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Se reestrenó en los cines locales Sin Aliento, la ópera prima de Jean-Luc Godard

Se reestrenó en los cines locales Sin Aliento, la ópera prima de Jean-Luc Godard

En los últimos tres años se dio un fenómeno que, de manera indirecta, dice mucho sobre el estado actual del cine como espectáculo masivo. Se trata de una serie de reestrenos de títulos clásicos, impulsada por razones que van de los aniversarios redondos a la simple nostalgia. Una lista que incluye más que nada a obras notables de grandes autores europeos. La tendencia tiene su último exponente en el reestreno de Sin aliento (1960), ópera prima de Jean-Luc Godard que llegó a cines locales este jueves, a dos semanas del estreno de Nouvelle vague, donde el estadounidense Richard Linklater reconstruye desde la ficción el rodaje de aquel título emblemático de esa nueva ola que modernizó el cine.

El arribo de Sin aliento a las salas comerciales es el último eslabón en una cadena de reestrenos que permitió volver a ver películas como Rocco y sus hermanos (1960), de Luchino ViscontiRepulsión (1965), de Roman PolanskiDos o tres cosas que sé de ella (1967), del propio Godard; El conformista (1970), de Bernardo BertolucciLa mamá y la puta (1973), de Jean EustachePossession (1981), de Andrzej Zulawski; o Underground (1995), de Emir Kusturica. Pero también un clásico del cine coreano contemporaneo, como Oldboy (2003), de Park Chan-wook, y hasta un film de terror reciente como El descenso (2005), de Neil Marshall.

La proyección de clásicos es una costumbre de larga data, vinculada sobre todo al cineclubismo y al circuito de salas independientes, del que forman parte espacios como la Sala Lugones o el Malba, donde una parte importante de la programación tiene que ver con ciclos autorales y la reposición limitada de obras emblemáticas. Esta “nueva ola” de reestrenos en salas comerciales tiene un origen distinto, vinculado a la crisis de la exhibición que se venía percibiendo en los últimos lustros, pero que explotó con todo a partir de la pandemia y la masificación del streaming.

Con una cartelera que funciona cada vez más como coto privado de los estudios de Hollywood y números de taquilla todavía lejos de las estadísticas previas a 2020, estos reestrenos apuestan a seducir al público adulto que la programación comercial parece haber olvidado y que perdió la costumbre del cine como ritual colectivo.

El combo Nouvelle vague + Sin aliento resulta elocuente en ese sentido. Con poco espacio en los complejos comerciales para el cine de autor o el cine independiente, la proyección de clásicos convoca a un público cuya cinefilia perdió relevancia comercial. La nostalgia como negocio. Un negocio acotado, claro, pero negocio al fin. También es posible pensar al fenómeno como una especie de culto a un pasado donde este era el cine que se veía en las salas gigantes que integraban los circuitos de las calles Corrientes, Santa Fe y Lavalle. Una cinefilia que, por otra parte, no está exenta de cierta necrofilia, como lo confirma el reestreno de la ópera prima de Godard.

Linklater le rinde culto a aquella banda de chicos franceses que renovó la forma de hacer y pensar el cine. Primero como críticos, desde la revista Cahiers du Cinema; después como cineastas, sacando los rodajes a la calle para dotar a las películas de una vitalidad casi desconocida hasta ahí. Pero un repaso rápido por la lista de personajes que aparecen en su película confirma que todos ellos están muertos.

No solo los grandes nombres del cine francés y europeo que Linklater consigna como los maestros que todavía respetaba aquella generación de jóvenes iconoclastas, como Jean Cocteau (1889-1963), Jean-Pierre Melville (1917-1973), Roberto Rossellini (1906-1977) o Robert Bresson (1901-1999). También todos esos jóvenes revolucionarios hoy descansan en paz en distintos cementerios de la cada vez más envejecida Europa.

