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Hamlet, Continúe: actrices, actores y juristas en el escenario del Teatro Regio

Hamlet, Continúe: actrices, actores y juristas en el escenario del Teatro Regio

Un tribunal real, un grupo de juristas y una platea de espectadores convertidos en jurado popular para decidir si Hamlet –el mítico personaje creado por William Shakespeare– es culpable o inocente. La idea parece alocada pero este viernes se hizo realidad en el Teatro Regio (Córdoba 6056) durante una función especial dedicada al Indio Solari, quien fue ovacionado por toda la sala después de que los integrantes de Paraíso Club dedicaran unas palabras a su memoria. La aventura en cuestión se titula Hamlet, continúe, fue creada por el director catalán Roger Bernat y el dramaturgo suizo Yan Duyvendak, y llegó a la Argentina gracias a la producción de Paraíso Club en articulación con el Complejo Teatral de Buenos Aires. Este domingo fue la última función.

Los protocolos judiciales se vuelven procedimiento escénico y ahí reside la gran novedad porque, por lo general, el público no está habituado a presenciar un proceso judicial. Hamlet, continúe propone una experiencia del orden de la duración (desde el inicio de los testimonios hasta el fallo final transcurren alrededor de tres horas), una invitación valiosa en tiempos de fragmentación, cultura on demand, scrolleo compulsivo y ansiedad extrema.

Bernat y Duyvendak construyen un espacio escénico que replica un tribunal y allí intervienen actores y actrices pero también jueces, abogados, fiscales y peritos de la justicia argentina. Ese es otro acierto, porque el choque de cuerpos y discursividades tan diversas genera una tensión y, en esa tensión, se puede repensar el mismo género de la performance: ¿qué tipo de actuación aparece en los tribunales?, ¿qué tipo de alegatos aparecen en el teatro?

En la primera función porteña Graciana Peñafort fue la abogada defensora de Hamlet (con gran trayectoria y dominio de la escena brindó, quizás, la mejor performance entre los profesionales de la justicia), Manuel Garrido intervino como fiscal, Natalia Ohman ofició como jueza, Leonardo Ghioldi intervino en calidad de perito psiquiatra, Santiago Maffia como perito forense y Paula Garrido como secretaria judicial. Por otra parte, Julián Larquier interpretó a Hamlet, Bárbara Massó a Ofelia y Alejandra Flechner a Gertrudis, con pequeños condimentos cómicos que agilizaban las acciones por momentos tediosas. El tedio es una realidad pero es bienvenido porque forma parte de la experiencia.

En esta versión contemporánea –lo que se retoma del texto original es la cuarta escena del tercer acto, esa en la que el protagonista asesina a Polonio–, Hamlet es un chico marginal que vive en un barrio picante donde debe andar con los dientes apretados y un cuchillo en el bolsillo. La calle está llena de ratas y, justamente por eso, confunde a Polonio con un roedor y le atraviesa el esternón con su arma filosa. Todos esos elementos están destinados a habilitar la duda en torno al crimen, aunque el personaje principal está igual de perturbado que en el original (recuérdese que es un chico que ve fantasmas, charla con su padre muerto y decide vengar su muerte).

En esta experiencia cada espectador es un potencial jurado (al ingresar se reparten números que son sorteados justo antes de dirimir la culpabilidad o inocencia del acusado), cada función es única e irrepetible (como ocurre siempre en el teatro, aunque acá se aclara que no hay nada ensayado y que los profesionales del campo judicial rotan para evitar repeticiones) y cada desenlace es distinto. Este viernes Hamlet fue declarado culpable, pero el sábado o el domingo ese fallo puede cambiar.

A pesar de que Peñafort demostró un gran histrionismo y buen manejo del escenario, hacia el final de su alegato apeló a nociones claves de la democracia como el de Estado de derecho o el principio de inocencia que algunos de los presentes percibieron como un “golpe bajo” o un recurso de trazo grueso y tal vez pudo haber condicionado el debate que los integrantes del jurado mantuvieron durante unos veinte minutos en un cuartito, sin sonido. [Obran como fuente las charlas durante el receso en el hall del Regio].

Garrido, un personaje más solemne, tenía los hechos de su lado porque todo el público sabe que Hamlet efectivamente mató a Polonio; las explicaciones o justificaciones pueden estar en otras zonas de la tragedia shakesperiana sobre las que no se hizo énfasis. Sin embargo, más allá de los pormenores en términos de trama, lo más interesante es la reflexión que trae esta pieza desde su propuesta formal. En algún momento de la obra se leen las estadísticas del proyecto, que son algo así como un muestrario de lo mucho que puede variar la dramaturgia –escrita cada vez– en función de la idiosincrasia de cada cultura.

En los 204 juicios anteriores en 17 países Hamlet fue declarado inocente 111 veces. En Zurich, además, se le otorgaron compensaciones de 50.000 € y 80.000 € por el tiempo en prisión preventiva. En Melbourne no llegaron a un veredicto unánime y el juicio fue declarado nulo. Hamlet fue declarado culpable 92 veces: en 2 ocasiones en Milán fue absuelto de los cargos de homicidio involuntario o asesinato, pero condenado a 1 año de prisión por manipulación de la escena del crimen. En el resto fue condenado a penas que van de 8 meses a 15 años de prisión, aunque la mayoría de las veces fue condenado a penas que van de 5 a 10 años. En Hong Kong fue condenado a cadena perpetua.

Después del femicidio de Agostina Vega y la marcha del #3J es imposible no pensar en el rol actual de la justicia en Argentina, en el modo en que fortalece o debilita la democracia y los derechos humanos, en el papel que las instituciones tienen en la vida cotidiana de las personas; después de escuchar los testimonios de Ofelia, Gertrudis y Hamlet, los alegatos del fiscal y la defensa y las instrucciones de la jueza, el espectador debe ubicarse en un lugar necesariamente incómodo, porque el azar podría conducir a cualquiera a tener que definir la vida de otro ser humano.

En Hamlet, continúe queda expuesta la teatralidad de los protocolos judiciales pero también el peso de la idea de verdad, que circula todo el tiempo en el teatro. La obra echa luz sobre la brecha (o el abismo) que se abre entre el juicio social y el dictamen institucional, entre la realidad de los hechos y la construcción discursiva, entre la liturgia sin sentido y la verdad de una buena actuación. Eso genera un corrimiento y propone una suerte de revelación por cercanía: el mundo está construido de hechos –y eso es lo que se juzga– pero también de discursos. Ponerse un rato en la piel de quien debe juzgar a Hamlet (nada menos) puede producir morbo, responsabilidad o escalofríos.

Laura Gómez/Página 12-Espectáculos

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