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Jannik Sinner aplastó a Zverev y se quedó con el Masters 1000 de Madrid

Jannik Sinner aplastó a Zverev y se quedó con el Masters 1000 de Madrid

El público se llevó un sentimiento de banquete inconcluso. Y no es para menos. Había asistido este domingo al estadio Manolo Santana, el más relevante de la laberíntica Caja Mágica de Madrid, para saborear un convite completo: entrada, plato principal y postre, en los términos del espectáculo que debiera ofrecer una final de Masters 1000. Por el contrario: no alcanzó ni a tomar los cubiertos y Jannik Sinner ya se había fagocitado la función.

Nadie se siente saciado. Lo que debió resultar una lucha de fuerzas quizá análogas, acaso por momentos equivalentes, terminó por transformarse en un suspiro, en un duelo deportivo de extensión temporal tiktokeraEl número uno del mundo se enfrentaba al número tres, Alexander Zverev, pero consiguió reducirlo a un átomo de tamaño similar a la nada. Le ganó 6-1 y 6-2, se quedó con su 28° título del circuito ATP -el 2° sobre polvo de ladrillo-, cosechó uno de los cuatro trofeos que le quedaban ganar entre todos los más relevantes del tenis -ahora lo conquistó todo menos Roma, Roland Garros y el oro olímpico- y se quedó con una marca inédita: es el primer hombre que hilvana cinco títulos de Masters 1000 -París, Indian Wells, Miami, Montecarlo y Madrid-. La estadística, sin embargo, es lo que menos asusta en el asunto integral.

Como si se tratara de una máquina perfecta para los tiempos en los que todo se diluye en milésimas de segundos, el italiano finiquitó el show en solo 57 minutos. Sí, atravesamos la época de la atención fragmentada y difusa, pero ya ni siquiera parece haber elección: el mejor tenista del mundo pisa la cancha y dedica apenas un rato a violentar la pelotita con un puñado de derechazos y de reveses incontestables. La historia, entonces, termina antes de comenzar.

Le ocurrió a Zverev, una vez más. El alemán es uno de los mejores en el arte de las raquetas, de todo el mundo y de los últimos años. Peligroso, veloz, tajante. Contra Sinner, la nada: luctuoso, apático, anodino… amateur. No hay herramientas contra la eficiencia absoluta. El italiano lo contesta todo. Los actores de este ecosistema, incluido Zverev y casi la totalidad de los de su especie, se preguntan si se enfrentan a una inteligencia artificial.

El alemán revuelve entre las opciones, retrocede para estirar los puntos, alguna vez intenta pisar la línea de fondo y tomar la cancha. Pero todo es inútil: cómo agotar a un artefacto. Como ChatGPT, como la ¿moda? de Claude, Sinner tiene todas las respuestas. Pero ofrece dos diferencias respecto de los robots generativos que ya orbitan los días y las noches de las personas de alma y huesos: no es amable y tampoco falla. ¿O acaso algún ser vivo con consciencia puede creer que cometer cinco errores no forzados en una final de Masters 1000 contra el tres del mundo es cosa de humanos…?

Los interrogantes nacen por sí solos. Surge interpelarse: ¿qué ocurriría si se pudiera trasladar a Sinner a otros tiempos? Ni siquiera es necesario rebobinar demasiado: no hace falta pensarlo contra mitos como Laver, Nastase, McEnroe o Connors. Más acá: qué equipamiento tendrían para apagar las incendiarias respuestas de Sinner los monstruos más recientes. La elegancia de Federer, la capacidad impoluta para pervivir de Nadal, la aceleración de fábula de Del Potro, la agilidad digna de los gatos de Murray. Con el aséptico perdón de los románticos, a veces la razón provoca creer que nada sería suficiente. Solo Djokovic pudo fracturarlo, pero no tiene ni la edad ni el tiempo ni el cuerpo para hacerlo con regularidad. Porque Sinner no tiene aspecto de tenista. Parece un jugador del poshumanismo: no se cansa ni claudica.

Entonces, la esperanza: menos mal que existe Carlos Alcaraz. Protagonista en la era de las máquinas, le alcanzaron apenas unos años de trayectoria para arrojar una certeza: es el único propietario de los artilugios para desactivar a las IA. Fue el ganador en cuatro de los únicos seis partidos que perdió Sinner en toda la temporada pasada. Lo privó de la conquista de Roma, su tierra. Lo dejó sin aliento -a él y al mundo- y ultrajó su orgullo con la remontada de todas las épocas en la final de Roland Garros. Si bien tiene la velocidad y la resistencia imprescindibles para esta posmodernidad, intimida a Sinner con las armas más nobles del juego: es el jugador más autotélico del circuito.

Este año, no obstante, el clásico de dos entró en una zona de riesgo. Alcaraz cedió el número uno del mundo contra Sinner en Montecarlo y, días después, debió desestimar todo el resto de la gira europea de canchas lentas: no jugó en Madrid, la capital de su país, y tampoco estará para defender la corona en Roma ni en Roland Garros. En pocas palabras: se fue el único dique que puede contener la excelencia de Sinner. Y observar más allá solo muestra más penumbra.

Con 23 años, el español se enfrenta como nunca a un misterio. La inflamación en el tendón de la muñeca derecha no tiene semejanza con ninguna lesión muscular que haya afrontado antes. Se trata de lo desconocido: nadie confirmó qué problema tiene Alcaraz. Pero ya se habla de una afección en el fibrocartílago triangular de la muñeca, una delicada zona que preocupa por cómo podrá curarla. La esperanza, por consiguiente, está en pausa. Mientras tanto, Sinner hará un desfile personal. Lo ganará todo, salvo la aparición de alguna catástrofe. Lo hará en modo reel: en tiempos y desenlaces imperceptibles. Y el público seguirá con hambre.

Pablo Amalfitano/Página 12-Deportes

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