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Libertad Doble, de Lisandro Alonso, en La Quincena de los Cineastas en Cannes

Libertad Doble, de Lisandro Alonso, en La Quincena de los Cineastas en Cannes

Hace exactamente un cuarto de siglo, un extraño objeto visual no identificado llegó al Festival de Cannes y abrió un camino impensado para el cine argentino, una película rodada casi sin recursos que formulaba una poética capaz de honrar a su título. Era La libertad, opera prima de un director muy joven y desconocido, llamado Lisandro Alonso. Ahora, 25 años después, el director de Los muertosJauja y Eureka vuelve a la Croisette con La libertad doble, una película en la que Alonso reencuentra a su protagonista de entonces -Misael Saavedra, un hachero solitario de La Pampa- en el mismo lugar, trabajando aislado en el medio del monte, como si lo hubiera dejado apenas ayer. Ese es el misterioso hechizo que tiene Double Freedom, el título con el que la película se presentó este fin de semana en la Quincena de los Cineastas, una sección paralela que este año tiene varios de los puntos más altos del festival.

En Cannes 2001, un crítico que escribió sobre aquel ovni definió a Misael como el “Maradona del hacha”, tal era la habilidad y la belleza con que Saavedra manejaba su instrumento de trabajo. Con un solo golpe cortaba una rama, con otro la marcaba y con un tercero le quitaba la corteza, mientras con el mango del hacha medía un tronco, siempre con rapidez y precisión. Hoy lo sigue haciendo, con 25 años más a cuestas. Es un trabajo duro, pero no parece haber casi esfuerzo en la tarea: todos los movimientos de Misael son económicos, seguros y naturales, como si hubiera nacido ya con ese conocimiento.

Así como cada acción, cada gesto de Misael parecía el único posible en relación con su trabajo, lo mismo sucede ahora con su continuación, La libertad dobleLa cámara da la impresión de estar ubicada siempre en el mejor lugar posible, ni muy lejos ni demasiado cerca, a una distancia exacta, siempre respetuosa y prudente, como para dar cuenta de esa vida sin invadirla. Pero el tiempo ha pasado –como lo sugiere un reloj pulsera que aparece después de años olvidado en el monte- y ni Misael ni Alonso son los mismos. Ahora el hachero no solamente ostenta un cuerpo más grueso que cuando tenía 20 años; también tiene que asumir una responsabilidad impensada para alguien acostumbrado a dormir a cielo abierto. En La libertad doble hay un esbozo de relato que no aparecía –ni parecía posible- en la primera película.

La mitad inicial del séptimo largometraje de Alonso es de una fidelidad tal al original que el primer diálogo se produce –como había sido entonces- recién a los 30 minutos, y es apenas un saludo ocasional. Los personajes de Alonso siempre son parcos y Misael es el primus inter pares. Pero sucede que alguien del pueblo lo convoca para que pase por el hospicio donde está internada su hermana desde hace años, con un cuadro severo de enfermedad mental. En tiempos de desfinanciamiento público y estigmatización como los que corren en la Argentina de hoy, no es difícil suponer qué pasará con su hermana (la actriz chilena Catalina Saavedra, sin parentesco con Misael) y quién tendrá que hacerse cargo, aunque no tenga los recursos para hacerlo.

La libertad doble ya no habla solamente de su protagonista, como lo hacía el film original. Por aislado que esté en el monte, hay una realidad más grande que también alcanza a Misael. Que es la misma realidad que afecta, además, al cine argentino en su conjunto. Y que una película como La libertad doble viene a conjurar: es el gesto de volver a empezar, como al comienzo, casi sin nada, para ir en busca, una vez más, de lo absoluto, de esa relación necesaria entre esencia y existencia que ya proponía La libertad.

La libertad doble no es el único punto fuerte de la Quinzaine des Cinéastes, una sección paralela al festival oficial y que, desde sus orígenes, allá por 1969, siempre se propuso abrirse a las escrituras más singulares del cine contemporáneo. Otro título muy fuerte de esta edición de la Quincena es Diario de una camarera, del rumano Radu Jude, nueva versión de la novela Journal d’une femme de chambre, que el francés Octave Mirbeau publicó hacia 1900 y que ya tiene, por lo menos, dos versiones previas de realizadores célebres, Jean Renoir y Luis Buñuel. Por eso el realizador de No esperes demasiado del fin del mundo prefiere hablar ahora de “una variación”.

El director rumano trasladó la obra de comienzos del siglo pasado, que retrataba la explotación de una criada llamada Célestine, a la lujosa ciudad de Burdeos en la actualidad: una familia burguesa, los Donnadieu (Vincent Macaigne y Mélanie Thierry), emplea a una trabajadora doméstica rumana, Gianina (Ana Dumitrașcu). Fiel a su obra previa, que incluye la provocadora Sexo desafortunado o porno loco (2021), Jude prioriza la farsa y la sátira social. Y como es su costumbre, en Diario de una camarera Jude no tiene contemplaciones para con nadie.

Bajo su mirada cáustica, fulminante, cae primero, por supuesto, la gran familia burguesa, arquetipo de una “izquierda caviar”, que siente como una causa humanitaria explotar a una inmigrante de Europa del este, a quien además de dejarle todo a su cargo –desde la comida y la limpieza hasta el cuidado del hijo del matrimonio y la madre accidentada del dueño de casa- pretenden extraerle opiniones políticas sobre temas y personajes que le son ajenos. Al fin y al cabo, Zelenski y Putin ni siquiera son rumanos y ella está allí en Burdeos para mandar plata a su aldea rural, donde su pequeña hija quedó al cuidado de la abuela y viven en medio de un atraso tal que parece que habitaran en continentes distintos.

A Jude le gusta jugar con contrastes, formatos y texturas y utiliza las videollamadas de Gianina a su hija por WhatsApp para que el brillo inherente a la imagen digital haga más deliberadamente grotesco todo aquello que se ve de Rumania. En cambio, las escenas en casa de la familia francesa están filmadas con cierto equilibrio cartesiano que, sin embargo, no tardará en desmoronarse. Hay un tercer nivel de registro y es el de los ensayos de Gianina en una compañía teatral integrada únicamente por inmigrantes (los Donnadieu, por supuesto, la inscribieron allí). Que la obra en cuestión sea justamente una versión de Diario de una camarera –en la que aparece algún guiño a la de Buñuel, con el fetichismo del patrón por los botines de la criada- le agrega otra capa de complejidad a la narración y la pone en abismo, como un espejo enfrentado a otro espejo. De esas riquezas está hecho el cine engañosamente simple de Radu Jude.

Luciano Monteagudo/Página 12-Espectáculos desde Cannnes

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