
Cuando Mariana Enriquez estuvo al frente del área de Letras en el Fondo Nacional de las Artes lanzó un concurso que generó polémica en el mundillo literario y una insólita repercusión en redes. La convocatoria privilegiaba el terror, el fantástico y la ciencia ficción. ¿Qué pasó desde entonces con estos géneros tantas veces ignorados o menospreciados? ¿En qué lugar quedó el realismo? Juan Mattio es uno de los principales referentes de la ciencia ficción en Argentina. A la hora de pensar este debate, prefiere diferenciar los temas de los procedimientos formales.
“Tolkien, por ejemplo, despliega un mundo de muchísima inventiva y prácticamente funda el fantasy, pero utiliza procedimientos que vienen del realismo del siglo XIX: cuando describe un elfo no usa una técnica muy distinta de la que usaría Tolstoi para describir el vestido de Anna Karenina –explica–. Durante los años 20 y 30 en Estados Unidos los géneros no miméticos tuvieron mucho desarrollo en términos de imaginación, pero muchas veces quedaron atrapados en las técnicas heredadas».
Mientras tanto, en el realismo ocurría un Big Bang: “James Joyce, Virginia Woolf, William Faulkner o Katherine Mansfield estaban arriesgando todo en términos de forma sin correrse de lo que podemos pensar como género realista. Hay un desarrollo desigual de las estéticas y las técnicas. Yo preferiría no solaparlas”. Cuando se le pregunta por la escena actual, Mattio dice que todo está “un poco mezclado”: hay autorxs que siguen trabajando con formas más o menos tradicionales dentro de los géneros no miméticos y otrxs llevan adelante una experimentación formal. Esa zona es la que más le interesa. “La apuesta formal está hoy en la literatura no mimética, pero no es algo definitivo ni viene de suyo con estos géneros. Es solo un momento”.
Borges, como de costumbre, es un caso anómalo. “Él arriesga muchísimo formalmente y, además, usa los géneros; es un doble outsider porque queda afuera del pulp –con el cual discute toda su vida– y del modernismo porque no va a la novela y su realismo es muy extraño», puntualiza el autor. En la última edición de la FED, Mattio charló con Michel Nieva y dijo: “No soy hincha de los géneros”. Hoy reafirma aquella advertencia y dice: “Si hoy aparece Joyce… vamos para allá”.
Su novela más reciente, La nación de los sueños diurnos (Caja Negra), empezó con una intención modesta. Estaba un poco cansado después de Materiales para una pesadilla (su novela anterior) y quería escribir una nouvelle. En sus procesos siempre se impone la necesidad de una estructura: “Si no tengo claro eso, me estanco. Esa parálisis se disuelve cuando encuentro la forma. Estaba leyendo Ciudades de la noche roja, de Burroughs, y encontré una serie de dislocaciones temporales que me interesaron. Quizás es medio soberbio decir esto pero pensé que tal vez no lo había llevado tan a fondo porque en algún momento la dimensión temporal se estabiliza. Me armé un Excel para tratar de pensar cómo se podrían distribuir las distintas temporalidades a lo largo de la novela, pero todavía no había escrito nada. En el principio fue el Excel», bromea.
Una de las líneas narrativas de La nación está protagonizada por un fotógrafo y un programador involucrados en la creación de una serie de videos sexuales elaborados sin consentimiento a partir del uso de IA. La idea de hiperstición de Nick Land dialoga con los hrönir imaginados por Borges en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y esas duplicaciones atentan contra la idea misma de realidad. También hay referencias a Echeverría, Lovecraft, Joyce, Crowley, Flusser y muchos otros.
La novela está construida a partir de la diversidad textual, un procedimiento característico en la obra de Mattio: expedientes judiciales, historias clínicas, decretos, informes policiales e interrogatorios conviven con monólogos, relatos, ensayos, diarios, mails y tiradas de tarot. El escritor explica que con Faulkner y Joyce aparece la idea de que “frente a una totalidad, la única forma de capturarla es a través de la perspectiva multifocal y lo fragmentario porque el narrador en tercera del siglo XIX ya no es suficiente”.
La realidad –cada vez más inasible– obliga a los artistas a complejizar la forma de sus obras. Mattio señala los problemas en torno al hermetismo elitista y la pregunta por quienes van a leer esos objetos culturales: “Ahí tengo una respuesta a partir de una idea de Martel que me gusta mucho: ella dice que en algún momento habrá más tiempo libre y que filma para ese momento. No hay que conformarse con las condiciones de recepción que tenemos en momentos de multiempleo y colapso anímico porque si no uno podría preguntarse para qué escribir o para qué filmar”.
¿Qué tienen en común Taylor Swift y William Faulkner? En la novela hay una idea interesante: “Taylor es brillante, construye una historia con distintos puntos de vista, como si estuviera infiltrando a Faulkner en el corazón del pop” (para swifties y curiosos la cita es de la página 421). Mattio dice que hoy es imprescindible estar atento a lo que sucede en la cultura popular porque hay muchísima producción de sentido. “La idea de un pop de formas simples y una alta cultura de formas complejas está bastante dañada. El pop no renuncia a la experimentación. La figura de Taylor es un regalo de mi hija Lola porque escuchamos música juntos y un día me contó el chisme de Folklore. Ahí pensé: ‘Esto es Faulkner’. No soy swiftie pero me gusta mucho el pop y fue increíble encontrarme con esa segunda capa».
–En tus novelas hay una concepción temporal amplia. ¿Cómo pensás el tiempo en relación a la novela?
–Es uno de los problemas que más me interesan porque tengo la sospecha de que hoy la novela como género está muy ligada al tiempo edípico, entonces los problemas de los que podría hacerse cargo son la familia, la herencia, el duelo, el matrimonio. Es una escala temporal que nos deja muy encerrados, no porque no se pueda contar nada desde ahí sino porque lentamente vamos perdiendo el registro de que estamos inscriptos en temporalidades mayores. Toda familia sucede en un tiempo histórico, todo tiempo histórico sucede en un tiempo geológico y todo tiempo geológico sucede en un tiempo cósmico. ¿Cómo hacer para narrar las cuatro temporalidades al mismo tiempo sin enloquecer?
Mattio define Black Mirror como “una ciencia ficción de los próximos quince minutos” y menciona algunos ejemplos inspiradores para expandir nuestra noción temporal: el horror cósmico de Lovecraft en Los mitos de Cthulhu, el Ekumen imaginado por Ursula Le Guin, el universo de Cordwainer Smith o la xenogénesis de Octavia Butler. Para Mattio el realismo capitalista achicó el campo de visión en términos temporales: “Podemos imaginar futuros donde suceden muchas cosas pero no otro tipo de relaciones sociales”.
Hace poco hubo una pequeña polémica a partir de un artículo publicado en Revista Panamá donde el sociólogo Pedro Yagüe sentenciaba: “Mattio está enamorado de la teoría”. El escritor Kike Ferrari (amigo de Mattio) escribió una respuesta en Revista Sonámbula, donde argumentaba: “Juano lee ficción acompañada de un aparato crítico. Y esa forma de leer, como dijimos alguna vez con Ricardo Romero, es lo que lo diferencia del resto de nosotros”.
Consultado sobre el lugar de la teoría en su producción, responde: “La teoría está ahí para demostrar la desesperación que nos produce un mundo que no entendemos. Ninguna de las citas explica lo que pasa en las novelas. Hay teoría para pensar algunos aspectos formales pero eso no está incluido”. Por otra parte, reflexiona sobre la relación entre literatura y experiencia, usualmente contrapuestas. “Martín Kohan se pregunta cuándo es que la lectura dejó de ser una experiencia. En mi caso, es una de las más importantes de mi vida porque me salvó de mí mismo y de otros. Leer no solo implica procesos mentales, también puede ser una experiencia sensual”.
Laura Gómez/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón