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Juan Leyrado por Juan Leyrado. Se estrena Terapia Integral en el Metropolitan

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Cada instante frente a Juan Leyrado adquiere profundidad y calidez. Nos recibe con una taza de té en su luminoso departamento de Palermo junto a su gatita Berlín (por uno de sus hijos, que vive en Alemania). En sus paredes están colgados sus propios cuadros, sin títulos, inspirados en estados de ánimo. A los 72 años, luce relajado, sabio, dichoso por el solo hecho de vivir. El entusiasmo por Una terapia integral, la obra que está ensayando y se estrena hoy en el Teatro Metropolitan, le hace brillar los ojos detrás de sus permos sonalísimos anteojos.

“Es una obra deliciosa, una comedia muy inteligente que desde hace años tiene éxito en Barcelona y Madrid. Mi personaje es un panadero particular, que desea cambiar a las personas para que cada uno se encuentre consigo mismo”, dice sobre la pieza de Marc Angelet y Cristina Clemente, en la que es dirigido por Nelson Valente, con producción de Adrián Suar, Mariano Pagani, Sebastián Blutrach y Preludio Producciones. Comparte elenco con Carola Reyna, Paola Krum y Carlos Belloso.

Que lo vuelva a producir Adrián Suar tiene una carga afectiva para él: recordemos que Gasoleros fue emitida entre 1998 y 1999 por Canal 13 en el horario central de las 21 y fue uno de los mayores éxitos de Polka, la productora de Suar. Allí, Leyrado inmortalizó a unos de esos personajes que dejan un recuerdo indeleble como el de Héctor Panigassi, ex colectivero devenido en mecánico que tenía un taller junto a familiares y amigos.

Con Suar, Leyrado también protagonizó la película El día que me amen (2003) y la serie El maestro (2017). “Es un reencuentro fantástico. Cuando hicimos Gasoleros, fue un momento muy importante para mi carrera, porque aprendí mucho. Con Adrián mantuve una relación de trabajo intensa y apasionada. Me gustó mucho la propuesta que me hicieron ahora. Él es un tipo que conoce muchísimo de todo esto, así que es un respaldo interesante”.

En Una terapia integral, interpreta a un panadero experimentado que lleva más de diez años impartiendo cursos para enseñar a hacer pan. Su método parte de una simple y curiosa premisa: “Para hacer un buen pan, no hace falta la mejor harina o la levadura más fresca, para hacer un buen pan sólo es necesario estar bien con uno mismo”.

De esa manera, los alumnos no solamente amasan o controlan la temperatura del horno: se confiesan, lloran, ríen, gritan y se liberan.

-La comedia que estás a punto de estrenar retrata a una sociedad que conserva la necesidad de creer en algo. ¿Vos tenés fe o la fuiste perdiendo por el camino?

-Hace tiempo que no tarareo la canción de Palito Ortega, “Yo tengo fe, que todo cambiará…”. Soy de una generación que transitó muchísimos cambios y la fe ahí interviene. En qué creemos, en quién creemos. Hay que creer en uno mismo, tener conocimiento de uno mismo. Siempre lo hice para modificar cosas que no me gustaban de mí, para disfrutar de cosas que no podía. Si bien no soy individualista, el trabajo de la fe tiene que ver conmigo mismo. Con la fe en mi evolución y en lograr convertirme en mejor persona. Y esta obra es interesante porque transita estas cuestiones.

-¿Qué cosas seguís aprendiendo?

-Aprendí que a esta edad ya no quiero tener razón. Es un gran alivio, no tengo que hacer un esfuerzo por nada. En esta etapa estoy bien con mi edad, no quisiera tener 30 años. Revisé mucho mi vida y estoy en un momento que me gusta. Logré un lugar en mí de tranquilidad por no querer tener la razón. No empujo nada, no me empujo. Salgo a la calle como estoy, no me pongo algo arriba. Entonces me siento muy abierto. Receptivo.

-Tu hijo Luciano (actor y director de cine) dijo en una entrevista que uno de tus legados es la capacidad que tenés para disfrutar…

-Yo ahora interpreto a un panadero, pero ya hice historias sobre vinos y sobre el aceite extra virgen. Siempre estoy muy conectado con lo que tiene que ver con los sabores. Disfruto mucho de esas pequeñas cosas. Hice cursos de cocina. Me gusta cocinar, poner música y tomar un buen vino. Disfruto de los amigos, de hacer asados en casa. Aunque soy un poco fóbico, no me gustan las grandes aglomeraciones. Para mí una buena mesa es, cómo máximo, de seis personas. Hago meditación, salgo a caminar, me gusta hacer las compras. A veces María (su mujer psicoanalista, con la que está en pareja desde hace más de 40 años) tiene un congreso y viaja, y debo comer solo. Entonces me hago un asado para mí: es una fiesta. Me voy a la terraza, me llevo unos libros y música, y la paso recontra bomba.

Leyrado hace hincapié en la contención de su familia. Con María tienen tres hijos: Luciano (46), cineasta; Manuel (34), que vive en Berlín y es curador de arte; y Victoria (33), que vive en Tucumán. Y tiene cuatro nietos: Mía (16), Francisco (13), Agustín (8) y Simón (2). Hace terapia desde hace años: “Vivo en la zona que se llamaba Villa Freud: ¡Estoy rodeado!”.

Y comparte un episodio curioso: “Tras vivir tantos años con María, veíamos que de la generación nuestra se habían separado todos. Estamos tan psicoanalizados que nos preguntamos entonces si hacíamos algo mal. Entonces fuimos a terapia de pareja, en dos oportunidades, para tener dos opiniones. Los psicoanalistas nos preguntaron por qué creíamos que nos teníamos que separar. Así que desde el punto de vista clínico no descubrimos motivos para separarnos. Nos acostumbramos a vivir felices y juntos toda la vida. Parece que nos gusta y nos hace bien.

Cuando se le pregunta sobre la actualidad política del país, es contundente. “Este presidente fue elegido por el pueblo porque antes se hicieron las cosas muy mal. Me preocupa la política cultural de este Gobierno. Y esta historia de hacerle creer a la gente que los actores cobramos por otro lado… Siempre digo que los actores somos desocupados que a veces trabajamos. Muy diferente de lo que se le hace creer a la gente. Algunos tenemos suerte y trabajamos más, pero hay muchos compañeros y compañeras que están pasándola mal”.

Y agrega: “Yo quiero que haya Estado, pero debe funcionar bien. Los problemas no se resuelven sacando al Estado. Lo que andaba mal lo están sacando, pero no ponen nada a cambio que funcione”.

Hasta cierto punto, el ajuste también lo afecta a él: “Ahora estoy viajando más en colectivo. No voy en auto. Como ensayo todos los días, si tengo que dejarlo en un estacionamiento es mucha plata. Yo también voy al supermercado y me fijo bien en los precios. Si en Europa aumentan las bananas, no las compran. Nadie compra. Y a la semana esas bananas están más baratas”.

Sigue: “El otro día subí al bondi, había cargado en la SUBE dos mil mangos… Y no te dura nada. Subí, le digo ‘hasta Coronel Díaz y Las Heras’, y me tuvo que dejar pasar porque no tenía saldo… Después se ofreció un pasajero: ‘Leyrado, yo le pago’. A veces me preguntan: ‘¿Qué hace usted en un colectivo?’. A algunos les debe romper la magia porque pensarán que tengo un Mercedes Benz ”.

Y se refiere a las muestras de afecto que recibe de la gente. “Si algún día llego a estar deprimido, salgo a la calle. Desde el camión me gritan: ‘¡Panigassi, vamos carajo!’. Recibo mucho cariño”.

-¿Estás conforme con tu actual versión de Juan Leyrado?

-Esta versión de mí mismo es mejor que la que me había imaginado. Estoy hablando con vos, voy a estrenar una obra, estoy mirando el cielo desde mi casa. La vida de los artistas es fantástica, pero hay que tener un equilibrio. A esta edad, nuestra profesión puede ser peligrosa. Más cuando no existen papeles para gente grande. A mí siempre me gustaron los actores grandes, los veo en un teatro actuando y me emociono.

-¿Por qué?

-Siento como que el texto “se les cae”. No lo empujan. A mí me pasó de estar grabando y que el personaje tenga que decir: “¿Dónde está el baño?”. Y yo digo, de repente: “Che, ¿dónde está el baño?”. Y de pronto cortan la grabación porque creen que de verdad tengo ganas de ir al baño. Y es así, los actores grandes dicen las cosas, no las empujan. Y yo estoy en esa búsqueda. Al personaje lo tengo que sentir con el cuerpo y no sólo con la cabeza. Ojalá que la gente que venga a ver esta obra lo perciba. Porque no hago de un panadero que solo está haciendo pan, no es Panigassi haciendo pan.

-¿Lograste un plus a través de tantos años de actuación?

-Si el público me va a ver en Romeo y Julieta, sabe que soy el mismo Leyrado que se encontró en el colectivo. Pero, aunque conozca la historia de memoria, va para ver cómo juego a ser eso.

-¿Tenés nostalgia?

-No soy melancólico, lo nuevo no lo rechazo, estoy predispuesto a aprender. Aunque hay cosas frente a las que estoy totalmente entregado. Con las redes me llevo bien. Bueno, como puedo. Aprendo, pero me aburro. Y pido que no me manden los libretos en forma digital, los quiero en papel.

-Y cuando te mandan el libreto, ¿tenés algún ritual?

-Sí, siempre voy con el libreto a almorzar al mismo restaurante de Palermo. Me siento en una mesa hermosa, con mantel. Me pido una pasta con una copa de vino y empiezo a leer. Después, cuando ensayo, el recuerdo que me motiva es esa primera lectura. Lo mejor que me puede pasar es que cada vez que interprete ese rol sienta lo que sentí esa primera vez que leí el guion. Por eso no lo puedo leer en la computadora, ni arriba del subte, ni ver la película del tipo que la hizo antes en el cine. Ni loco.

Fabián Cataldo/Especial para Clarín

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