
Hasta hoy, 173 hombres corrieron los 100 metros, con cronometraje electrónico y en condiciones reglamentarias, en menos de 10 segundos. Pero el estadounidense Jim Hines, quien falleció este fin de semana a los 76 años, tiene una distinción inigualable: fue el primero en conseguirlo. Nadie podrá arrebatarle esa gloria. El velocista alcanzó la cumbre en los maravillosos Juegos Olimpicos de México 1968, donde ganó una de las carreras de 100 metros más apasionantes de la historia y también el relevo 4×100, para alejarse de las pistas cuando apenas tenía 22 años.
James Ray Hines había nacido el 10 de septiembre de 1946 en Dumas, Arkansas. Pero se crió en Oakland, donde su padre trabajaba en la construcción y su madre en una fábrica de conservas. Era el noveno entre los doce hijos
de ese matrimonio. Cuando Jim estudiaba en el Clymonds High School y jugaba béisbol, llamó la atención del entrenador de atletismo: en poco tiempo se convirtió en el más veloz atleta entre los alumnos secundarios de Estados Unidos. Así obtuvo su beca para los Tigers de la Texas Southern University, con sede en Houston, donde fue entrenado por otro grande como Bobby Morrow, un texano blanco que se consagró en los Juegos de Melbourne 1956 con tres medallas de oro: 100 y 200 metros, y el relevo corto.
A principios de la década del ‘60, bajar los 10 segundos en los 100 metros quedó a disposición de los mejores. El alemán Armin Hary fue el primero en “clavar” el registro de 10s0, el 21 de junio de 1960, en Zurich, para ratificar semanas después su jerarquía con el oro olímpico en Roma. Varios nombres siguieron su estela en esa década: un estadounidense (Bob Hayes, heredero del oro olímpico en Tokio 1964), un canadiense (Harry Jerome), un cubano (Enrique Figuerola), un sudafricano (Paul Nash, aunque su país estaba excluido de las competencias internacionales) y el venezolano Horacio Estéves, quien concretó esa hazaña en 1964, en Caracas.
Pero la temporada de 1968, con una nueva generación de superdotados estadounidenses, marcó una verdadera revolución en la especialidad. Pocas veces en la historia del atletismo (tal vez nunca) se pudo ofrecer semejante marco de calidad y competitividad en la prueba reina.
Hay que fijar como una fecha emblemática el 20 de junio en Sacramento, California, donde se disputó el Campeonato de Estados Unidos. En las eliminatorias, Hines, uno de los que había igualado la marca de 10s0 en la temporada anterior, avisaba que allí podría suceder algo grande, al correr en 9s8, aunque con viento a favor. En otra serie, dos hombres igualaron el récord de 10s0 dentro de los marcos reglamentarios: Charlie Greene y el francés Roger Bambuck.
Y llegó la primera semifinal, disputada a las 21.15 con un viento levemente favorable de 0,8 metro por segundo. Hines y el segundo, Ronnie Ray Smith, corrieron en 9 segundos y 9 décimas, atravesando así la histórica frontera de los 10 segundos. Los cuatro atletas que ocuparon los puestos siguientes marcaron 10s0, que no les sirvió siquiera como consuelo. Eran Mel Pender, Larry Questad, Kirk Clayton y Ernest Provost. Cinco minutos más tarde, Greene –el archirrival de Hines- igualó la flamante marca mundial de 9s9, dejando con una décima más al jamaiquino Lenox Miller y a Bambuck.
La final se disputó con viento a favor. El campeón fue Greene, en su octava victoria sobre Hines en ocho enfrentamientos. Ambos marcaron 10s0, dejando en 10s1 a Miller, Bambuck, Ronnie Ray Smith y Pender.
Si la famosa jornada de Jesse Owens en Ann Arbor en 1935 se recuerda como “el día de los récords” ( mejoró seis marcas mundiales en menos de dos horas), lo sucedido en Sacramento en 1968 se considera desde entonces como “la noche de la velocidad”.
Aquellas actuaciones provocaron euforia en el ambiente atlético de Estados Unidos ante las perspectivas olímpicas, mientras que la prensa europea las interpretó con escepticismo, cuestionando “permisividad” de jueces en las salidas y en el cronometraje manual.
Lo cierto es que la pista de Sacramento muy rápida –una carbonilla prensada-, un clima ideal y un ambiente competitivo generaron una de las noches más espectaculares que se recuerda en la velocidad mundial.
Durante las eliminatorias olímpicas de Estados Unidos (los famosos Trials), Hines y Greene se aseguraron su plaza para los Juegos de México, pero el otro hombre de los 9s9, Ronnie Ray Smith, fue superado por Mel Pender y sólo pudo concurrir para el relevo.
La altitud de la ciudad de México -2.248 metros sobre el nivel del mar- y la pista sintética auguraban nuevas hazañas para los sprinters.
La ronda inicial fue muy tranquila y Greene, con 10s0 y viento a favor, resultó el más rápido. Uno de los que consiguió atravesar la fase fue Andrés “Pelusa” Calonje, quien marcó 10s44 y quedó segundo en la novena serie. Esto le permitió participar en los cuartos de final, donde se topó nada menos que con Miller, Hines y Figueroa. El argentino llegó quinto con 10s3. Su conversión electrónica de 10s39 iba a permanecer un cuarto de siglo como récord nacional.
Hines ganó la primera semifial con 10s0, seguido por Bambuck y Jerome a una décima, con Pender cuarto en 10s2. Figuerola, quinto con el mismo tiempo, se quedó sin poder repetir su performance de Tokio, donde había sido subcampeón. En la otra semi, Greene y Miller marcaron 10s1, al igual que el cubano Pablo Montes. Y la revelación fue un atleta de Madagascar llamado Jean Ravelomanantsoa, que consiguió su pasaje a la final.
Por primera vez en la historia olímpica, todos los finalistas de 100 metros llanos eran negros. Hines partió bien, aunque no se destacaba por ese detalle técnico. Iba por el tercer andarivel, con Miller a su derecha y Montes a la izquierda. Y Hines conquistó la medalla de oro con 9 segundos y 9 décimas, lo que igualaba el récord del mundo concretado meses antes en Sacramento. El jamaiquino Lennox Miller fue subcampeón con 10s0, el mismo tiempo de Greene, quien se zambulló en la llegada para asegurarse el podio. Montes fue 4° con 10s1, la misma marca que Bambuck y Pender, el otro estadounidense, que ya tenía 31 años y había alcanzado la final de Tokio 1964.
Días después, los tres estadounidenses y Ronnie Ray Smith se unían para un imbatible relevo 4×100, con récord del mundo: 38s2 (manuales, luego convertidos a 38s24 electrónicos) El registro de 9s9 en la individual de los 100 metros iba a perder vigencia, ya que en los ‘70 se implementó definitivamente el cronometraje electrónico. Y se estableció como récord los 9s95 de Hines en esa carrera.
La calidad de esa marca se ratifica al recordar que estuvo intocable durante quince años, hasta que su compatriota Calvin Smith la mejoró en dos centésimas el 3 de julio de 1983 en Air Academy, cerca de Colorado Springs, en la altitud. Recién cuatro años más tarde un velocista mejoró ese registro en una ciudad a nivel del mar: Carl Lewis, con sus 9s87 en el Mundial de Roma. El “Hijo del viento” fue el grande de su época, no solo por sus récords sino por ser el primero en retener el título olímpico (Los Ángeles 84-Seúl 88), hazañas que superó en todo sentido otro fenómeno llamado Usain Bolt y sus 9s58. Pero esa es historia fresca.
Como tantos otros atletas de primera línea de su país, en un deporte que era absolutamente amateur, Hines se alejó enseguida para probar suerte en el fútbol americano. Tal vez quiso imitar a su predecesor en el oro olímpico, Bob Hayes, quien ganó un Super Bowl. Firmó con Miami Dolphins, pero su campaña fue breve y terminó fichando con Kansas City Chiefs. Se retiró pronto. Intentó un aislado regreso al atletismo en una incipiente liga profesional, en 1974, pero no insistió. Cuando el deporte era un recuerdo, aunque recibió todos los honores, incluyendo el ingreso al Hall de la Fama, creó una fundación con su nombre, dando protección a mujeres y chicos maltratados, y a las personas sin techo. Se fue Jim Hines, una leyenda del deporte mundial.
Luis Vinker/Clarín-Deportes
MG Radio 24 Villa Pueyrredón