
Es la primera vez que Marcelo Katz, director, autor e intérprete considerado un referente esencial del clown, crea un espectáculo basado en la técnica del bufón, ese personaje irreverente relacionado con la figura de las cortes medievales que ponía en palabras y en cuerpo lo que generalmente se ocultaba, revelando hipocresías de todo tipo. En Vaca Muerta, obra que escribió y dirige junto a Checho Castrillón -se presenta los sábados a las 19 h en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636)-, cinco actrices (Carolina Hardoy, Florencia Boasso, Luciana Maquez, Micaela Pane y Sandra Rojas) se sacan chispas encarnando una troupe de bufones.
Son criaturas deformes, desmesuradas, escatológicas que integran la Comisión Autárquica de Operaciones Vaca Muerta, designada por el presidente de la Nación para administrar el yacimiento patagónico de gas y petróleo. Cada una con una deformidad física distinta, un tono de voz particular, un tempo y una energía propios; son grotescas, monstruosas, cómicas. Junto a este zoológico humano, un único actor (Charly Arzulian) da vida a los interlocutores que los bufones tendrán a lo largo de su misión: el presidente, el gobernador de Neuquén, un militar, un empresario, entre otros. Lo hace en un tono muy distinto, más medido, expresamente naif por momentos, que también resulta gracioso.
Sin espoilear demasiado, vale decir que, como dolorosamente sucede en esas latitudes, el bien público es lo que menos importa a la comisión de funcionarios bufonescos que desconocen cualquier tipo de límite. También es la primera vez que Katz, un creador de obras ensoñadas y poéticas que tocan fibras profundas y a la vez divierten, volantea y se mete con un tema de actualidad.
Ya desde el título aparece un anclaje con la coyuntura, una literalidad que la puesta en escena y la trama conducen a zonas desbordadas al extremo. Nuevamente hace reír pero también genera otros estados y desliza ideas en un montaje en el que los personajes no llevan nombres propios contemporáneos pero sí cargos reconocibles. “Lo social me convoca desde hace mucho tiempo. La irracionalidad, la avaricia y ciertas formas que adopta el poder cuando pierde todo vínculo con el bien común me vienen interpelando desde hace años. Y me hacen morder los labios. Sin embargo, es la primera vez que llevo todo eso de manera tan directa al escenario. Hace años que doy entrenamientos de bufón. Trabajé muchos años en villas y barrios populares. Desde Espacio Aguirre, mi escuela y sala de teatro, sostenemos espectáculos para toda la familia que se presentan regularmente en zonas vulnerables. Pero nunca había hecho un montaje de bufón que pusiera el foco en ese universo”, cuenta el artista a Página/12.
Consultado sobre la elección de esa técnica en particular, cuenta que fue la naturaleza de los tiempos violentos que vivimos la que demandó otro lenguaje. “La realidad empezó a volverse tan desmesurada, tan absurda y tan antihumana, que necesité del bufón para dialogar con ella. Me interesa porque no denuncia desde un lugar moral. Se ríe, exagera, deforma. Lleva las cosas hasta un punto donde paradójicamente, la realidad empieza a verse con más claridad. Se ríe del poder pero también de sí mismo y de nosotros. No señala con el dedo: se mete en el barro. Vivimos un tiempo en el que muchas figuras del poder parecen haber incorporado rasgos que antes pertenecían a la caricatura: obscenidad, narcisismo extremo, crueldad, delirio, desborde, cinismo. Y sentí que la realidad empezó a adquirir rasgos bufonescos”, sostiene.
– ¿Cómo fue el proceso de creación?
-Le propuse a Checho Castrillón, un joven colega, que nos diéramos ocho encuentros para ver si encontrábamos un tema que realmente justificara hacer un espectáculo de bufón. En el primer encuentro ya estábamos sobre una pista que nos entusiasmó. Vaca Muerta apareció enseguida porque sintetiza algo muy argentino: esa expectativa casi mesiánica de que siempre habrá una persona, un recurso o un plan que finalmente nos va a salvar. Durante varios meses escribimos un texto que, por un lado, organizaba con precisión la acción, las jerarquías y la estructura dramática, y por otro dejaba espacios abiertos para que los bufones pudieran desplegar su juego. Entonces había que volver a estudiar el texto, volver a escribirlo y volver a ponerlo en juego. Es un proceso más trabajoso pero también mucho más fértil porque el espectáculo termina impregnándose de la inteligencia, el humor y la imaginación de los intérpretes. Después vino el trabajo con los demás lenguajes: la música, las coreografías, la escenografía, el vestuario, las animaciones, la luz. Mi intención es que cada uno tenga algo propio para decir, que esos lenguajes dialoguen entre sí y construyan una experiencia más rica que la suma de sus partes.
– Ya desde el título aparece la intención de encarar de forma directa, literal, el tema del extractivismo y del poder. Más allá del delirio y la hipérbole del bufón, todo queda expuesto. ¿Cómo ves esta decisión?
–El título promete un tema y la obra termina hablando de otro. Necesitaba un punto de apoyo muy concreto para que el espectador pudiera entrar en un universo que rápidamente se vuelve delirante. El título ancla al espectador en un territorio reconocible pero a partir de ahí todo empieza a deformarse. Me interesaba esa tensión entre algo concreto y un lenguaje que no busca representar la realidad sino exagerarla y llevarla hasta un límite donde ciertas verdades aparecen con más claridad. Además, Vaca Muerta hace tiempo dejó de ser solamente un yacimiento. Se convirtió en un símbolo: condensa discusiones sobre el modelo de país, el desarrollo, la riqueza, el extractivismo, la ilusión de que un recurso natural nos va a salvar y el manejo del poder. Es una obra sobre el poder, sobre la devastación ambiental, sobre la codicia, sobre la mirada cortoplacista y sobre la ilusión de un progreso que muchas veces termina hipotecando el futuro. En definitiva, habla de nosotros. Pienso que si no construimos una idea de país más sana, más empática y más federal, nada ni nadie va a resolver nuestros problemas. Vaca Muerta condensaba muy bien esa contradicción.
– Las animaciones que se proyectan y recrean los yacimientos y el entorno de la trama tienen una estética de dibujo animado con un sesgo infantil. ¿Por qué eligieron ese estilo?
– Queríamos alejarnos completamente del realismo. Estamos tan acostumbrados a ver imágenes de destrucción, contaminación o violencia que muchas veces dejan de afectarnos. El dibujo, la aparente ingenuidad y cierta estética infantil generan una distancia. Y, paradójicamente, esa distancia vuelve más potente lo que se está contando. Nos interesaba que convivieran una enorme inocencia visual y una enorme brutalidad. Ese contraste potencia tanto el humor como el horror. Ese universo de apariencia infantil creado por Gerson Moscoso dialoga con los bufones y potencia la sensación de estar frente a una fábula monstruosa.
-En una escena los bufones retoman frases que usaron, a modo de slogans, distintos gobiernos y no se salva ninguno. ¿Cuál es tu mirada sobre lo que como ciudadanos podemos hacer frente a este estado de cosas y cuál tu mirada sobre el arte?
–No creo que el arte tenga que dar respuestas. Sí creo que puede hacer algo muy valioso: devolver complejidad. Vivimos rodeados de discursos que simplifican todo, que nos empujan a elegir un bando de inmediato y a desconfiar del que piensa distinto. Sería muy tranquilizador pensar que el problema siempre son los otros. No me interesaba señalar un único culpable, sino mostrar que existen formas de ejercer el poder que atraviesan distintas épocas, gobiernos e incluso sectores de la sociedad. El teatro puede recuperar las preguntas, las contradicciones y los matices. Puede incomodar sin ofrecer un manual de instrucciones. La risa, para mí, no es una forma de escapar de la realidad. Es una forma de volver a mirarla. Si alguien sale del teatro riéndose y, al mismo tiempo, pensando un poco distinto, siento que el espectáculo ya hizo un buen trabajo. Como ciudadano, trato de involucrarme de maneras concretas. Desde hace años doy entrenamientos gratuitos de expresividad y empatía a organizaciones y personas que trabajan en causas sociales que me importan. Es una forma de poner mi oficio al servicio de algo que considero valioso.
Carolina Prieto/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón