Javier Margulis y las serias dificultades para hacer teatro independiente

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“En la profesión teatral siempre se trata de sobrevivir”, asegura el artista Javier Margulis en diálogo con Página/12, quien hace poco tuvo que cerrar su sala, Mil80 Teatro, a causa de las dificultades para sostener el espacio ubicado en el barrio de Villa Crespo. Esto siempre fue así en Argentina y la comunidad teatral se ocupó de señalar las frágiles condiciones en las que debe desarrollarse la actividad, pero actualmente ese acto de supervivencia se hace cada vez más difícil porque las políticas culturales no sólo no ayudan a los artistas sino que pretenden destruir la cultura argentina en beneficio de intereses extranjeros.

¿Qué hace hoy el Estado argentino para preservar el patrimonio cultural y la identidad de un pueblo? La pregunta parece necesaria en medio de una campaña anti-Argentina furibunda que quedó evidenciada en redes sociales luego del Mundial de Fútbol 2026 pero que rápida –y peligrosamente– pasó al plano real con discursos y demostraciones de odio en distintos puntos del globo. El teatro sin duda es una parte esencial del ser argentino que hoy ocupa la centralidad de los debates.

Margulis es artista plástico, músico, docente, autor, investigador y director teatral. Hace cincuenta años vive de la profesión y explica que para sobrevivir tuvo que hacer cosas muy diversas en el campo teatral: “Di clases, hice asistencia de dirección cuando era más joven, hice música para espectáculos, armé escenografías, confeccioné vestuarios, escribí y dirigí mis propias obras, dirigí las de otros”. También cuenta lo difícil que es presentar proyectos en teatros oficiales: “En mi caso personal, en el Teatro San Martín hace años no me reciben propuestas, creo que saben mi ideología política, entonces ni se molestan en recibir materiales o responderme. Yo no tengo nada que ocultar. En el Teatro Cervantes fui bien atendido pero supongo que también debo estar vedado por el director o por el secretario de Cultura, pero esto es más personal”.

El director recuerda que antes de Mil80 tuvo otro espacio llamado Pequeño Rex y –al igual que el Gran Rex– quedaba sobre calle Corrientes, aunque a 50 cuadras. Era una sala para 20 espectadores. “Yo trabajo mucho sobre el espacio escénico. Tengo orígenes en la música y en las artes plásticas –aclara–, así que siempre me preocupó el predominio que la literatura dramática tenía sobre las obras”. Junto a otros colegas pusieron el foco en el relato físico y el trabajo con la imagen; así surgió el experimento titulado Ritual de comediantes, una pieza de cámara con la que llegaron a hacer cinco funciones por día. “El espíritu siempre fue el de la experimentación, nosotros trabajábamos la gramática de la imagen”, explica.

A Margulis siempre le interesó tener su propio espacio para alimentar esa búsqueda artística. Hace ocho años decidió vender su casa y comprar un PH: “Ahí tenía mi departamento, muy pequeño y modesto, y una sala teatral con capacidad para 40 espectadores, donde el espacio estaba aprovechado al máximo. El último espectáculo que hice fue para 33 espectadores: con eso quiero decir que en Mil80 siempre se priorizó la calidad de los espectáculos y no la venta de tickets. Ese era para mí el sentido mayor del proyecto”.

–¿Por qué razón se hizo insostenible el espacio?

Javier Margulis: –En los últimos años, sobre todo con el actual gobierno, se hizo muy difícil. Al principio hubo una fuerte quita de subsidios; ahora están dando algunos pero son montos muy bajos. El Instituto Nacional del Teatro (INT) da $2.000.000 pero en el último recibo de luz pagué $250.000 entonces no alcanza para mucho. Proteatro dio $5.500.000 pero hay que pensar que los gastos de un teatro superan esa suma y la posibilidad de recuperar algo es mínima porque para recibir ese subsidio vos podés quedarte con el 30% de lo recaudado una vez que se descuentan los impuestos (ARGENTORES, SADAIC, etc). Ese 30% debería alcanzar para pagar los salarios de empleados de la sala, iluminador, boletero, limpieza y otros gastos como agua o gas. Siempre fue costoso, siempre sacrifiqué mucho y me las arreglaba. Nunca voy a saber cómo hice para vivir del teatro, criar dos hijos, pagar sus estudios y que hoy estén trabajando. Es magia. Yo trabajé muchísimo y no me dio ningún pudor hacer cualquiera de los trabajos que se requerían. Amo el teatro y creo que nací para eso.

El autor dice que el objetivo principal en su espacio siempre fue “hacer teatro de arte” y advierte que “no siempre el teatro independiente es un teatro de arte porque no siempre se trabaja artísticamente”. También expresa su preocupación ante las dificultades para juntarse y armar proyectos, y observa con cierta alarma una cartelera repleta de monólogos. “Ahora hay una crisis un poco mayor porque el público de teatro independiente es un público de clase media que es la clase media más golpeada: profesionales, docentes, maestros de música y artes, gente que le gusta el teatro y la lectura. El problema es que hoy no se pueden comprar libros ni entradas de teatro. El costo de vida te limita las posibilidades de acceso a determinados bienes culturales: el teatro es uno de ellos y comprendo que la gente tenga que dejarlo de lado cuando tiene que darle de comer a sus hijos o ayudar a un familiar jubilado”.

Por otra parte, muchos actores y actrices hoy participan en obras de teatro de Av. Corrientes porque la actividad cinematográfica está totalmente paralizada debido a las políticas del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) a cargo de Carlos Pirovano, quien hace poco compareció ante la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados y –al borde de la apología del delito– se pronunció a favor del trabajo infantil. Después de comparar las legislaciones en Uruguay (donde se permite a los niños filmar seis horas) y Argentina (la ley establece cuatro), expresó: “Si me das seis horas, filmo acá”. La Asociación Argentina de Actores dio una respuesta contundente a través de un comunicado.

Las entidades que nuclean a los trabajadores de la cultura son fundamentales para dar estos debates. Gonzalo Pérez, actual presidente de la Asociación Argentina de Teatros Independientes (ARTEI), aportó su voz para ofrecer su perspectiva del estado actual: “Es una situación crítica para las salas de teatro independientes y para la actividad teatral independiente en general, en consonancia con la situación económica. Es un sector que, como el teatro comercial, tiene mucha diversidad y lo que existe es una concentración de público en algunos títulos y algunas salas, pero en la generalidad hubo una disminución abrupta de público y de producciones”.

Pérez sostiene que es “cada vez es más complicado producir obras de teatro independiente” y dedicarles tiempo porque se trata de un circuito autogestivo que necesita personas que muchas veces tienen que sumar horas en otros trabajos. “En cuanto al público, el que antes podía ir a ver distintas obras de teatro varios fines de semana ya no puede; hoy como mucho puede elegir una obra al mes y a veces ni siquiera eso –señala–. Por esta razón disminuyó abruptamente la asistencia. A eso se suma la desatención del Estado para el fomento; el INT está en una situación crítica porque está absolutamente desfinanciado y eso provoca una parálisis, una gestión absolutamente cosmética que no ayuda para nada en este momento”.

Por otra parte, Pérez advierte el ataque más reciente al sector por parte del gobierno mileísta con la llamada Ley Hojarasca, que pretende derogar la Ley 14.800 que es la que declara de interés nacional a toda la actividad teatral: por un lado, sostiene el andamiaje de nuevas leyes de fomento y, por otro, resguarda de una posible demolición a las salas. “Gracias a esta Ley se han preservado teatros emblemáticos y es mentira que impida la adecuación de los edificios a nuevas ofertas culturales o que reduzca los incentivos a la instalación de nuevos teatros. La realidad histórica se contrapone con esa afirmación ya que la cantidad de teatros y la actividad teatral en general no han hecho más que crecer. La existencia de la ley 14.800 resguarda de la especulación inmobiliaria bienes culturales tan importantes como los teatros. El Estado debe propender a garantizar el derecho a la cultura y sus expresiones artísticas y la derogación propuesta se contrapone a esa obligación. La actividad teatral dejará de estar declarada de interés nacional siendo el Congreso Nacional responsable de ello”, apuntó ARTEI en un comunicado.

El teatro comercial, a su vez, atraviesa otro tipo de crisis. Margulis sostiene que “lo que convocaba antes eran las grandes estrellas que surgían de la televisión, pero ahora ya no existen, entonces el teatro de calle Corrientes no está llevando tanto público”. El alma máter de Mil80 asegura que “el teatro de calle Corrientes funciona mal, o al menos no como antes” y lo distingue de un “teatro semicomercial” como el que propone el Teatro Picadero de Sebastián Blutrach. “Ahí ya no necesitan productores que traigan obras porque las sacan del circuito independiente. De esta manera también desaparece la figura del productor y merma el público que puede asistir a determinadas obras”, explica.

El productor y empresario Carlos Rottemberg está por presentar su libro Pasen y lean (Editorial Losada), donde además de narrar sus memorias ligadas al campo teatral también se dedica a pensar algunas de estas cuestiones. Consultado por este diario, pasa un link con un texto que escribió hace un tiempo. Esto decía: “’El riesgo es la justificación moral del empresario’. Nunca me pude separar de ese concepto, escuchado en la televisión italiana en boca de un empresario local. Nuestra empresa –privada al 100%– nunca fue capitalista en el éxito para convertirse en socialista en los fracasos. Por eso me animo con alguna opinión sobre temas que hacen a la cultura y su relación con los entes que la regulan, tan observados en los últimos tiempos”.

En esos párrafos Rottemberg cuenta que sus primeros contactos con el teatro fueron en el San Martín, donde vio espectáculos solventados por el municipio. “Hace tiempo se objeta sobre recitales gratuitos sostenidos económicamente por distintos gobiernos. ¿Es correcto o no? Creo que la respuesta es compleja”, señala. Y más adelante, se pregunta: “¿Graciela Borges hubiese podido filmar todas sus películas por las cuales se la aplaude de pie sin los créditos del INCAA? ¿Sería la ciudad de Buenos Aires la de mayor cantidad de salas de teatro independiente del mundo sin el apoyo del INT? ¿Hubiese logrado el célebre Ástor Piazzolla componer varias de sus obras maestras sin aquel préstamo que recibió del FNA en sus principios?”. Para ser pragmático como empresario, en su empresa Rottemberg también debe corregir falencias, pero eso no lo impulsa a pensar en cerrar los teatros.

En un audio para Página/12, agrega: “Cuando en 1930 Leónidas Barletta fundó el Teatro del Pueblo le puso el término independiente porque estaba independizado de los empresarios y también del Estado. Hoy todo eso está cruzado porque el circuito que llamamos independiente tiene muchos costados que se cruzan con la actividad comercial por ejercicios económicos como clases, bares, restaurantes, presentaciones, eventos. Creo que muchos de ellos se convirtieron en comerciales, además del aporte del Estado. Hace dos años he bautizado lo que hacemos como industriales porque pertenecemos a las industrias culturales y también para separarlo de ese término que hoy es más complejo”.

Rottemberg también se pregunta por qué cambió la grilla del circuito llamado independiente: “Antes había un régimen de funciones más parecido al industrial. Cuando una obra tenía éxito se hacían varias funciones por semana. Eso tiene que ver con la sustentabilidad. Es menos arriesgado hacer muchas obras en un solo lugar, pero eso nunca te permite tener la libertad que tenían espectáculos como La cocinaBoda blancaLa lección de anatomía o, más recientemente, Terrenal. Eso tiene más riesgo, pero la ventaja es que si el espectáculo tiene público hay más opciones para solventar los fracasos que inevitablemente siempre vienen”.

Margulis, por su parte, habla de las grandes brechas económicas que se han generado a partir de las políticas de Milei, y advierte que “hubo una clase media muy afectada” pero también “otra clase media muy privilegiada que pudo viajar a Estados Unidos para ver el Mundial”. Mientras tanto, el teatro independiente está cobrando $25.000 o $30.000 las entradas. De la misma manera, “los funcionarios que se supone representan a todo el pueblo están cobrando sueldos de $12.000.000 mientras que un jubilado cobra $491.000. Esa distancia hace insostenible la vida del jubilado y es la misma que hace insostenible las salas de teatro independientes”. Sin embargo, un Margulis esperanzado afirma que “el teatro es un arte que va a permanecer, como decía Arlt, por prepotencia de trabajo”. Y agrega: “No hay nada mejor que asistir a una experiencia cultural: que tengan que cerrar salas de teatro o librerías es muy espantoso. Ya sabemos que quienes hoy nos representan desde el Estado quieren destruirnos. No es que no les importe; les sirve destruir la cultura”.

Laura Gómez/Página 12-Espectáculos

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