de por qué estamos estrenando la obra ahora.
E. L.: -Sí, también es cierto que una misma obra no es la misma en cada arte. Un cuento es tan distinto a una película, y una puesta teatral es tan diferente a una película. De hecho, la película está plagada de planos abiertos y de mucha naturaleza. Acá, ya sabemos que es imposible que naturalmente haya un plano abierto en el teatro. Entonces, la historia toma otras formas, tonos y colores.
B. V.: -El trabajo actoral consta de tres etapas: el trabajo en solitario, el trabajo entre los compañeros en los ensayos, en el escenario, y luego el contacto de lo trabajado con el público en la platea. Ahora que estrenamos, por ejemplo, nos es imposible no adaptarnos a la teatralidad del ida y vuelta: al dialogar, al respirar, al mirar, al compartir…
E. L.: -El público es otro actor más, nos brinda información que no sabíamos, ni siquiera el director. Cada función es un hecho teatral nuevo. A veces hay más risas, otras más conmoción dramática. Viene un tipo que se ríe mucho y tal vez te guía las risas del resto. El público es autónomo.
-¿A ustedes esa devolución inmediata no le es indiferente, no se pueden abstraer?
E. L.: -Nosotros tenemos el compromiso, arriba del escenario, de dos cosas que son contradictorias: de escuchar a ese público, escuchar esas risas, incorporarlas de alguna manera, apropiárnoslas, aprovecharlas, pero a la vez no dejar de contar la historia. Porque si yo hago una mueca y la gente se ríe y rompo con el clima que transita la obra, no estoy trabajando correctamente. Ese es el desafío más grande que tiene el teatro comercial. Tiene que entretener sin olvidarse de la historia.
B. V.: -La adaptación de una obra a la calle Corrientes siempre tiene sus riesgos. Secreto en la montaña transita por un género como el drama que no permite muchas licencias. Espero que con esto la gente no se asuste (risas). Es un drama, por no decir una tragedia. ¿Cuántos dramas hay en la Calle Corrientes?
-Muy pocos.
B. V.: -Dentro de ese drama, nosotros contamos una historia de amor, en la que llegamos a la convención de que creemos que el humor es muy importante en las historias de amor. Hay mucha complicidad en el vínculo entre los dos protagonistas, con mucha tensión e imposibilidad pero también con complicidad y humor. Tenemos elementos donde el público descomprime, se ríe, con pequeñas concesiones. Pero, finalmente, lo que estamos contando es un dramón.
E. L.: -Obviamente que hay que llevar a la gente a pasear con la historia. No es que entran y se van a deprimir desde los primeros 5 minutos. Hay una historia de amor, se cuenta cómo nace un amor, las fuerzas que atraviesa una persona cuando se siente seducida, y qué pasa cuando uno se enamora y siente una atracción tremenda por alguien que la sociedad ve con mala cara. Sea porque es un hombre o porque es tu tía, tu cuñada, o tu mejor amiga.
-Ustedes hicieron mucha tele, también cine y series. ¿El teatro es un lugar sagrado o es un medio más?
E. L.: -Los dos venimos del teatro deep. Los dos venimos de ese mundo. Cuando empecé a trabajar en la tele, ya había hecho por lo menos diez obras de teatro y había trabajado con todo el mundo. El teatro es sagrado, por supuesto. Me gustan todas las artes, pero el teatro tiene algo de estar ahí, del boxeo, algo del vivo, del oficio. No hay recursos que modifiquen la actuación. No te pueden cortar y ponerte un plano corto, después cortar y que estés en la selva.
B. V.: -El público también percibe esa cosa auténtica y sin filtro del teatro. En la calle, me dicen: “en el teatro se ven los pingos”… Saben que un actor sobre el escenario es algo inconmensurable. Pero más allá de la recepción, es verdad que el teatro es un lugar de refugio… es un lindo lugar. Lo primero que tiene el teatro es una escala humana que no tienen otros medios. Esta cosa de un grupo de personas, que pueden ser cuatro, seis, ocho o más, que nos ponemos de acuerdo y nos ayudamos arriba de un escenario para contar una historia y entrar a una convención. Siempre lo digo en las charlas con estudiantes, que con ganas y pocos recursos uno puede salir a hacer teatro. Desde teatro callejero hasta una sala independiente y de ahí empezar a crecer.
E. L.: -Todos los géneros tienen su encanto y sus dificultades. No creo que ningún género sea consagratorio per se. Vos podés ser también un actor de teatro brillante, y después no te bancás estar 12 horas en la grabación, de las cuales solo filmás 45 minutos… Un actor de cine sabe estar de las 12 horas de jornada, 11 horas y cuarto al pedo. Y la mayor virtud que tiene es que durante esas 11 horas y cuarto que no filmó se mantuvo en eje, concentrado, guardando la energía para hacer su escena. Todo es hermoso y todo es difícil, nada es garantía de nada. Uno puede hacer magistralmente un monólogo de Shakespeare y después ir a grabar una serie de Netflix y hacer agua.
Emanuel Respighi/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón