El teatro de luto: falleció Griselda Gambaro, figura excluyente de la dramaturgia argentina

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Figura excluyente de la dramaturgia argentina, Griselda Gambaro murió a los 98 años, dos meses después de su marido, Juan Carlos Distéfano, uno de los escultores más destacados del país. La autora era despedida ayer -hasta este mediodíaen Casa Malabia (Malabia 1662).

Gambaro emergió con aquel gran movimiento cultural de la década del 60. La publicación de El desatino concentró la atención sobre su nombre en aquel momento y se fue afirmando, desde la narrativa y especialmente en la dramaturgia, como una figura central. Afrontó el exilio en Barcelona y, a su retorno, participó en la gran movida de Teatro Abierto, donde autores, artistas y promotores culturales -a la par de desafiar a la dictadurainsinuaban lo que se venía en el país.

Desde su reinterpretación de los clásicos -podía pasar de Shakespeare a Ibsen con toda soltura y jerarquíapero en especial por su atención a la situación sociopolítica del país y su compromiso con distintas causas, su nombre se mantuvo siempre en primera fila.

Gambaro había nacido el 28 de julio de 1928 en Barracas. Venía de un hogar humilde: su padre (marino y pintor de brocha gorda), su madre y Griselda, con sus cuatro hermanos, vivían en La Boca.

Contó que “desde chica leía un poco a escondidas porque en mi casa no se estilaba. Creo que decidí escribir porque nunca tuve muchos talentos. Ni para cantar, ni para bailar, ni para pintar. Y la cultura no era para la gente con problemas de subsistencia, con muchos hijos. Así que los primeros libros los compró mi hermano. Luego fui muy frecuentadora de bibliotecas, así que leí lo que me caía en las manos. Pero desde que aprendí a leer ya sabía que quería escribir”.

En su juventud trabajó como secretaria en la editorial Espasa Calpe y en el club Independiente, mientras dejaba la literatura para sus momentos libres. “Mis padres, en el sentido de la escritura, ni me apoyaban ni me dejaban de apoyar, más bien me ignoraban. Me acuerdo de que alguien me dijo que una vez mi padre fue a comprar el diario y señaló mi foto: ‘Esta es mi hija’. Pero como era muy severo no me dijo nada”.

La publicación de su libro de narrativa Madrigal en ciudad, un conjunto de tres novelas breves en 1963, le deparó el Premio Fondo Nacional de las Artes y desde allí se instaló entre los personajes más relevantes de nuestra literatura. Dos años después, El desatino mereció el Premio Emecé y también estrenó su obra El matrimonio, dirigida por Oscar Barney Finn. Pero El desatino -que marcaba su ingreso en la escritura teatrales tuvo rodeada por los escándalos propios de la época.

“Supongo que algo tuvo que ver porque históricamente la subestimación de la mujer en el teatro argentino ha sido grande. Pero uno va viviendo sin analizar demasiado, es el día de hoy que tampoco analizo tanto las circunstancias. Podría decir que ingresé con mucha inocencia al campo de la dramaturgia, pensando en reunirme con los autores de mi generación, que hacían un teatro muy distinto. Pero yo había estrenado en el Instituto Di Tella y ellos eran autores de izquierda que lo veían como una institución snob. Hasta que la dictadura militar mostró que con distintos modos, tendencias, estábamos todos en lo mismo”, recordaría mucho después. “La criticaron muchísimo, fue muy fuerte. No me lo esperaba, porque con ingenuidad creí que lo escrito en un cuarto iba a ser comprendido por todos. También tuve gente que me apoyó”, señaló. Pero nada iba a detener la potencia de su obra.

La polémica abierta con aquel estreno siguió con sus obras siguientes, como Viaje de invierno, (1965), Las paredes (1966), Los siameses (1967) y El campo (1968). Y de comienzos de los 70 datan los estrenos de: Nada que ver. Sólo un aspecto (1971), Dar la vuelta (1972–73), Información para extranjeros (1973), Puesta en claro (1974), Sucede lo que pasa (1975).

