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Festival Mar del Plata: Argentina 1 – Alemania 0, por Rodolfo Weisskirch

Notable actuación de Sofía Gala Castiglione en el film dirigido por Mariano González.

La competencia internacional depara sorpresas continuas. En esta oportunidad una obra fallida proveniente de Alemania y una notable apuesta del cine nacional.

I was at home but… de la realizadora alemana Angela Shanelec propone ser una cruza entre Bresson y Ozu, pero no es una ni la otra.

Pretenciosa, existencialista a niveles absurdos y superficiales, con un sentido del humor snobista, es la historia de una mujer viudad con dos hijos. Uno de ellos, tiene una enfermedad en un pie y los docentes se debaten si debería seguir asistiendo a clase. Por otro lado, una pareja joven atraviesa una crisis conyugal. Paralelamente un grupo de alumnos del mismo colegio al que asisten los hijos de la protagonista ensayan Hamlet con ausencia completa de expresividad y emoción.

La Berlin que retrata Shanelec parece estar habitada por muertos en vida. Cuerpos que caminan, se expresan, bailan, pero nunca sonríen. La protagonista va experimentando diferentes estados de ánimo. La soledad la agobia y hace catarsis con quién puede: un director de cine o sus propios hijos. Los cambios de comportamiento son abruptos, las escenas aisladas. La realizadora narra episodios casi aislados, uno de otros. Sin cohesión. Es cierto que no intenta ser una narración clásica (aunque es bastante lineal), pero también es verdad que se trata de una propuesta que se compra o no. Pensada para no sentir empatía por ningún personaje, pero es tan contemplativa, distante y fría, que directamente no se siente nada. La metáfora con el reino animal es ridícula. Es un film pensado para expulsar al espectador de una diégesis tradicional, pero con tan poco criterio cinematográfico, tan poco estimulante visualmente, que su mirada irónica o sarcástica se pierde en sus altas pretensiones.

No hay componentes audiovisuales que justifiquen su incorporación a la Competencia Internacional, salvo una búsqueda personal por romper algunos paradigmas, pero en forma tan superficial que al final de la proyección queda una sensación de indiferencia absoluta por el producto en cuestión. Las actuaciones son demasiado desbordadas o demasiado lacónicas. Todo tan obvio e intencional que queda por preguntarse hasta que punto la directora odia a los personajes y a los espectadores.

Completamente del otro lado de la vereda está El cuidado de los otros. Una propuesta más clásica, pero sumamente atractiva. Segundo largometraje del actor Mariano González -que tiene un rol fundamental en el film- tiene a Sofía Gala Castiglione como protagonista absoluta. Como si fuese la antiheroína de una película de los hermanos Dardenne -y la cámara encima de ella es una clara referencia al cine de los hermanos belga- esta obra narra la historia de una joven que trabaja con su pareja en una fábrica de souvenirs de cerámica, y posteriormente como niñera.

Una sucesión de situaciones que no vale la pena revelar, derivan en un accidente casero y un niño en un hospital. La inteligencia de González para trabajar el punto de vista, el fuera de campo, la desesperación y la tensión de la protagonista es notable. Exaspera y se trasmite cada emoción al espectador. Un hecho cotidiano se convierte en una bola de nieve psicológica. La protagonista debe tomar decisiones difíciles, y ante cada conflicto, el espectador siente la presión que vive el personaje. González podría haber caído en discursos obvios y sobreexplicaciones, pero en cambio confía en la inteligencia del espectador para llenar los espacios en blanco, y el resultado final a nivel narrativo es impecable. Pero además también desde lo visual es admirable. El manejo de la cámara, el ritmo del montaje y sobretodo, la excelente actuación de Sofía Gala (¿será la mejor de su generación?) es lo que convierten a El cuidado de los otros en la mejor obra de la Competencia Internacional hasta el momento. Con ecos de Por tu culpa, de Anahí Berneri, pero con identidad propia, Mariano González construye una obra económica, pero a la vez que aprovecha cada recurso cinematográfico al máximo. Sin desbordes emocionales, sino empatía e ingenio narrativo.

A su vez, también la interpretación de González también es muy sólida. Una obra abierta, que da pie a numerosas reflexiones, y que apela, finalmente a la emoción, pero sin manipulación de sentimientos. Pura sobriedad cinematográfica.

Rodolfo Weisskirch/Enviado Especial de MG Radio

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