
Una vez más, Rod Stewart mostró todo lo que es: un showman enorme, un cantante extraordinario, un rubio divertido; un artista que tiene una cantera inagotable de éxitos, y que aún a sus 80 años sigue siendo capaz que magnetizar a una audiencia. En la noche del miércoles (hoy vuelve a presentarse), en el Movistar Arena, también supo ocultar lo que no es: un joven resistente, capaz de realizar un rally aeróbico de dos horas como si fuera una caminata ligera a la esquina.
Pero ahí está la magia de este viejo zorro del escenario porque nadie puede entender, más allá de entrenamientos y cuidados, cómo Rod Stewart aguanta un show tan intenso y generoso, variado y sorprendente; un poco kitsch y otro poco sobrio, un tanto cocoliche, tal vez.
La cantidad de recursos que Stewart despliega a lo largo de sus dos horas de show es impresionante. Ya no tiene un trote largo, pero esas arremetidas cortas que hace sobre el escenario son únicas; sus paradas, sus pasos de baile, sus muecas burlonas, sus gestos de autoridad, socarrones, teatrales, efectistas y efectivos. ¡Y sin despeinarse!
La configuración de su banda se asemeja a la de un equipo de fútbol agrandado: seis mujeres y cinco varones, con Rod Stewart en un plano diferente. Se podría pensar, a priori, que las seis chicas cumplirían un rol entre bailarinas y voces de apoyo, pero rápidamente esa noción queda en el olvido, porque además de bailar y cantar bien, tocan violín, mandolina, guitarras, percusión y hasta un arpa que sorprendió al sonar el primer lento de la noche: First Cut is the Deepest, en una monumental versión del clásico de Cat Stevens, del cual Rod Stewart se adueñó hace varias décadas. Una señora entusiasmada gritaba: “¡Veniiiií! ¡Fila cuatro!”
Antes habían sonado Infatuation, poderoso rock ochentoso; Tonight I’m Yours y el clásico de Motown, It Takes Two, que supo interpretar junto a Tina Turner, homenajeada desde las pantallas, al igual que después lo sería Christine McVie de Fleetwood Mac. Causaría sorpresa, ya al final del show la imagen de la tercera homenajeada: Eva Perón, cuya imagen gobernó el centro de la escena mientras la banda interpretaba Don’t cry for me, Argentina.
Fue el momento más serio de un recital nada serio, junto con la entonación de lo que puede ser la canción precursora del yacht-rock: Sailing, donde se hizo presente en pantalla la bandera argentina. Todos con gorra de capitán marítimo cantaron ese clásico junto al público, como si fuera un himno.
Y en el medio hubo de todo. Éxitos imbatibles que entraban como una daga al corazón de un público que los conoció en sus años mozos, como Tonight’s The Night.O Forever Young, cantada por todo el público.
Más allá de lo jacarandoso de la personalidad escénica de Rod, todavía sigue en pie el crooner, el cantante profundo que puede dotar de alas a una canción. Y eso se hizo visible cuando cantó I’d Rather go Blind.
Pese a que algunos temas variaron su tonalidad, Rod Stewart sigue siendo capaz de cantar y conmover en eso que es su especialidad: los blues, el soul, y las infinitas variantes de la música negra.
Sergio Marchi/Especial para Clarín
MG Radio 24 Villa Pueyrredón
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