Los años del terror

Casada desde 1955 con el escultor Juan Carlos Distéfano -referente ineludible- Gambaro tuvo que exiliarse durante la dictadura, radicándose en Barcelona hasta su retorno a comienzos de los 80. Por aquella época figuraba en las “listas negras” de la dictadura y, concretamente, su novela Ganarse la muerte fue prohibida por un decreto que firmaron Videla y su ministro del Interior, Albano Harguindeguy, argumentando que era una obra “contraria a la institución familiar y al orden social”.

La Malasangre (1981) fue una de sus obras más celebradas, ambientada en la época rosista pero con reminiscencias actuales. En la misma época surgieron Real Enviado (1980) y Del sol naciente (1984).

Pero lo más relevante, en aquella época del final de la dictadura y la vuelta de la democracia, fue su activa participación en Teatro Abierto, donde estrenó su obra Decir Sí. “Teatro Abierto era una idea de Osvaldo Dragún, quien junto a otros creadores y gente de teatro decidieron hacer una serie de veinte obras de veinte autores diferentes, representándose tres por día y donde intervinieron los mejores actores y directores, trabajando todos gratuitamente, como un modo de impugnar política y teatralmente la atomización que había implantado la dictadura militar respecto a la cultura. TA nos sirve para pulirnos y volver a unirnos en un momento en el que en la Argentina no conectaba con nadie”.

En el ciclo posterior, varias de las obras de Gambaro tienen como eje el tema de la dictadura: Antígona furiosa, de 1988, La casa sin sosiego, de 1991 y Atando cabos, también del mismo año. También en el 84, en el Cervantes y con la dirección de Alberto Ure, había reestrenado El campo, una obra de 1968 sobre un campo de concentración.

La primera mujer

Otro hito en su trayectoria fue la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires en 2005: por primera vez, el discurso de apertura estaba a cargo de una mujer. Y al año siguiente, la Sociedad General de Autores le concedió el Gran Premio de Honor de Argentores.

En 2010, con motivo de la Feria del Libro en Fráncfort, Alemania, y donde la Argentina era el invitado de honor, también Gambaro pronunció el discurso inaugural. Fue una de sus tantas distinciones, entre las cuales también están la de Ciudadana Ilustre de Buenos Aires y los premios Konex, el Honoris Causa en el IUNA, el Atahualpa del Cioppo en España.

Al ser distinguida como Ciudadana Ilustre por la Legislatura en 2017 afirmó: “No es como ciudadana ilustre que quisiera agradecer este honor, sino como una ciudadana común, atenta y preocupada por las soluciones que la ciudad necesita. Todos sabemos que Buenos Aires, tan hermosa en sus zonas privilegiadas, también es terrible en aquellas donde la pobreza, el abandono y la marginación son implacables y evidentes con sus niños en la calle, sus villas, sus habitantes sin techo, sus hospitales y escuelas con personal mal remunerado, y en deficientes condiciones edilicias. El pulso de esta ciudad late desparejo, en barrios donde las condiciones respectivas crean segmentaciones socialmente injustas y desafortunadas”.

En 2013 estrenó Querido Ibsen, soy Nora en el San Martín. Allí el gran dramaturgo noruego aparecía como personaje dentro de su propia obra. Cuando Nora Elmer apareció en escena por primera vez, en el año 1879, el mundo pensaba algo muy distinto de las mujeres.

Que la protagonista de Casa de muñecas (Henrik Ibsen) enfrentara a su marido y abandonara su hogar fue en ese momento una decisión revolucionaria. Cien años más tarde, Griselda Gambaro imaginó una Nora aún más desafiante: no solo deja a su marido, sino que además discute con el propio Ibsen.

En 2015 presentó El don, escrito especialmente para la interpretación de Cristina Banegas. El personaje de Márgara tiene, entonces, el don del vaticinio, pero, como el personaje mítico de Casandra, sufre una maldición: nadie le cree. “Creo que la obra puede ser en términos amplios desesperanzada, pero que hay, en última instancia, siempre la esperanza del otro. De la comprensión de compartir con el otro nuestras grandezas, miserias y necesidades. Todas las relaciones de los personajes tienen un significado último: la conexión con el otro”, explicó la autora.

Luis Vinker/Clarín

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