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Nona – Si Me Mojan, Yo Los Quemo, una buena alternativa en Mubi

Josefina Ramírez, la protagonista, en uno de los pasajes del film de la chilena Camila Donoso.

De su ópera prima Naomi Campbel (codirigida junto a Nicolás Videla) la chilena Camila José Donoso retoma las posibilidades de la ficción: la prolijidad de la narración, ciertas estrategias formales para transmitir información, la elegancia de los planos en formato scope. De Casa Roshell, su primer largo en solitario, la realizadora sostiene las banderas de lo inesperado, el gesto arrancado al azar, las rotundas formas de la realidad que, en este caso, rodean lo cercano, lo familiar. A todo eso, su nueva película incorpora dosis nada escasas de experimentación formal, bajo la forma de sueños o realidades paralelas (o el término que el espectador prefiera), reproducidas en pantalla en el nunca extinguido formato Super 8. Nona – Si me mojan, yo los quemo parte de alguien real y concreto –Josefina Ramírez, la abuela de Donoso– y de algunas de sus experiencias de vida para crear una película con forma de rompecabezas. O, mejor aún, de palimpsesto. Pero, ¿quién fue y quién es hoy Ramírez?

La primera escena la encuentra construyendo una bomba molotov, explicando en off cada uno de los pasos necesarios. Un plano en cámara lenta, de ambiciones poéticas, la muestra levantando la botella y arrojándola hacia el aire. El fuego será la marca esencial de la historia que sobrevendrá, al punto de devorarlo casi todo. Pero antes, una mudanza, desde Santiago de Chile hacia un pueblito del centro del país llamado Pichilemu. Quien conduce el auto es la nieta y quien enseña el resultado del uso de la bomba es la abuela: una camioneta ennegrecida, sin volante ni asientos a la vista. Ya en su nuevo hogar, la cámara sigue a la protagonista durante un paseo en taxi y una visita al oftalmólogo; hay que intervenir quirúrgicamente y eliminar las cataratas. Nona hace entonces un corte abrupto y pasa de las prístinas imágenes en pantalla ancha a un formato de video hogareño 4:3, como el de los viejos televisores de tubo. Allí, la verdadera Ramírez (es decir, aquella que es registrada de manera natural por su nieta, no el personaje construido especialmente para la película) juega al dominó, se columpia en una hamaca, desgrana algún recuerdo, realiza los actos más cotidianos.

Pero, ¿es realmente así? ¿Son esos segmentos técnicamente menos pulidos los más cercanos a la realidad y los otros los más fantasiosos y fabuladores? Difícil aseverarlo y el film de Donoso juega a difuminar al máximo esos límites. Lo cierto es que en esas charlas comienza a aflorar su pasado como guerrillera, que la escena inicial no haría más que confirmar con creces. Cuando el hilo narrativo parece a punto de estacarse en un tono trivial, comienzan los incendios. Fuegos de los cuales nadie, ni siquiera los bomberos, parecen capaces de aseverar su verdadero origen, aunque todo parecería indicar que son intencionales. Nona – Si me mojan, yo los quemo ingresa por decisión propia a ese subgénero reciente de películas en las cuales las llamas son trasfondo concreto y metáfora de otra cosa, como en Ça brûle, de Claire Simon, o la más reciente O que arde, de Oliver Laxe. Aquí el desastre no llega a ser de gran magnitud, pero la fuerza de los fuegos logran arrasar con una o dos casas del barrio.

En el texto publicado en el catálogo del Festival de Mar del Plata, donde el film se presentó el año pasado como parte de la competencia Estados Alterados, la realizadora afirmaba que su intención era alejarse de “las convenciones y las formas de representar la memoria familiar y los relatos en primera persona”, utilizando la imagen de la fuga musical como una comparación posible. Se trata de una figura clara y pertinente: como si se tratara de una cámara con espejos enfrentados, Nona multiplica las imágenes de Ramírez y (re)crea otras posibles. O, tal vez, sólo esté reproduciendo en pantalla las infinitas Ramírez que habitan dentro suyo. Como sea, la nueva película de Donoso logra entrecruzar lo íntimo y lo político de manera muchas veces notable, con fondo musical de algún bolero que le hace los honores a la ebriedad.

Diego Brodersen/Página 12

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