En El Barro: se abren las puertas de La Quebrada. Habla Ana Garibaldi

En El Barro: se abren las puertas de La Quebrada. Habla Ana Garibaldi

Las puertas de la cárcel se vuelven a abrir. Pero nada es igual a San Onofre, la cárcel que durante cinco temporadas fue el mundo -áspero, violento, corrompido- de Marito, Diosito y toda la galería de personajes de El marginal. En la ampliación del universo carcelario de la serie que de los concursos del Incaa alcanzó penetración global gracias a Netflix, ahora llega el turno de La Quebrada, una prisión de mujeres en la que las brutales lógicas del encierro se replican pero con sensibilidad y hábitos diferentes. Nada es lo mismo en En el barro, el spin off de El marginal que el jueves 14 estrena la N roja, aunque todo parezca igual. Ahora les toca a ellas, mujeres violentadas, frágiles, duras, abusadas y encerradas las que protagonizan la opresión de la vida tras las rejas, en una trama tan honda como cruda y emocional.

Los Borges ya son historia, aunque la leyenda permanece tras los gruesos y oxidados barrotes del servicio penitenciario. La pesada fama de los hermanos que pasaron a mejor vida encuentra en Gladys Guerra (Ana Garibaldi), la viuda de Marito (Claudio Rissi), la continuidad de una dinastía delictiva que se impone pese a todo. El relato de En el barro comienza desde el traslado de Gladys al penal de La Quebrada, en un operativo que es interceptado por una banda para liberar a una de las detenidas, que hace caer al camión a un río. Casi sin proponérselo, con el agua al cuello, Gladys liberará de lo que parecía una muerte segura a (casi) todas sus compañeras, convirtiéndose por solidaridad humana e instinto de supervivencia ante una situación extrema en la líder de ese grupo de presas sin antecedentes en el mundo carcelario.

No les será nada fácil a Marina (Valentina Zenere), La gallega Vilches (Ana Rujas), Yael (Carolina Ramírez), Soledad (Camila Peralta) y Olga (Erika de Sautu Riestra) sobrevivir en La Quebrada, donde el poder del lugar se lo disputan la banda de “la zurda” (Lorena Vega) y la de María (Cecilia Rossetto). Todo avalado y controlado por “la Moranzón” (Rita Cortese), la directora de un penal que se muestra modélico por su “pabellón familiar” en la que las madres privadas de su libertad pueden criar a sus hijos pero que detrás de su fachada esconde toda clase de delitos. El robo de bebés y los abusos del doctor del penal (Marcelo Subiotto) son el punto más oscuro de una cárcel en la que la corrupción y las drogas conviven con una nueva práctica: el negocio de los videos pornográficos y la prostitución que funciona rejas adentro pero con licencia para el afuera.

“Nunca creí que la Borges iba a tener una serie basada en su propia vida”, afirma ante Página/12 Garibaldi, la actriz que interpreta a la viuda de Marito y que en esta temporada de la serie creada por Sebastián Ortega estará por primera vez privada de su libertad. Un personaje que estuvo en todas la temporadas de El marginal y que fue tomando espesura y desarrollo a medida que avanzaba la historia de los Borges en San Onofre, ocupando el rol de mujer y fuerza de choque y extorsión en el afuera de Marito y Diosito (Nicolás Furtado). Hasta ahora, cuando ella misma debe enfrentar en su propia piel y con sus propias herramientas la vida en el penal de La Quebrada, con el fantasma corrupto y amenazante de Sergio Antín (Gerardo Romano), que no la dejará en paz e intentará utilizarla para conseguir llegar al Ministerio de Seguridad en caso de que el gobernador (Juan Gil Navarro) sea elegido presidente de la Nación.

“Me resulta increíble -se sincera la actriz de largo recorrido en teatro- que un personaje para el que me convocaron en la primera temporada para realizar dos o tres escenas, y al que me pagaron como un “bolo”, hoy sea la protagonista de la continuidad de una serie tan exitosa como El marginal. También había estado en la segunda y tercera temporada, hasta que vino la pandemia y luego en me contrataron porque la Gladys empezó a tener un mayor desarrollo, con mucha más incidencia en la historia”.

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-¿Allí empezaste a creer en la posibilidad de que la Gladys sea el personaje a través del cual se expandiera el universo de El marginal?