Una de las gracias de Nouvelle vague, la más superficial pero también la más lúdica, es la de ver en pantalla a tanto superhéroe cinéfilo convertido en personaje de ficción. Un juego que se apoya en la mimesis entre las figuras reales y los actores elegidos para representarlos. La lista no solo incluye a quienes cumplieron un rol en la ópera prima de Godard, sino a otros igual de vitales para la ola del título.

Entre ellos están Éric Rohmer (1920-2010), primer director de los Cahiers y nominado al Oscar por Mi noche con Maud (1969), o Alain Resnais (1922-2014), que fue parte de la primera camada de críticos de la revista y director de clásicos fundacionales de la nouvelle vague como Hiroshima mon amour (1959) o El año pasado en Marienbad (1961). También están la guionista Suzanne Schiffman (1929-2001), nominada al Oscar por La noche americana (François Truffaut, 1973), y Agnès Varda (1928-2019), dueña de una filmografía multinominada en Cannes o la Berlinale, quien recibió un Oscar honorífico en 2018, año en el que su documental Visages villages fue nominado a esos mismos premios. De los cuatro, solo Schiffman tiene un rol activo en la película de Linklater, mientras los otros forman parte de una larga galería de simpáticos cameos.

Entre quienes sí tuvieron un papel fundamental en el rodaje de Sin aliento se destaca su protagonista, la actriz Jean Seberg (1938-1979), interpretada con el encanto apropiado por su colega Zoey Deutch. Seberg era la más joven entre quienes fueron parte de la película y también la primera en morir, víctima de una sobredosis, ahí mismo, en la París que la había visto brillar dos décadas antes. Tenía solo 40 años. Casi en el otro extremo de la línea de longevidad se encuentra su coprotagonista, el inolvidable Jean-Paul Belmondo (1933-2021), verdadera leyenda del cine francés, fallecido de causas naturales a los 88 años.

Linklater también les otroga lugares destacados a Claude Beausoleil (1928-1983), camarógrafo de Sin aliento; a su productor Georges de Beauregard (1920-1984); a Richard Balducci (1922-2015), cineasta y guionista que interpretó al personaje de Tolmatchoff; y al director de fotografía Raoul Coutard (1924-2016), habitual colaborador de Godard y Truffaut. Junto a ellos aparecen Cécile Decougis (1930-2017), cineasta y montajista de títulos centrales de la nouvelle vague; Liliane David-Dreyfus (1937-2018), actriz y gran amiga de Truffaut; y Pierre Risient (1936-2018), asistente de dirección de Sin aliento.

Tampoco podían faltar personaje como el propio Truffaut (1932-1984), Claude Chabrol (1930-2010) y Jacques Rivette (1928-2016), todos ellos amigos de Godard (al menos por entonces), formados en la redacción de Cahiers y nombres destacados de la nouvelle vague. Los dos primeros fueron guionistas de Sin aliento junto a su director, mientras que el tercero interpretó el papel de muerto en un accidente, situación que Linklater registra en un divertido segmento de su película.

Y claro, ahora como entonces el centro de la escena lo ocupa el omnipresente Godard, interpretado por el debutante Guillaume Marbet, quien replica a la perfección sus gestos y su pose rebelde, haciendo equilibrio entre la megalomanía y el talento del niño terrible del cine francés. Nacido en 1930 y como corresponde a un buen capitán, Godard fue el último miembro del rodaje en quedarse sin aliento. El 13 de septiembre de 2022 dejó este mundo y una filmografía de casi 140 títulos.

Solo lo sobrevive Madelaine Morgenstern (1931), esposa y madre de las dos primeras hijas de Truffaut. Una de ellas, Laura Truffaut, quien reside en California, reveló en una entrevista publicada en el San Francisco Chronicle, que su madre, que este año cumplirá 95 años, aún vive en el departamento donde su padre filmó La piel dulce (1964). Ella es, quizás, la final girl de aquella ola eternamente nueva.

Juan Pablo Cinelli/Página 12-Espectáculos

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