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Arrancó la Competencia Argentina en el Festival de Mar del Plata

Adentro mío estoy bailando, de Leandro Koch y Paloma Schachmann, se proyectó el fin de semana.

Llega noviembre y, con él, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, cita obligatoria para una buena parte de los integrantes de la comunidad audiovisual argentina. Desplazado hacia principios del mes por el balotaje –lo mismo había ocurrido en 2022, esa vez por el Mundial de Qatar–, el evento costero presenta, durante sus diez días de proyeccionesmás de treinta largometrajes nacionales distribuidos en todas las secciones de su programación. Un tercio de ese total se concentra en la Competencia Argentina, que levantó oficialmente el telón el viernes con el doble programa integrado por Lagunas, de Federico Cardone, y Adentro mío estoy bailando, de Leandro Koch y Paloma Schachmann, mientras que durante el fin de semana se exhibió Alemania, de Eugenia Zanetti.

Liliana Bodoc es una referente ineludible de la literatura infantil nacional contemporánea, una autora que “hizo de la magia una realidad”, tal como se lee en el título de la nota que repasa su vida y obra, y que Página/12 público el 7 de febrero de 2018, un día después de su temprana y sorpresiva muerte, a los 59 años, a raíz de un infarto. Unos meses antes, la pluma detrás de La saga de los confines había viajado hasta la pequeña localidad puntana de Las Lagunas –un páramo en medio del desierto– para hablar con los chicos sobre cuentos. O, mejor dicho, para utilizar los cuentos como lo que son: llaves para para la reflexión, para pensarse a sí mismos, a su entorno y cómo relacionarle con él, para abrir discusiones que no por derivativas carezcan de profundidad y esa honestidad tan brutal como transparente que tienen las personas en su etapa escolar.

Dirigida por Federico Cardone, Lagunas ofrece un registro de aquel viaje geográfico, pero también espiritual, pues Bodoc navega con soltura en los sectores más recónditos de la identidad infantil. Identidades que están en plena construcción. Como si fuera una jefa de obra munida con un cuaderno y un bolígrafo en lugar de casco amarillo, Bodoc guía las charlas con soltura y naturalidad, tratando a los chicos como adultos en formación y no como tontos. A partir de esa visita, Cardone va edificando un film integrado por las múltiples ramificaciones que surgen durante el proceso introspectivo de los alumnos y de toda la comunidad, a quien le da voz para que despliegue su forma de pensar. Lagunas es, en parte, un documental sobre la escritora, pero también uno sobre las maneras de transmitir un legado y cómo allí conviven mitos y leyendas, los recuerdos que de tan brumosos orillan lo felizmente incomprobable.

En Lagunas anida el intento de descular cómo se construye un arraigo cultural, entendiendo “cultura” no como el equivalente a saber sobre pintura renacentista o quién es el artista que expone en un determinado museo sino como la sumatoria de elementos en común que vuelven a un grupo de personas parte de un mismo colectivo. Estrenada en la sección Encounters del último Festival de Berlín, Adentro mío estoy bailando comparte con la película de Cardone la misma inquietud, como demuestra una de las primeras frases que enuncia la voz en off femenina de quien se presenta como Satanás y lee en idishe fábulas del pasado judío: “Esta es la historia de un impostor, un tramposo cuyas mentiras tuvieron consecuencias catastróficas. Pero es también la historia de un pueblo que decidió olvidar su pasado, enterrar su cultura”.

La película protagonizada y dirigida por Leandro Koch y Paloma Schachmann –quienes hacen de sí mismos, o de versiones muy parecidas a ellos– propone varias tramas que avanzan a la par del viaje que comparten por el este de Europa. Hasta allí llegan luego de, en la etapa del relato más pura de ficción, se conozcan en un casamiento al que él va como camarógrafo y ella, como clarinetista de una banda de música klezmer, la misma que en el pasado se interpretaba entre las comunidades judías de aquella región como acompañamiento de festividades.

Leandro y Paloma pegan onda, ella le cuenta que cruzará el Atlántico para conocer a un músico estadounidense que estudia la historia de ese estilo y él, más interesado en la señorita que en cualquier otra cosa, le dice que qué casualidad, que justo está desarrollando un documental sobre el tema. Ese documental, desde ya, no existe, pero sirve como excusa (a él y a la película) para emprender una excursión cuya hoja de ruta va armándose sobre la marcha, a medida que las personas con quienes se cruzan vayan dándoles nuevas “pistas” sobre posibles entrevistados o lugares donde se mantiene viva esa tradición musical.

A lo largo de ese recorrido, Koch y Schachmann muestran las idas y vueltas de la relación entre ambos, las peripecias para filmar el supuesto documental y los materiales que van recogiendo en las distintas paradas que hacen en Austria, Rumania y Moldavia, entre otros países. Dado que las películas sobre realizaciones de películas se han vuelto, junto con las de relatos familiares, en una de las corrientes cinematográficas del momento, la faceta más interesante Adentro mío estoy bailando pasa por su capacidad para dejarse sorprender, para abrazar con la fuerza de un oso la valía de quienes, contando a cámara sus historias más íntimas, arman un rompecabezas con la forma de ariete para luchar contra el olvido.

Si Adentro mío estoy bailando está atravesada por el peso del legado, en Alemania la cuestión pasa por el futuro. Uno que, en el caso de Lola (Maite Aguilar), asoma venturoso, en tanto fue aceptada para un intercambio estudiantil en el país del título. Si bien no anda del todo bien en el colegio, lo suyo es una vida relativamente normal, con salidas a recitales, algunos escarceos románticos y discusiones con su madre (Mariel Ucedo). Pero las cosas no andan bien en casa: papá (Walter Jakob) está sin trabajo y su hermana mayor tiene una rebeldía que esconde graves problemas psicológicos, por lo que la posibilidad del intercambio parece escurrírsele de las manos. Salvo que ella busque alguna changuita como repartidora de volantes e intente correrse del lugar secundario que le toca en el esquema familiar. Ambientada en la década de 1990, la ópera prima de María Zanetti es de esas películas que se pega a su protagonista para acompañarla en sus actividades y registrar hasta el más mínimo detalle de sus movimientos. Movimientos pequeños que, como en todo relato madurativo adolescente (lo que en inglés se llama coming of age), están hilados por la nostalgia ante una etapa que se va y la incertidumbre ante la que vendrá.

Ezequiel Boetti/Desde Mar del Plata para Página 12-Espectáculos

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