-No, no. No me imaginaba nunca que El marginal iba a derivar en contar lo que sucede en una cárcel de mujeres. Mucho menos que la Gladys sea el puente entre ambas ficciones. Lo que sucedió es que cuando finalizó El marginal, en las redes se comenzó a comentar mucho la idea de que tal o cual personaje deberían tener su propia serie, para contar su vida, y siempre se hablaba del mío. Pero no más que eso. Pasó el tiempo y finalmente ese interés de la audiencia se concretó.

-¿En el barro va a contar una Gladys muy diferente a lo que los espectadores conocen? Ya no como compañera de Marito sino en su faceta más intima.

-Es una Gladys más. En realidad, es la misma Gladys, solo que está apagada por la situación, está expectante sobre lo que le va a pasar, porque está entrando a un penal por primera vez, aunque ella tiene importantes antecedentes delictivos. Y además con el peso de que no es una presa más para ese mundo. Los internos, los miembros del Servicio Penitenciario, la directora del penal, las chicas que están ahí presas y las jefas de los distintos pabellones saben quién es. Hasta les resulta raro verla “tranquila”. Todos están esperando de Gladys algo que al principio no muestra. Ella sabe que está ingresando a un terreno hostil. Aunque no estuvo presa sabe los códigos carcelarios, sabe que si no hay mucho policía dando vuelta, el área está liberada… Sabe que hay que oler muy bien el manejo del poder ahí adentro, más allá de los roles. Ella quiere pasar su condena lo más tranquila posible, cumplirla, para reencontrarse con su nieto.

-El problema es que el sistema no se lo va a permitir.

-No puede cumplir su deseo porque el sistema carcelario es brutal. Está en una cárcel en al que hay presiones y suceden cosas y tiene que posicionarse en algún lugar para justamente sobrevivir y poder llegar a su objetivo, que es salir lo más menos golpeada posible de la situación.

-Porque también es cierto que si bien es una ficción, el Servicio Penitenciario en la cárcel son comunidades cerradas que tienen sus propias lógicas y sus propios poderes. ¿Cómo jugó ese condicionamiento a la hora de componer al personaje?

-Mucho. Las situaciones anímicas se atraviesan de manera muy diferente si se está en libertad o tras las rejas. Por eso se la ve distinta a ella, justamente. Porque una cosa es manejarte en el afuera y otra adentro. Una cosa es liderar una banda de mujeres, que liderara y que mandara a robar o a secuestrar o mover merca en la vida cotidiana, y otra cosa es ser parte de un sistema cerrado como el de una cárcel. Incluso, teniendo poder o no. El lugar del encierro es la situación madre de la interpretación, pero también de todo. Existen cosas terribles, pero que te quiten la libertad debe ser de las peores cosas que puede atravesar un ser humano. Mucho más para alguien que estaba acostumbrada a zafar siempre, a arreglar, a continuar la joda… Gladys, además, cuenta con el extra de estar atravesando circunstancias muy jodidas, porque se le acaba de morir el marido, se le mató el cuñado y tiene que hacerse cargo de su nieto, al que no puede criar adentro. Por eso En el barro se ve algo que no se vio de Gladys, que estaba en ella, pero que estaba sin descubrir, tal vez hasta para ella misma. Ella, que era una mina de armas tomar y muy pizpireta, tiene que bajar el ego.

-Si bien las situaciones de violencia y oscuridad forman parte de En el barro, el hecho de que sea un penal de mujeres el que oficia de universo modifica el tono narrativo respecto de El marginal. ¿Cómo creés que influye esa feminidad en una cárcel?

-Hay una sensibilidad, una energía, que cambia absolutamente en una cárcel de mujeres. Hasta pareciera que nos hablamos “con más respeto” entre las internas. Hay luchas de poder, hay peleas violentas, pero incluso a la que tenés que boletear, a la piedra en el zapato ahí adentro, se le tiene cierto respeto.

-¿Por qué creés que sucede eso?

-En general, las mujeres que están presas no tienen tanta contención de sus familias. No digo a todas, pero en general a las mujeres presas se las visitan mucho menos que a los hombres. Las mujeres tenemos el mandato de de tener que ir a visitar a nuestro hombre a la cárcel y llevarle los puchos y comida y no cornearlos, pero no sucede lo mismo cuando la situación es a la inversa. Eso se visualiza en la serie, donde son todas mujeres a los que los hombres les dan la espalda. Incluso, algunos las extorsionan. Ni hablar las que tienen hijos de corta edad u condenas largas, ¿qué hacen? ¿Los crían adentro de la cárcel hasta los cinco años, que es la edad permitida, o no? Es un conflicto enorme. Que haya maternidades adentro de las cárceles, como en la ficción, cambia mucho el tono.

-En En el barro hay mucho amor genuino y doloroso, con delitos muy fuertes, como la venta de bebés.

-Están presentes las dos cosas. Así es el sistema, y lamentablemente pasan como las que muestra la serie en las cárceles. Sí, claro que pasa. ¿Te acordás de la hermana Marta Pelloni que la trasladaron de Catamarca a Corrientes? Llegó a Corrientes, se puso a trabajar y volvió a denunciar lo que pasaba. En Catamarca denunció otros cosas, pero en Corrientes hay estos delitos con menores y trata de personas, ¿qué hacemos? Sí, claro, el tráfico de niños existe… Desapareció Loan y nunca más se supo nada de él. Y deben haber un montón más que no nos enteramos. Eso pasa adentro de las cárceles. Y en La Quebrada hay montado un sistema armado entre el doctor del penal y la directora, que es una combinación letal para mujeres privadas de su libertad, vulnerables y sin posibilidades. Cuando se juntan la necesidad más urgente con la perversión del poder suceden las cosas más atroces.

-¿En el barro es mucho más que una simple serie de entretenimiento?

-Ojalá que la serie se vea como algo más que un entretenimiento, sería bueno. Yo siento que tuvo una gran responsabilidad y no solo por ser el hilo que por el por el que se van contando las otras historias. No sentí una presión extra a la hora de actuarlo, pero sí la idea de contar la vida en un penal fue un pensamiento que estuvo en mi cabeza todo el tiempo. No estamos hablando de extraterrestres. No, estamos haciendo algo que está basado en algo que que sucede. Espero que estemos a la altura de eso, de que nadie se sienta mal con respecto a lo que se ve. En el barro visibiliza la necesidad de las chicas que están en privadas de su libertad, de las chicas que están con sus bebés atravesando esa situación, de las que tienen que darlos en adopción o los dan porque necesitan mantener a toda una familia y alguien aprovecha esa vulnerabilidad. Se siente esa responsabilidad, pero no puedo hacer nada más que es actuarla.

Esa otra coyuntura

-¿Cómo estás viviendo la desfinanciación de parte del gobierno nacional del Instituto nacional de teatro y del Instituto nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa)? ¿Te preocupa el ataque sistemático a la cultura nacional?

-Estoy totalmente en desacuerdo con este gobierno, los detesto, estoy esperando a que terminen… Me da mucha bronca. Me produce algo muy feo. Me parece que están haciendo mierda el país, que va a quedar hecho mierda. Generan unos discursos de violencia que lo que hacen es garantizar que otros los puedan hacer. Cuando avalás ciertos discursos y persecuciones al colectivo LGTBIQ+, a los maestros, a los científicos del Conicet… es muy agobiante. Incluso, se ataca a los profesionales del Garrahan y a su funcionamiento. ¿Qué enemigo podés tener de ellos? O sea, es casi imposible de contestar. Y creo que la cultura no solamente entretiene. A una película, por ejemplo, le puede ir mejor o peor de público, pero puede ayudar a pensar, a reflexionar, o emocionarte, o hacerte sentir algo. Y eso es una movilización interna que no se puede percibir desde afuera, son procesos internos. Y para mí eso tiene una validez enorme. Que no es bajar línea, digitar un discurso único.

-En este contexto, Guillermo Francella expresó que no entiende cómo hay películas que son premiadas y criticó las opiniones políticas de los artistas.

-Sí, he escuchado a un actor muy famoso decir eso en un programa, como que no está de acuerdo producir películas que no tienen muchos espectadores. Eso es minimizar el laburo de los demás, me parece una falta de respeto, no lo puedo creer. Entonces, ¿qué hacemos con el teatro independiente que que lleva cincuenta, treinta personas por función? El Teatro Abierto, lo que hemos vivido, son cosas que no podemos saltearlas y seguir viva la “vida loca”. Hay que mirar más allá de cómo le va a uno. Todos nos formamos o en películas independientes o en cortos o en teatro independiente. El arte entretiene y te hace pensar. Deben pensar que somos todos K… Yo no tengo problema en decirlo, lo soy. Yo no soy tan famosa, pero pienso que es mejor expresar que estoy del lado opuesto a este gobierno.

Emanuel Respighi/Página 12-Espectáculos

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