
Mirar la fragilidad de cerca, sostener la mirada a lo incierto, a lo incómodo, y a la vez tomar distancia, es un modo de aproximarse a la vida cotidiana. Olivia Gallo es una escritora a la que le gusta indagar en el reverso de lo visible, como si buscara revolver lo que se esconde o disimula en Hermosos caminos planos (Blatt & Ríos), un libro de cuentos que pone el dedo en la llaga de los vínculos. La odontóloga extraviada en su monólogo tal vez acierta cuando afirma que “deberíamos escaparle a la felicidad, en vez de a la tristeza”. Conocer una nueva hermana a los 33 años puede generar que un joven se sienta “eterno”. Como si fuera un ajuste de cuentas imperceptible, una mujer pierde de vista a la hija de su amante en una plaza. Un actor llora porque odia actuar y espera más de la vida; para él ser otro es un trabajo, no un juego. Un varón sin trabajo escrolea en la pantalla del celular porque no puede dormir “sin pasar media hora divagando por las redes sociales, su canción de cuna personal”. Una joven que entrena para ser campeona de arco y flecha da en el blanco de una cuestión paradójica: “Las personas que amamos se convierten en paisajes. En algunos es posible meterse, otros sólo se miran desde lejos”.
Su primer libro de relatos, Las chicas no lloran (Tenemos las máquinas), lo publicó en 2019. “Esos cuentos son más salvajes; en estos -compara los ocho relatos de Hermosos caminos planos– soy más cerebral. Los otros eran más intuitivos, había más impresiones, aunque estuviesen solapadas bajo otras cosas”, explica la escritora, y destaca que la principal diferencia entre un libro y otro tiene que ver con que en sus primeros cuentos dejaba que la trama “se armara sola”, a medida que iba escribiendo. Ahora, en cambio, planifica un poco más, aunque su acercamiento a la escritura continúa siendo intuitivo. “Me siento frente a la computadora con una idea que a veces ni siquiera llega a ser una idea, sino una imagen o una noción, y me dejo llevar. Pero en este libro quería que los personajes fueran de determinada manera y que les pasaran algunas cosas; entonces hubo un poco más de planificación, pero no más soltura en cuanto a que haya descubierto el arte de escribir cuentos. Esto es como un misterio y por suerte es así porque es lo que hace que escriba”.
Olivia nació en Buenos Aires en 1995. Al poco tiempo que descubrió la pasión por la lectura, se encontró con la escritura. Fue como una “sucesión natural”, algo muy lúdico, tomado poco en serio. En su casa era muy celebrado que le gustara leer y escribir, un vínculo que compartía (y comparte) con su madre, la editora y escritora Mercedes Güiraldes. Tendría 11 o 12 años cuando su maestra de Lengua, Susana Figueroa, en la escuela italiana Cristoforo Colombo, le propuso un ejercicio de escritura. Olivia escribió sobre una nena fantasma que se veía a sí misma muerta. “Era medio macabro, medio retorcido. Me acuerdo de poner especial atención a que no se notara que fuera un fantasma hasta el final”, recuerda la autora de la novela breve No son vacaciones (Blatt & Ríos, 2023) y el intercambio epistolar Intranquilas & venenosas (Odelia, 2021), coescrito junto a Tamara Talesnik.
“Podés tener un lápiz y un papel y escribir lo que quieras. La escritura te da un poder infinito y eso me parece fascinante, que sea con algo que usamos todos los días, que son las palabras y el lenguaje; es muy increíble y misterioso”, reconoce Gallo, una escritora que abreva en la corriente de la literatura norteamericana, J.D. Salinger, Raymond Carver, John Cheever y Lucia Berlin; pero también en la canadiense y premio Nobel de Literatura, Alice Munro; en el escritor italiano Dino Buzzatti; en la literatura rusa de Antón Chéjov y más acá en el tiempo, y en Argentina, se alimenta de las novelas y cuentos de Magalí Etchebarne, Sergio Bizzio, Santiago Loza, Francisco Bitar, Julieta Correa, Sofía de la Vega, Paula Galinsky y Agustina Espasandín, entre otras.
“Dios imán”, el cuento que cierra Hermosos caminos planos, lo narra una hija que viaja con su padre a México para celebrar las respectivas separaciones de cada uno. A la escritora le encanta el cuento de Roberto Bolaño “Últimos atardeceres en la tierra”, en el libro Putas asesinas, en el que se narra el viaje entre un padre y un hijo de Ciudad de México a Acapulco. “Ese padre es como una especie de hijo, ¿no? Es ella la que tiene que encargarse de que las cosas funcionen, la que costea el viaje con su aguinaldo. El padre es destructor y esto tiene que ver con el dios azteca que se menciona en el cuento, Tláloc, el dios del agua que destruye y da vida a la vez”, reflexiona la escritora y agrega que en ese cuento los padres “son falibles y al mismo tiempo muy dignos de compasión” y que bajarlos del pedestal de la adoración “no quiere decir despreciarlos”.
-En “Girasoles enojados” aparece la insatisfacción de un actor que no quiere ser actor, cuando en el imaginario cultural parecería que los artistas en general, músicos, actores, escritores, eligen lo que hacen. ¿Qué te interesaba explorar en este cuento?
-En este libro trabajé mucho con oficios y vocaciones. Mientras escribía los cuentos, leí una novela de (César) Aira que me encanta, El ilustre mago. Aira, como personaje, se encuentra en la calle a un señor que duerme en la plaza, al que ve todos los días y que le dice que le puede revelar su poder si Aira renuncia a la literatura. Pero para Aira la literatura es el poder con el que transforma la realidad. En “Girasoles enojados” está el peso o la condena del talento porque, según la narradora que es quien después se convierte en manager del actor, el actor es muy talentoso y va a desperdiciar el talento porque quiere ser apicultor. La narradora se aprovecha del actor y es cada vez más monstruosa cuando él es más genuino y honesto.
-¿Por qué te interesa trabajar con lo monstruoso?
-Me sale más trabajar con personajes que no son aquellos con los que fácilmente se pueda empatizar. Me llaman la atención los personajes más complejos, los que tienen zonas oscuras y luminosas; pienso en los personajes de Roberto Arlt, hasta los más monstruosos como Humbert Humbert de Lolita, de (Vladimir) Nabokov. Me divierte mucho construir ese tipo de personajes monstruosos y subirle un poco el volumen a las zonas oscuras o a las maldades, pero también quiero ser compasiva; que se pueda pasar por varios estados: que sean personajes cómicos, tontos, malos y dignos de compasión y de ternura. Nunca trabajo con personajes que odio; es muy difícil escribir desde el desprecio.
-El misterio que tanto te interesa de la escritura, ¿está puesto en jaque con las posibilidades que puede desplegar la inteligencia artificial?
-Sé que es un debate que está muy presente y entiendo por qué. Quizá soy medio ingenua y confío mucho en los libros porque no puedo pensarme sin libros, sin que exista la literatura. No termina de generarme tanta preocupación, aunque quizás debería. Me preocupan otras cosas de la inteligencia artificial, una especie de excesiva presencia; que en vez de ser algo accesorio para resolver cosas prácticas, temo que renunciemos a ser quienes somos. Me preocupa que haya gente que consulta el chatGPT cuando está triste; esas cosas me parecen peligrosas. Pero no creo que la inteligencia artificial tenga capacidad de dañar a los escritores y a la literatura.
Silvina Friera/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón