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El Campeón está vivo: aplastó a Inglaterra en el ST y a la final con España

El Campeón está vivo: aplastó a Inglaterra en el ST y a la final con España

Sabrán disculpar Emanuel Ginóbili, Luis Scola y el resto de la Generación Dorada del básquet. También lo aceptaría Diego Armando Maradona, el barrilete cósmico que voló más alto que nadie en México 1986. Es posible que Mario Alberto Kempes y Daniel Alberto Passarella no digan ni mu. Mucho menos Luciana Aymar y Las Leonas multicampeonas. O los chicos de la Copa Davis, con Juan Martín Del Potro a la cabeza. La Scaloneta es el mejor equipo de la historia del deporte argentino. No hay manera de generar más emociones; es imposible hallar semejante aura. Lionel Andrés Messi no puede ser tan perfecto y Lionel Scaloni no puede acertar en cada uno de los cambios bajo presión. Los “no puede” seguirían hasta el infinito. Se podría hablar de la pegada de Enzo Fernández, del olfato goleador de Lautaro Martínez, de la garra de Cristian Romero, del altruismo de Julián Alvarez y más. Más, más y más. La Scaloneta está en una nueva final del mundo: le ganó 2-1 a Inglaterra tras ir perdiendo y ahora definirá la medalla de oro ante España el próximo domingo en Nueva Jersey.

Se cruzó de brazos Lionel Scaloni minutos después del festejo de Antony Gordon. La sensación, por lo visto en la primera etapa, era que el que hacía el primer gol ganaba. Eso sintieron la mayoría de los que estuvieron en Atlanta. Pero no el entrenador de Pujato. Por eso su calma. Es un faro el papá de la Scaloneta. Esa templanza del DT la vieron los argentinos en las tribunas y también los futbolistas dentro de la cancha. De pronto, la remontada era posible.

Y cambió Scaloni. Fue perfecto el ingreso de Nicolás González por Leandro Paredes para darle el eje a Enzo Fernández y a Alexis Mac Allister. Se refugió Inglaterra, le tuvo miedo al éxito. Tienen los ingleses bastante que aprender de la Scaloneta: lo primero y principal es creer para trascender. Lo analizarán ellos en Gran Bretaña. Saltaron a la cancha Rodrigo De Paul, Nicolás Otamendi, Gonzalo Montiel y Lautaro Martínez.

Todos la rompieron. Nada de achicarse por el escenario ni de ir a menos por entrar desde el banco. De esos gestos también se hacen los grandes equipos. Porque está claro que a ninguno le gusta empezar en el banco. Pero lo aceptan y tiran para adelante. Una postal: De Paul fue el ladero de Leo al momento de hacer la entrada en calor. Sí, tuvo la energía positiva de siempre.

Fue y fue Argentina, el equipo de la pasión y los pases cortos. Messi se corrió a la derecha y desbordó como si tuviera 20 años, aun frente a rivales de enorme potencia física. Dos palos le negaron el gol a Mac Allister, que se soltó y fue al área junto a Otamendi. Enzo probó un par de veces desde afuera y Pickford le ganó el duelo. Lo mismo ocurrió ante un cabezazo de Nico González. Hasta que llegó la explosión de Atlanta: Enzo la cruzó con furia para el 1-1. Festejó con un Topo Gigio el ex River; Messi le pidió a la gente que se levantara porque el triunfo estaba ahí. Y era verdad: la Pulga la pinchó de derecha y Lautaro, el delantero más injustamente suplente del planeta, cabeceó al gol.

Y la Scaloneta defendió con la pelota. Y con el apoyo de todo un pueblo con enormes ganas de vencer a Inglaterra. Messi dejó de lado su formación europea y apeló al potrero para ponerla debajo de la suela y generar varias faltas. De Paul se peleó con todos los que se le cruzaban, Julián se fue a jugar de lateral izquierdo para darle una mano a González y Lautaro las corrió a todas. Cuando no la agarró Dibu por el aire, la cabecearon Cuti y Ota. Un equipo de autor en su máxima expresión.

Fue merecido el triunfo porque la Scaloneta salió a jugar el partido como si fuese la última final de su vida. Lo primero que hizo fue meter. Después recién asomaría el fútbol. Y se hizo notar esa tensión de dientes apretados. En menos de tres minutos, Giuliano Simeone, Leandro Paredes y Enzo Fernández marcaron presencia con empujones a los ingleses. Además, todos se pusieron cara a cara con sus rivales. Hay que decirlo: exageró la bravuconada argentina en los instantes iniciales. Pero siempre estuvo dentro de la ley.

La inclusión de Giuliano Simeone por Rodrigo De Paul modificó también el punto de partida de Julián Alvarez. Argentina arrancó con un 4-5-1, con el cordobés volcado a la izquierda y con Messi como referencia de área. Ese movimiento le quitó peso ofensivo a la Selección, aunque sirvió para controlar las subidas de Reece James, un lateral de buena pegada y con pasado de volante central.

El punto de partida de Julián, se dijo, fue sobre la izquierda. Y sabemos que a Messi le gusta tirarse a la derecha para jugar. Ocurrió que en varios pasajes Leo fue a buscar la pelota al sector de Nahuel Molina y el cordobés le quedó demasiado lejos para filtrarle un pase a la espalda de los centrales. Apenas aparecía la alternativa de Giuliano Simeone en largo. El hijo del Cholo, la sorpresa entre los titulares, fue más productivo en defensa que en ataque.

El gol de Gordon en el complemento fue un mazazo. La despejó corta Tagliafico y a Nahuel Molina le comieron demasiado fácil la espalda. Hubo minutos de incertidumbre. Hasta que todos volvieron a mirar a Scaloni, que rápidamente entró en acción con las modificaciones. Enzo recién igualó a falta de cinco minutos. El vendaval estaba desatado. Por eso saltó más que nadie Lautaro para decirle que sí al centro exacto de Messi.

Que venga España, ahora. La tan postergada Finalíssima. Podrá pasar cualquier cosa, es fútbol. Pero la Scaloneta no dejará a pata a los argentinos porque es el mejor seleccionado de la historia de nuestro país.

Maximiliano Uría/Enviado Especial de Clarín

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