
La Camerata Rosario regresa a Buenos Aires. El viernes 17 a las 21 la formación dirigida por Danisa Alesandroni ofrecerá su elogiado programa Las 8 Estaciones en el Auditorio Belgrano (Virrey Loreto 2348, CABA). Más allá del mero cruce cronológico, la propuesta de este ensamble independiente plantea un diálogo conceptual y estético profundo entre Las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi y las Estaciones Porteñas de Astor Piazzolla. Una invitación a escuchar obras entrañables, bien conocidas por el amplio público, y descubrir las inevitables simetrías y tensiones que habitan entre la Europa barroca del siglo XVIII y la Buenos Aires del siglo XX.
Para esta presentación la agrupación santafecina, una formación independiente creada en 2018, contará con la participación como solista invitado de Jeremías Sergiani-Velázquez, violinista argentino que desde 2021 se desempeña en las filas de la prestigiosa Metropolitan Opera Orchestra de Nueva York, actualmente bajo la tutela musical de Yannick Nézet-Séguin.
“La presencia de Jeremías Segiani-Velázquez como solista repercute de muchas maneras en nosotros”, asegura Danisa Alesandroni en diálogo con Página/12. “En principio es un gran honor y un privilegio hacer música junto a él, aprender de su capacidad musical y también humana. Por otra parte, tocar con un músico de la Metropolitan Opera nos estimula y nos lleva a subir nuestro nivel interpretativo al mismo tiempo que nos desafía para dar lo mejor, que es lo que buscamos constantemente dentro de la Camerata Rosario”, agrega la directora rosarina, actualmente radicada en Buenos Aires.
–Más allá de lo obvio, ¿qué puntos de contacto musicales o conceptuales descubrieron al trabajar este repertorio?
–Es notable ver de qué manera el tango nuevo de Piazzolla está influido por el período barroco. Antes de escribir sus Estaciones, él ya utilizaba herramientas como la fuga, el contrapunto, el uso de ornamentaciones y el claroscuro. Al poner ambas obras en espejo, esos elementos compositivos coinciden de manera natural, como si compartieran un mismo lienzo. Además, hay una ligazón conceptual: a ambas culturas las hermanan las emociones a flor de piel, el esfuerzo y la nostalgia. Piazzolla, como descendiente de italianos, volcó en su música rasgos identitarios que de algún modo ya habitaban la obra de Vivaldi.
-El programa ya recorrió varias ciudades del país y ahora regresan al Auditorio Belgrano. ¿Cómo evolucionó esta propuesta y qué les deja el feedback con distintos públicos?
–Hoy existen muy pocas orquestas que viajan por el país y eso nos obliga a redoblar nuestro compromiso federal. Atesoramos testimonios de personas que nos confiesan que es la primera vez que escuchan una orquesta en vivo, o que descubren que la música clásica no es elitista ni aburrida. En lo estrictamente musical, la propuesta evoluciona constantemente porque decidimos abordar el repertorio con diferentes solistas y cada uno aporta una mirada personal, lo que nos obliga a mantenernos versátiles y abiertos técnicamente. Cada concierto se vive con la frescura de una primera vez, pero con el respaldo de un repertorio sumamente madurado.
–¿Cómo abordás la tensión entre lo “porteño” y lo “clásico” en esta obra?
–Piazzolla fue un maestro tan riguroso que su propia escritura funciona como reguladora entre lo clásico y lo popular; no hay que olvidar su formación académica con Alberto Ginastera o Nadia Boulanger, combinada con el jazz de su infancia en Nueva York. Por eso, el riesgo de “folklorizarlo” es casi inexistente porque la obra está protegida desde su concepción. El verdadero desafío para nosotros es no “europeizarlo”. Al intercalar las piezas, debemos evitar homogeneizar el toque instrumental de Piazzolla con el de Vivaldi. Exige una concentración extrema sostener la articulación y la mugre propia del tango sin perder la rigurosidad técnica que demanda cada transición.
–En mayo estuviste en el Lincoln Center de Nueva York con el programa Emerging Conductors. ¿Cómo impactó esa experiencia en tu lectura de este repertorio?
–Dirigir en Nueva York fue un aprendizaje emocionante. Ensayábamos en inglés, con técnica en italiano, una obra austríaca (de Gustav Mahler), y yo al frente como directora argentina. Esa mixtura me demostró que cuando hay pasión no existen límites para la unión musical. Al charlar con los músicos norteamericanos e internacionales, me sorprendió que todos conocían a Piazzolla y destacaban la energía y emoción del tango. Volví comprendiendo que estos conciertos con la Camerata sensibilizan a tanta gente porque primero nos movilizan a nosotros como intérpretes. Tocar Piazzolla genera un canal directo que rompe cualquier frontera o bandera cultural.
–Sos una de las directoras jóvenes más activas de la escena independiente. ¿Qué desafíos específicos enfrenta una mujer al frente de una orquesta en nuestro país y cómo ves el panorama actual?
–El ámbito de la dirección orquestal está cambiando favorablemente; hay cada vez más mujeres al frente y, gracias a las pioneras que nos precedieron, el camino hoy está muy allanado. En lo personal nunca me sentí discriminada, aunque sé que quedan conductas por erradicar en el medio. Para mí, el desafío principal es recuperar y poner en valor los rasgos del liderazgo femenino. Las mujeres abordamos los ensayos de otra manera: aportamos una mayor sensibilidad, una atención más amplia y buscamos construir un sentido de comunidad dentro del organismo, logrando que cada músico se sienta parte vital de un todo.
–La Camerata Rosario nació autogestiva en 2018. ¿Cómo se sostiene artísticamente un proyecto independiente en el contexto cultural actual?
–Vamos haciendo camino al andar. En nuestros inicios el panorama local nos permitía integrarnos fuertemente a un circuito municipal en Rosario, tanto a través de ciclos estables como de subsidios públicos que impulsaban la actividad. Hoy la realidad nos exige equilibrar esa base con una autogestión agresiva para sostener los viajes y las producciones, apostando a la respuesta del público en cada sala.
Santiago Giordano/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón