
No hay monstruos evidentes en Los bobos. O, mejor dicho, sus monstruos se parecen demasiado a personas comunes y corrientes. En su tercer largometraje luego de Palestra (2021) y Estertor (2023), la dupla compuesta por Sofía Jallinsky y Basovih Marinaro vuelve a visitar un universo donde la violencia no surge de una maldad consciente sino de decisiones tomadas con una naturalidad inquietante. Entre el absurdo, el horror y la incomodidad, la película –que se estrenará este viernes 5 en el Cine Arte Cacodelphia luego de haberse exhibido en Bafici, entre otros festivales– observa a los integrantes de una organización que se dedica a convertir en, precisamente, bobos a personas a las que les aplican un artesanal, precario pero devastador procedimiento de electroshock que les fríe el cerebro. Pero quizá los auténticos bobos no sean las víctimas sino sus victimarios.
Si la idea de un electroshock en la cabeza recuerda a los tratamientos psiquiátricos de comienzos del siglo pasado, se debe a que, efectivamente, por allí pasaban los intereses de Jallinsky y Marinaro cuando se cruzaron con una entrevista a la escritora rusa Anna Starobinets donde hablaba de su libro La glándula de Ícaro. “Ella cuenta que su hija empezó a desarrollar una alergia muy violenta y el veterinario le dijo que el problema era su gato, y que tenía que castrarlo. Después de la operación, el gato terminó transformado en un animal muerto, en un zombie. A partir de eso, ella reflexiona sobre cómo, a veces inconscientemente, podemos cercenarle ciertas capacidades o limitarles las acciones a otras personas, incluso a seres queridos. Todo eso se da por pasar un límite por el que la situación no favorece al otro sino a uno”, recuerda ante Página/12 Basovih Marinaro.
La (mala) suerte de aquel pobre gato fue el puntapié para idear esta historia centrada en el grupo de trabajadores que aplica un tratamiento con electricidad clandestino, supuestamente destinado a “corregir” comportamientos considerados problemáticos. Aunque habrá clientes de todo tipo, desde una madre que no quiere que su hijo se vaya de su casa hasta una mujer a cargo de un prostíbulo deseosa de transformar a un par de empleadas en esclavas. Porque nadie es bueno en Los bobos. Pero tampoco malo, lo que la dota de una ambigüedad infrecuente en un cine argentino mayormente tranquilizador. “La idea era explorar qué pasa cuando se toman decisiones sobre cuerpos ajenos sin ser conscientes de todo lo que significa, sumado a que la situación de anular al otro con el tratamiento nos servía también de metáfora para pensar la clausura del lenguaje: como no hay un diálogo con el otro y no puedo salvar mis diferencias, simplemente lo anulo”.
-La película está protagonizada por los mismos actores de sus dos films previos. ¿Qué encuentran en ellos para convocarlos?
Sofía Jallinsky: -Los ensayos son el momento en el que nosotros armamos la película. Son muchos diálogos en los que ellos y nosotros proponemos. Es un ida y vuelta de probar, de llevar al límite a los personajes, de pensar qué pasaría si no van para el lado que uno esperaría. Ahí aparecen muchas cosas que no aparecerían si fuéramos al rodaje sin toda esa experimentación previa. Ensayamos como si fuera una obra de teatro. Además, nos conocemos tanto que se permiten muchas situaciones, es como que no hay un filtro que por ahí tendríamos con otra gente. Nosotros confiamos mucho en el otro y ahí se abren muchas posibilidades.
Basovih Marinaro: -Siempre nos ceñimos al guion, pero también hay algo de probar cosas en ensayo que hace que a veces lleguemos a lugares muy interesantes que originalmente no estaban contemplados. Y llegamos al rodaje con todo muy ensayado para al final mezclar con algunas cositas más. En esta película sumamos actores nuevos que por suerte entraron en el mismo código, en la misma manera teatral de trabajar.
-¿Cómo evitaron mirar a los personajes desde arriba?
S.J.: -Creo que hay algo que nos interesa en general, que es la ambigüedad. Construir algo muy malo o muy bueno es muy sencillo, pero lo difícil es cuando te encontrás con alguien que te pone raro porque no sabés bien qué pensar, desde qué lugar hace lo que hace. Hay un gris que existe y que está bueno que veamos qué nos pasa con eso. Es lo mismo que hacemos con el humor. Hay situaciones en las que uno se ríe y no sabe si tendría que reírse o no, pero es una risa genuina. Exploramos en profundidad qué pasa con la ambigüedad y con esos procesos que no son tan fácilmente catalogables. Es una decisión de no querer juzgar a esos personajes, y a la vez de experimentar muchísimo y no caer en que es bueno o malo.
B.M.: -La pregunta que siempre que da vuelta alrededor de la película es quiénes son los bobos. Nosotros creemos realmente que son los protagonistas; entonces, el ver de cerca a un grupo de personas que toma un montón de malas decisiones por varias cuestiones, y no sólo por dinero, es muy nutritivo. Para componerlos y escribirlos tenemos que meternos muy al lado de ellos. Si la mirada es muy desde arriba, desde un lugar medio panorámico y con ánimo de señalarlos, sería más difícil seguirlos.
-Ese humor que menciona Sofía aparece muchas veces aparece en situaciones muy incómodas. ¿Qué les interesa de ese tipo comicidad?
S.J.: -Primero, creo que nos gusta. Pero, por otro lado, hay algo que va más allá de eso y tiene que ver con el interés en lo que pasa con la risa en situaciones incómodas. La risa siempre es sincera. A veces nos dan gracia situaciones de las que sabemos que no está bien reírnos. Ahí aparece una cuota de verdad que quizá no aparecería si analizáramos algo desde un lugar mucho más contemplativo, más racional. Con la risa desaparece todo eso. Y también está el interés de jugar con la incomodidad, una herramienta que habilita que la gracia aparezca de una forma más ambigua.
-En el catálogo del BAFICI se dice que la película entiende “la provocación menos como un gesto que como un método”. ¿Están de acuerdo con esa idea?
B.M.: -En realidad son las dos cosas. Creo que hay un método de provocación y también una idea de ir a buscar eso. Hay una frase que dice que no hay fiesta sin crueldad. Es como que hay ciertos lugares a los que no se llega de otra manera. Muchas veces nos han preguntado si estamos de acuerdo con esta violencia o por qué llegamos a tal nivel de incomodidad, maltrato o provocación. Y la verdad es que creemos que es nuestro método para llegar a debatir ciertas cosas a las que nos llegaríamos de otra forma. Hacemos un seguimiento de este tipo de personajes, con este tipo de moral, para hablar desde lugares contemporáneos, porque de alguna manera nos empapa el presente y el gobierno actual, con un montón de cosas que creemos que no están tan alejadas de estos personajes. Y no encontramos otra manera de hacerlo. Creo que sí hay una provocación, pero hay un método detrás. No es deliberado.
S.J.: -Creo que no es simple provocación porque sí. No buscamos provocar por provocar ni hacer algo súper cruel por la crueldad misma. Las películas que por ahí más nos interesaron y nos formaron son las que nos dejaban en un lugar medio extraño y nos ponían en una situación incómoda. Entonces, tal vez es más querer replicar esos gestos.
-El tratamiento ilegal con electricidad es una idea muy perturbadora, pero también absurda. ¿Les interesa combinar ambas variables?
S.J.: -Sí, y también hay algo más del orden de lo precario. Cuando empezamos a pensar la máquina, enseguida dijimos que tenía que parecer algo muy casero que pudo hacer cualquiera que más o menos conecte unos cables. Eso es lo absurdo: que alguien se pregunte qué hacer para sobrevivir y arme una máquina así para vender este servicio. No es una maldad sofisticada ni una empresa ni ciencia ficción. Me acuerdo de la película Tarnation, donde a la madre le hacían mierda a la cabeza por el tratamiento de electroshock, y me pregunto cómo alguien puede llegar a detonar un cerebro por darle electricidad. Es algo que empieza como algo absurdo y termina siendo grave porque es una persona que no decidió estar así, que no puede decir nada al respecto y que queda inhabilitada para siempre.
-En sus tres películas hay grupos cerrados con dinámicas que empiezan a volverse cada vez más complejas, ciertas tensiones…
S.J.: -A eso también nos interesa sumarle siempre la cuestión del trabajo. Entonces, es como combinar eso que decís con todas estas tensiones que aparecen en el trabajo, que es algo que atraviesa a todas las personas todos los días y es muy determinante cuando se trata de un grupo de personas encerradas en un lugar. Nos interesa ver qué tipo de situaciones se toman puertas adentro, qué se arma en términos de relaciones de poder y de decisiones. La escena de Estertor en la que están los enfermeros bailando mientras afuera hay una protesta es una muestra de que adentro puede estar pasando cualquier cosa. Quizá pensamos más en el reclamo que en lo que podría pensar otras personas que no opina como nosotros. Nos interesa dialogar con esos otros sujetos que no somos nosotros, ni nuestros amigos ni quienes piensan más o menos de cierta manera.
Ezequiel Boetti/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón