
“Al final de una jornada muy intensa, casi al límite del cansancio, pasó algo inesperado: con Gustavo (Beytelmann) nos pusimos a improvisar sin ningún plan previo. De ahí salió ‘El día que me quieras’, que grabamos en una sola toma. Esa experiencia fue muy reveladora, porque mostró que incluso dentro de un repertorio tan conocido todavía hay espacio para descubrir, para reinterpretar”, cuenta Juan Sebastián Delgado. El cellista mendocino, radicado en Canadá, lanzó Tangos imaginarios, un álbum que va de Gardel a Ástor Piazzolla con invitados como Pipi Piazzolla, Beytelmann, Philippe Cohen Solal (de Gotan Project), Marcelo Nisinman y Federico Díaz.
Al trabajo conjunto lo guió una premisa: la creatividad. “Ya sea un tango de Gardel, una sinfonía de Beethoven o una pieza de System of a Down, no hay una verdad única o definitiva en la música. Todo pasa por la interpretación, por la mirada, por lo que cada uno proyecta y transforma. En ese sentido, estos tangos son ‘imaginarios’ porque nacen de ese espacio: no buscan ser versiones definitivas sino abrir posibilidades, proponer otras lecturas”, plantea.
-Gardel y Piazzolla representan momentos muy distintos dentro del universo del tango. ¿Por qué te interesaba unirlos?
-Aunque representan momentos muy distintos dentro del tango, en el fondo responden a un mismo impulso creativo: la necesidad de ir más allá de los límites de una estética muy definida. Gardel condensa una tradición, una forma de interpretar que se volvió fundacional. Piazzolla toma ese mismo lenguaje y lo tensiona, lo expande, lo empuja hacia otros territorios. Ese contraste, esa distancia entre uno y otro, es justamente lo que me resultaba más fértil para trabajar. En mi caso, implicó tomar cierta distancia y permitirme intervenir el material: trabajar con arreglos propios y también con aportes de otros compositores, abrir espacios para la improvisación, explorar otras sonoridades, incluso desde lo electrónico, y, sobre todo, escuchar qué me pasa hoy con esta música. Más que pensar en un homenaje en términos tradicionales, me interesaba generar un diálogo vivo con ese legado.
-Sos cellista. Es un instrumento inusual para estar al frente en el ensamble de tango. ¿Se piensa distinto el género desde el cello?
-Sí, creo que hay una perspectiva particular, aunque también es importante recordar que el cello no es ajeno al tango. Ha estado presente desde hace mucho tiempo en las orquestas típicas. Sin embargo, históricamente su rol ha sido más bien secundario, no tanto como instrumento solista o al frente. En mi caso, mi visión parte directamente de mi relación con el cello. Es mi forma natural de escuchar, de pensar y de construir la música. También hay algo en la gestualidad del instrumento, en la manera de frasear, de articular, de sostener el sonido, que inevitablemente modifica la forma de interpretar el tango. Se trata de dejar que el propio instrumento sugiera nuevas formas de decir. Me interesa mucho entender de dónde viene el instrumento dentro del tango, pero también mantener una cabeza abierta respecto a hacia dónde puede ir. Esa tensión entre tradición y búsqueda es, en definitiva, lo que guía mi manera de trabajar.
-Vas de temas cruzados por la electrónica hasta un minimalismo de cello y marimba. ¿Cómo integrás todo eso en un álbum?
-Creo que, ante todo, fue un proceso que se dio de manera bastante orgánica. Pero también con la gran fortuna de trabajar con músicos muy importantes dentro del género, con quienes, desde un trabajo colectivo, fuimos dándole forma al disco y a su identidad estética. No fue una idea cerrada desde el inicio, sino algo que se fue construyendo en el hacer, en el intercambio y en la escucha. También, de alguna manera, volver a figuras como Gardel y Piazzolla ayuda a sostener una narrativa: dos maneras muy distintas de entender el género, pero unidas por esa necesidad de ir más allá. Esa idea es, de alguna forma, el hilo conductor del disco. También me gustaría pensar que se conecta con la recepción del disco, que tiene que haber algo de apertura en la escucha: me interesa pensar que el oyente puede dejarse sorprender y encontrar nuevos colores en el tango. La marimba, por ejemplo, puede tener una relación muy orgánica con el género así como en otro momento la tuvo el vibráfono. Y la incorporación de la electrónica también dialoga con una tradición de búsqueda y experimentación que está muy presente desde el año 2000 en adelante. De hecho, el propio Gardel tenía una fascinación por las nuevas tecnologías de su época, lo cual invita a pensar que esa curiosidad forma parte del ADN del tango.
-Entiendo que algunas de las sesiones de grabación estuvieron muy atravesadas por la improvisación. ¿Aparece un carácter más jazzero?
-La improvisación tuvo un rol muy importante en el proceso, y en ese sentido puede aparecer cierta cercanía con el jazz, pero creo que es importante hacer una distinción. La improvisación dentro del tango, históricamente, es mucho más sutil y está más delimitada: no se trata de tocar “cualquier cosa”, sino de moverse dentro de un lenguaje muy específico, con códigos bastante definidos. La improvisación nunca se aleja completamente del material original. Siempre parte de estructuras, ideas o gestos que ya están presentes en la composición, algo que también sucede en el jazz, y desde ahí se expande. En el caso de trabajar sobre la música de Piazzolla, eso fue particularmente interesante, porque su obra ya contiene una gran riqueza rítmica, armónica y formal que invita naturalmente a ese tipo de exploración. También hay una cuestión más conceptual: sin cierto margen de riesgo es muy difícil que algo realmente se transforme. Si uno piensa en figuras como Carlos Gardel o el propio Piazzolla, ambos asumieron riesgos muy grandes en su momento, y eso fue lo que permitió que el tango evolucionara. La improvisación, de hecho, siempre fue parte del tango, aunque no siempre se la ponga en primer plano. Negarla sería desconocer una dimensión importante de su historia.
Andrés Valenzuela/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón