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Ken Follett presentó Las Tinieblas y El Alba, precuela de su icónico best-seller

El escritor galés, dueño del récord de ventas, se vuelve a meter con la Edad Media.

Elegantemente vestido de traje oscuro, sentado en un sillón con su biblioteca y la chimenea de fondo, en una estampa hogareña de colores cálidos, el galés Ken Follett (Cardiff, 1949) podía haber pronunciado un discurso de Navidad pero lo que hizo fue presentar, en una rueda de prensa mundial por videoconferencia, desde su residencia en la localidad inglesa de Stevenage, su nueva novela Las tinieblas y el alba (Plaza y Janés), precuela de su celebérrima Los pilares de la Tierra (1989), libro que lleva vendidos 29 millones de ejemplares y que ya contaba con dos secuelas, Un mundo sin fin (2007) y Una columna de fuego (2017).

Ahora, Follett traslada a los lectores a su localidad imaginaria de Kingsbridge pero mucho antes de que sucediera la acción de Los pilares… cuando era un pueblecito sin prosperidad ni catedral, en los tiempos que él llama “la salida de la edad oscura, en torno al año 1.000”.

Entonces, por las brumosas tierras inglesas, “competían los anglosajones originarios, los vikingos –que veían Inglaterra como una tienda donde no se paga– y los normandos, un pueblo sofisticado al otro lado del canal, claramente más avanzado”.

“Mi principal fuente –reveló– ha sido el extenso tapiz de Bayeux, en lino, que narra no solo las batallas sino la vida cotidiana del siglo XI, en él vemos a gente cenando, paseando con perros, talando árboles, el tipo de pájaros que había… Son las cosas que nos falta saber de la Edad Media: cómo vivían. Porque sus casas, de madera y paja, han desaparecido. Investigué, por ejemplo, qué tipo de ropa interior llevaba la gente pero nadie lo sabe, entonces me inventé algo, que ha quedado divertido”.

Entre los personajes, destacan tres: Edgar, un constructor de barcos; Ragna, la hija de un noble normando enamorada de un anglosajón; y un monje idealista llamado Aldred. A través de sus peripecias, Follett vehiculiza “la lucha por la justicia en aquella época. Era muy difícil porque no existía la ley, el estado de derecho, el gobierno no tenía por qué obedecer la ley. Los dirigentes locales decidían lo que le iba a ocurrir a la gente, favoreciendo a sus familiares, lo importante era tener buenas relaciones… Eso tiene algo que ver con la situación actual. Dábamos por hecho que nadie puede estar por encima de la ley, ni los gobiernos, y hoy nuestro primer ministro (en referencia a Boris Johnson) no respeta cosas esenciales de la ley, al igual que hace el gobierno de Polonia”.

Las tinieblas y el alba aborda la esclavitud, “un aspecto muy importante pues era la condición del 10% de la población anglosajona, aunque los historiadores de este país no lo mencionan. Iba acompañada de gran brutalidad pues, como dice un personaje, ‘ser propietario de personas saca lo peor del ser humano’”.

En ese contexto de país sin ley, vemos a familias compuestas por un hombre y varias mujeres, o al revés, una mujer con varios hombres. “Las granjas eran pequeñas y no resultaba práctico dividirlas en las herencias, con lo que a veces dos o tres hermanos se casaban con la misma mujer para mantener la unidad de la explotación agrícola. En Normandía sí había leyes sobre el matrimonio, pero no en la Inglaterra anglosajona, con lo que todos los hombres ricos tenían más de un mujer, vivían juntos y los niños eran todos del mismo hombre, todo era más informal, si un hombre se cansaba de su mujer la enviaba a vivir a otra parte de la casa”.

Follett destacó la importancia de la catedral de Vitoria, ubicada en el País Vasco –donde se documentó para Un mundo sin fin– y, sobre todo, la monumental Sagrada Familia de Barcelona, que, explicó, “es el edificio, ya no solo la catedral, más alucinante y sorprendente que he visto en mi vida en todo el mundo. Tiene el esqueleto de una catedral normal pero en ella no hay ni una sola línea recta. Sales de allí, miras tu alrededor y solo te preguntas: ¿pero por qué tenemos que hacer siempre las cosas rectas?”.

Xavi Ayén/Clarín

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