
Primero fue el libro, Metafísica de los tubos, escrito por la reconocida escritora belga Amélie Nothomb y publicado originalmente en francés en el año 2000. En esas páginas la autora buceaba en los recuerdos de su primera infancia en Japón para entregar una nouvelle a mitad de camino entre la autobiografía y la fantasía desbordada. El personaje imaginado por Nothomb, la nueva habitante en el hogar de una familia de inmigrantes en Osaka –llamada, como su creadora, Amélie– pasaba los primeros meses de vida en un particular estado de latencia. En el primer capítulo puede leerse que “en el principio no había nada. Y esa nada no estaba ni vacía ni era indefinida: se bastaba sola a sí misma. Y Dios vio que aquello era bueno”.
Nothomb también escribe en las primeras páginas que “los padres del tubo estaban preocupados. Consultaron a los médicos para que analizaran el caso de aquel segmento de materia que parecía carecer de vida. Los médicos lo manipularon, dieron unos golpecitos sobre algunas de sus articulaciones para comprobar si poseía mecanismos reflejos y constataron que carecía de ellos”. El tubo es Dios, Dios es el tubo y ambos son Amélie, una beba de dos años que, un buen día, decide abrirse al mundo para descubrir el secreto de la felicidad en una barra de chocolate blanco.
Primero fue el libro, pensando para un lector adulto, y ahora es el turno de su adaptación al cine, un largometraje destinado a un público que –como suele decirse– va de los 2 a los 99 años. Un film de animación realizado con técnicas más artesanales que las habituales en la animación mainstream y cuyo receptor ideal es un espectador abierto a nuevas experiencias.
Amélie y los secretos de la lluvia –título local teóricamente más atractivo para el público infanto-juvenil que el original Amélie et la métaphysique des tubes– llega a las salas de cine de Argentina el jueves 26, apenas un par de semanas antes de la entrega de los premios Oscar, donde competirá con otros cuatro títulos en la categoría correspondiente. Muy, pero muy lejos de la maquinaria comercial de Zootopia 2 o Elio, dos de sus contendientes de peso pesado, la película de Vallade y Han ofrece un relato de crecimiento absolutamente inusual, donde el punto de vista de la muy joven protagonista es esencial a la trama y al diseño visual.
Las primeras escenas de Amélie y los secretos de la lluvia presentan a la heroína en estado larvario, un portento de inteligencia encerrado en un envase vegetativo. La beba no habla, no ríe, casi ni se mueve, para el desconcierto y pesar de sus padres y hermanos, pero en su interior todo fluye, constantemente. Cuando, tiempo después, de la nada y como quien no quiere la cosa, Amélie comienza a caminar, a moverse con entusiasmo y a hablar sin parar, el relato avanza y la acompaña en su viaje de descubrimiento. Que no incluye solamente a aquellos que la rodean –Papá, Mamá, sus hermanos mayores, la abuela que llega de visita y, sobre todo, Nishio-san, la mujer japonesa que comienza a ocuparse de la casa y de ella como niñera– sino también el mundo exterior.
Descubrir la belleza es parte del plan, desde luego, pero también la pérdida y el dolor. La vida, en suma. “Descubrí el libro cuando tenía 19. Esto fue hace más de veinte años”, destaca Liane-Cho Han durante una entrevista exclusiva con Página/12. “Esa historia sobre una niña de padres belgas nacida en Japón que cree ser Dios me emocionó mucho. ¡Qué concepto más loco! Siempre me interesó la cultura japonesa y, unos años antes de leer el libro, había visto la película de animación La tumba de las luciérnagas, Isao Takahata, que probablemente sea una de mis favoritas”.
Realizador debutante, como su codirectora Maïlys Vallade, Han afirma que el libro posee todos los ingredientes para que en su mente surgiera la posibilidad de llevarlo al formato del largometraje de animación. “Recuerdo por ejemplo el momento en la novela en el cual Amélie está en la playa y termina caminando sobre el agua, como si fuera Jesús. En ese momento imaginé que visualmente podía ser mucho más impactante si partiera las aguas, como Moisés, que es algo que finalmente puede verse en la película”.
Los años transcurrieron y Han conoció a Vallade; juntos trabajaron en el largometraje El principito, del realizador Mark Osborne, una adaptación del celebérrimo libro de Antoine de Saint-Exupéry, como dibujantes de storyboards. “A partir de ese momento colaboramos constantemente, y siempre sentí que teníamos el mismo interés por la manera de narrar, el punto de vista de los personajes, que ver y qué sentir. En la vida real, tanto ella como yo fuimos padres, algo que nos enseñó que, en la vida de todo ser humano, hay un momento de transición en el cual se deja de ser el centro del universo. Es cuando se comprende que, en realidad, uno es solamente una parte de él, la transición que se da entre los primeros años de vida y la infancia propiamente dicha”.
-¿Cómo fue el proceso de adaptación del texto y escritura del guion, en particular teniendo en cuenta que se trata de un film para todo público en el cual el punto de vista de la protagonista es muy relevante?
Maïlys Vallade: -Fue muy complejo, con mucho análisis y muchas reescrituras. Fue probablemente el desafío profesional y artístico más grande que hayamos tenido. El libro es breve, pero en él hay muchas temáticas complejas, filosóficas, y tuvimos que hallar la forma de incluir todo eso en el arco dramático del personaje. Hallar la estructura que nos permitiera contar su historia incluyendo esos temas y, además, unirlas al folklore japonés que está descrito en la novela. La cuestión de la vida y la muerte a esa edad es muy difícil. Y la forma en la cual Amélie se describe a sí misma como Dios… No es un Dios creativo, es algo paradójico: es un tubo a través del cual todo entra y sale. Ella cree comprender muchas cosas, pero en realidad es absolutamente ingenua. Es como una esponja, inteligente y sensorial. Toda la película está narrada a partir de su mirada, su percepción. Nos llevó mucho tiempo comprender cómo eso debía trasladarse a la puesta en escena, porque no se trataba simplemente de ubicar las cosas para se vieran desde su pequeña altura. Fueron siete años desde que comenzamos a pensar la película hasta que arrancó el proceso de producción. Los diálogos y, en especial, el texto de la voz en off de Amélie fueron escritos y cambiados hasta último momento.
Liane-Cho Han: -Es cierto que el libro es para adultos y la película está orientada a la familia. Al mismo tiempo, todo el mundo tiene una opinión respecto de qué cosas es capaz de comprender y manejar un niño y cuáles no cuando miran una película, pero con Maïlys somos de la idea de que los chicos son capaces de entender más de lo que creemos. Sólo hay que hallar el ángulo correcto. La muerte, el dolor. En lugar de esconder esas cuestiones creo que lo mejor es encontrar la manera correcta de hablar de ellas. La película tiene también que ver con todo eso.
-¿En qué momento decidieron optar por ese tipo tan particular de trazo en los dibujos y un uso del color que, por momentos, recuerda al impresionismo, aunque con un diseño, si se quiere, más naif?
M. V.: -Nos llevó varios años diseñar el estilo del film, pero siempre tuvimos en cuenta que debía tener un componente sensorial. Intentamos transmitir las emociones de Amélie a través de los trazos y los colores, la euforia de su comprensión ante lo que la rodea. El impresionismo fue muy importante en Francia y supongo que todo el equipo de animación, los dibujantes y los encargados de colorear, estuvieron de alguna manera influidos por ese movimiento. Al mismo tiempo debo decir que hubo mucha observación de la naturaleza. La luz es también un actor importante en la película, a través del paso de las estaciones, que está ligado al paso del tiempo y el crecimiento.
L-C. H.: -También estuvimos muy influidos por la animación japonesa, en el sentido de que no hacemos que los personajes estén moviéndose todo el tiempo, como en las películas de los grandes estudios, sino que muchas veces sugerimos el movimiento. Por supuesto que es una forma de animación más barata, pero al mismo tiempo te permite ser más sutil.
-¿Cómo lograron el balance a la hora de describir un Japón que es, al mismo tiempo, realista e idealizado, sin caer en las trampas del exotismo o el orientalismo?
M. V.: -Hubo un trabajo de documentación importante de parte de nuestra coguionista Eddine Noël, quien además es alguien que conoce Japón muy bien. Su esposa es japonesa. Tuvimos mucho cuidado con ciertos detalles, pero al mismo tiempo la de la película no deja de ser una mirada idealizada. Es la mirada idealizada de una niña de tres años. De todas formas hay escenas donde priman ciertas emociones, y la idea era reflejar los cambios internos de Amélie en la pantalla, en la manera en la cual se pueden ver los paisajes, por ejemplo. Luego está el momento en el cual Nishio-san comparte con Amélie algunos recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, una cuestión que debíamos transmitir con delicadeza.
L-C. H.: –Mostramos la película en Japón, en el marco del Festival de Cine de Tokio, y recibimos muchos comentarios positivos en cuanto a la descripción visual del país. Un amigo me dijo alguna vez que, cuando un occidental quiere reconstruir Japón en una película, casi siempre se termina pareciendo a China. Intentamos reconstruir aquel Japón en el cual la autora de la novela vivió durante su infancia.
Diego Brodersen/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón