Muy lejos: cuando vestir la celeste y blanca era orgullo y una prioridad

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El equipo argentino de la Billie Jean King Cup viajará a Tokio para jugar ante Japón, del 21 al 22 de noviembre, en los playoffs por el ascenso al Grupo Mundial: una chance histórica de volver a la elite tras más de diez años y cinco intentos fallidos al hilo. Pero lo hará sin las mejores ocho singlistas, entre ellas Solana Sierra (104ª) y la ex semifinalista de Roland Garros Nadia Podoroska, ni la doblista número uno del país.

La serie en la otra punta del mapa se superpone con la gira sudamericana de WTA 125, clave en el ranking de las tenistas argentinas. La capitana Paola Suárez debió nominar un plantel de debutantes cuya mejor jugadora es la 433ª: “Lamentablemente se interpone en el calendario y hubo jugadoras que priorizaron estos torneos, lo cual es entendible”.

Ya había ocurrido en febrero con la Copa Davis: los mejores siete singlistas y dos doblistas fijos no viajaron a Corea del Sur a la serie previa a la gira sudamericana de polvo de ladrillo, pero casi todos volvieron para salvar el año perdido ante Turquía en Neuquén. El capitán Javier Frana lo rememoró sin tapujos: “Hubo estrés y nunca hice catarsis. Cayeron las fichas apenas terminó Corea: fue enriquecedor, aunque no me puedo olvidar del dolor”.

Las masivas bajas en ambas competencias colectivas frente a rivales geográficamente incómodos invitan a la reflexión: ¿ya no hay estímulos reales para representar al país? Primero, con perdón por la frase: no hay plata. El dinero de la Federación Internacional de Tenis sólo cubre los gastos logísticos de las federaciones y el incentivo de la Asociación Argentina de Tenis, una institución sólida en términos económicos, es casi nulo.

Varias de las que pegaron el portazo se juegan, por caso, la entrada a la qualy del Abierto de Australia, cuyo premio por la primera ronda asciende a unos 30 mil dólares, esenciales en el presupuesto de la temporada 2027. Pero antes tampoco había plata -salvo en instancias finales excepcionales como la final autoboicoteada de Mar del Plata 2008– y el solo llamado para representar al país actuaba como el mayor aliciente.

En su etapa de tenista, el capitán Frana, como tantos otros, llegó a poner plata de su bolsillo para jugar la copa: “Era la época: una vez el pasaje del masajista lo pagamos entre todos. No lo digo como crítica: poníamos 300 dólares cada uno y se resolvía”. ¿Pero qué herramientas tienen hoy Frana o Suárez o la propia Asociación para persuadir a los jugadores? El dinero, aun si se pusiera, igual sería insuficiente para “competir” contra los puntos y la plata que arriesgarían los protagonistas al jugar por la bandera. ¿De qué vale hoy que Frana les cuente que perdió plata y llegó a vacunarse contra tifus, cólera, fiebre amarilla y hepatitis para jugar una serie en la India?

Sin romantizar en exceso, entonces la discusión se vuelve abstracta: todo esto lleva a pensar que, en los últimos años, se perdió algo del orden de lo intangible, aquello que hacía que el sentido de pertenencia pudiera imponerse sobre el beneficio personal inmediato. Hoy ese sentido parece activarse sólo cuando el calendario y la sede acompañan (Turquía en Neuquén). ¿No tiene relevancia existencial para esta generación de jugadoras la motivación de devolver a la Argentina a la elite? Que se entienda: no es un juicio. Se trata apenas de un intento de pensar: ¿desapareció la mitología en el deporte?

Quien escribe no tiene intenciones de resignarse: todo evoluciona, pero no puede ser que no exista un punto equidistante entre aquel Nalbandian que muchas veces acomodaba su calendario por la Davis -y se inmolaba físicamente- y lo que ocurre ahora. Hay tipos del segundo pelotón -sólo por citar, como Román Burruchaga o Camilo Ugo Carabelli- que nunca jugaron la Davis, que en otro momento siquiera lo hubieran soñado, y rechazaron la convocatoria. Si bien Japón y Corea quedan lejos, parece quedar más lejos aquel tiempo de “sacrificios” por dejar una leyenda o una herencia, cuando nadie se preguntaba por las condiciones antes de decir que sí. ¿Qué proezas deportivas se contarán en el futuro?

Pablo Amalfitano/Página 12-Deportes

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