
Manuel Vicent es quizá el mejor prosista español desde los tiempos, por ejemplo, de Josep Pla, que escribía en catalán. A lo largo de los años ha escrito novelas premiadas (como Pascua y naranjas o Son de Mar), Tranvía a la Malvarrosa y Ava en la noche, esta sobre Ava Gardner, y otros libros en los que ha dejado constancia de su pasión por el relato acerca de personajes insólitos, como la cantante española Concha Piquer.
Mucha obra suya, en forma de reportajes, entrevistas o artículos, jalonan de prestigio a El País. En este diario radica el origen de lo que es su último libro, Una historia particular (Alfaguara).
Es una autobiografía con país, es decir, una historia aguda, muchas veces melancólica y siempre irónica, de un país que, en sus primeros años, conoció (como diría su admirado Ernest Hemingway), “la angustia y el dolor” de la guerra y de la posguerra, y cuya juventud discurrió por la Malvarrosa, de Valencia.
No hay un momento del libro en el que él no sea el muchacho que lo protagoniza, primero, y en seguida el que en Madrid y por el mundo labró su leyenda como narrador de vidas. Buen conocedor de la Argentina y de Buenos Aires, se refiere aquí a este país en este tiempo, y aun antes. Y rastrea su memoria, como en Una historia particular, para explicar su país y su vida.
–¿Cómo tiene tanta memoria?
–Como otros tienen oído musical: es un don. No tengo memoria para datos, fechas y cosas concretas, pero sí para el contorno de un acontecimiento, de los alrededores. Tengo una gran memoria visual de todo lo que ha acontecido alrededor de un acontecimiento. No sé si es imaginación o es memoria, porque pasado el tiempo se entrecruzan y se amalgaman, pero la tengo.
–Sorprende lo tarde que aparece Madrid en el libro, tan potente en su biografía.
–Siempre he considerado Madrid como accesorio. A veces he dicho que vine aquí de excursión, no a quedarme; vine como a pasar un fin de semana. Un fin de semana que se ha alargado 60 años.
–Su máxima vocación parece que ha sido el escepticismo.
–O la empatía, el relativismo, la tentación de ver dos cosas distintas y contradictorias a la vez. Una de esas formas es la de ser empático. En una discusión no es que dé la razón, sino que me pongo en el lado contrario: qué pensaría yo si me hubiera pasado lo que mi contradictor me dice. Esa forma de ponerse de la otra parte te quita contundencia en los argumentos, pero no es que te dé todo igual, sino que lo ves todo relativo.
–¿Qué no soporta de la humanidad en este tiempo?
–La estupidez, el fanatismo, pero por otra parte comprendo por qué se es fanático: es un problema de capilares. Tenía un amigo neurocirujano que en las comidas presumía de operar de ideología: “Tumbo en la mesa del quirófano a Carrillo, le hago una pequeña trepanación, le toco un capilar, se lo doblo un pelín y al despertarse de la anestesia está cantando el Cara al sol (himno fascista). Y al revés, uno de extrema derecha salía cantando A las barricadas (himno revolucionario). Me molesta la ignorancia culpable, muy parecida al fanatismo. Si uno es ignorante porque no ha podido estudiar, vale, pero esa ignorancia culpable, lo de mantenerla y no enmendarla, me pone muy nervioso y ya no entro en la discusión.
–Ahora hay nombres propios a los que se podría aplicar ese antídoto. Milei, por ejemplo…
–Y todos los que al hacerse viejos se han pasado a la derecha. Verse viejo ante el espejo, no tolerarse, no creerse que eres viejo, ver que hay gente joven más brillante, más alta, más guapa, con más éxito, que diga cosas cargadas de razón y no quieras dársela, porque crees que no tiene derecho a suplantarte, provoca un cabreo casi biológico y el refugio es buscarse una garita desde donde disparar a mansalva contra todo lo que se mueva.
–Sobre todo en la última parte del libro habla mucho de la edad propia, ¿cómo la lleva?
–Fatal. La vejez es una larga humillación. Como decía Josep Pla, “Es un periodo largo de enfriamiento”. El viejo pasa frío porque la vejez es demasiado larga, ocupa casi un tercio de la vida, cuando antes uno moría relativamente joven.
–Se ha ido burlando de la palabra «patria». Como decía Neruda: «Patria, palabra horrible, como semáforo o ascensor”.
–Porque veía que los patriotas eran los más antipáticos, los que no tenían sentido del humor. Porque mantienen unas ideas tan férreas que no les permiten esa flexibilidad mental. Un patriota no tiene humor. Por eso, no soy patriota.
–¿Siempre ha tenido por dentro esa serenidad que muestra?
–No sé. Pero sí, doy esa sensación de serenidad, de que no me importa nada. He tenido amigos en distintos partidos, pero alguien dijo: “Es que Vicent nunca es de los nuestros”. Yo estaba siempre en la acera viendo cómo pasaba el cortejo, pero nunca entro.
–En un viaje a la Argentina encantaste a la gente, tanto que la librera Natu Poblet colocó tu foto en la puerta del baño de hombres.
–Soy doctor honoris causa por la Universidad de La Plata.
–¿Cómo ve la Argentina de hoy?
–La Argentina me parece una obra de arte del caos. ¿El caos puede ser arte? Pues sí: la Argentina. Primero, no es lo mismo la Argentina, todos los argentinos, que un argentino o una argentina, uno a uno. Son fascinantes. Me fascina la forma de autocomplacencia que tienen, la forma de hablarte en dos registros más arriba del tono intelectual, puede que un taxista de Buenos Aires sepa todas las obras de teatro que están en ese momento en cartel y que a la vez te diga exactamente el argumento de Lisístrata…
–¿Su experiencia con escritores le lleva a pensar que quizá no es oro todo lo que reluce?
–Por supuesto, lo que pasa es que cada uno tiene su camino. Lo decía Borges: “Todos caminamos al anonimato, lo que sucede es que los mediocres llegan un poco antes”. Hubo un momento en que escribir, sobre todo ser poeta, era casi una cosa sagrada. A partir del siglo XIX, y sobre todo a finales, la cosa cambia y pasa a ser una profesión normalmente burguesa, pero una profesión. Y hay escritores que todavía tienen ese vestigio de cuando esto de escribir era casi sagrado, y se creen que escribir es importantísimo. Este es un oficio que hay que hacer bien, pero es un trabajo como otro cualquiera.
–¿En qué caso estarían Bioy Casares, Borges o Sabato?
–Por Borges no habría dado nada porque era un tío que comiendo hacía bolitas con las migas de pan. Pues no, francamente
–García Márquez lo hacía también.
–Sin embargo, Bioy era otra cosa. El chico de la editorial que me llevó a verlo en Buenos Aires llevó consigo a una chica muy guapa y muy joven, porque según él Bioy se alegraría de verla. Me dijo: “No le hables ni de política ni de literatura, háblale de perros, de coches, de deporte, de tenis”. Y efectivamente fue delicioso el encuentro. Él tenía 83 años, murió al año siguiente. Estaba sentado porque se había roto la cadera subiendo a por un libro desde un taburete, pero estaba perfecto, como un inglés. Yo le pregunté: “Bioy, se dice que a cierta edad las mujeres te miran pero no te ven, ¿cuándo sintió esa sensación?” Y me contesta: “El año pasado”. Pero, sin embargo, la chica estaba feliz, mirándolo… Era un seductor. Igual que cuando vi a Alberto Moravia con una adolescente en París. Él estaba sentado como un sarmiento, cojo, con un garrote; ella parecía una serpiente que se enrollaba, lo besuqueaba y el tío seguía impertérrito. En esto se levanta, se va cojeando y la deja. Me dije: “Esto es un tío…”
Juan Cruz/Especial para Clarín
MG Radio 24 Villa Pueyrredón