
“El Teatro Colón es uno de los más legendarios del mundo, con una acústica fenomenal y una gran historia. Siempre es un evento festivo ir a tocar allí. Amo al público, amo la ciudad. Son momentos muy preciados para mí”, dice el violinista Maxim Vengerov, uno de los músicos más extraordinarios de nuestro tiempo, que abrirá el Ciclo Aura junto con la pianista Polina Osetinskaya.
Señalado como el mejor intérprete de cuerdas vivo del mundo, Vengerov construyó una carrera que trasciende el virtuosismo técnico para convertirse en un verdadero puente cultural. Debutó en público a los cinco años y, desde entonces, llevó su violín a más de tres mil conciertos en escenarios de todos los continentes.
Para Vengerov, la música es un lenguaje universal capaz de conectar personas más allá de las fronteras políticas o geográficas, una filosofía que impregna tanto sus presentaciones como su trabajo pedagógico. En la mayoría de sus conciertos toca el legendario violín Stradivarius “Kreutzer” de 1727, su compañero desde 1998.
“El legendario violinista francés Kreutzer adquirió dos instrumentos, uno de los cuales me pertenece. Y un gran amigo mío me regaló después un estuche de violín en el que Kreutzer guardaba uno de sus dos Stradivarius”, cuenta.
Vengerov reivindica una tradición artística marcada por las escuelas franco-belga y rusa, con referentes como Fritz Kreisler, Eugène Ysaÿe, George Enescu, David Oistrakh y Jascha Heifetz. Pero no se limita al rol de solista: también desarrolló una prestigiosa carrera como director de orquesta y educador. “Quería tomarme un tiempo libre del violín -cuenta-, porque era importante para mí aprender otras cosas, como la dirección orquestal. Así que concentré toda mi energía y mis fuerzas en estudiar una profesión diferente. Quería aprender a dirigir orquestas con mucha dedicación, y por eso estudié durante siete años”.
Se tomó un descanso de tres años y medio para dedicarse totalmente a la dirección y luego, cuando regresó en 2011, tocó y dirigió en el mismo concierto: tocó el Concierto de Chaikovsky en la primera mitad y en la segunda dirigió la Sexta Sinfonía de Chaikovsky.
Reconoce a Daniel Barenboim como su mentor: “Trabajé muy cerca suyo durante 15 o 16 años, grabé varios CDs con él, como director y como pianista. Fue él quien me transformó en músico. Me acerqué a la música a través de su manera de percibirla como un gran arquitecto musical. Y cuando toca el piano, sus colores, es simplemente fenomenal. En junio actuaré con la legendaria Martha Argerich en Hamburgo, el ciclo completo de las diez sonatas de Beethoven. Y repetiremos este ciclo en el Carnegie Hall, en París y en el Festival Verbier. Tal vez algún día podamos llevarlo al Colón”.
El violinista define a Argerich como una fuerza de la naturaleza: “Es como un libro que nunca podés terminar de leer. Siempre te da sorpresas”, concluye. Desde sus 26 años, asumió la enseñanza como una responsabilidad: transmitir a las nuevas generaciones el conocimiento recibido de sus maestros. Su vínculo con la grabación también forma parte de esa obsesión por la excelencia.
-El programa que va a presentar es bien contrastante. ¿Cómo lo concibió y qué buscó al armarlo?
-Son tres obras que no tienen casi nada en común. Pero es precisamente por eso que crea una combinación tan interesante, porque hay un contraste tan grande.
-La Sonata para violín y piano en sol menor de Schubert es una pieza de salón. ¿Se adapta bien a grandes salas?
-Schubert nunca soñó que sus obras se tocarían ante grandes audiencias. Aunque es una obra de cámara pequeña, tiene drama y todos los grandes elementos de la música de cámara. Luego viene Schostakovich, con una obra con una historia particular.
-Recuérdela, por favor…
-Escribió su Segundo Concierto para violín para su amigo David Oistrakh, un violinista legendario, en su 60 aniversario. Pero se equivocó de año: en ese momento Oistrakh tenía 59. Cuando terminó de escribir, se dio cuenta de su error y de que debía componer otra cosa. ¡Gracias a Dios por ese error! Hoy tenemos la Sonata para violín y piano, op. 134, una de las mayores obras de la música de cámara del siglo XX para violín y piano.
-¿Cómo es aprender una obra nueva a esta altura?
-Siempre estudio y aprendo algo nuevo. Soy muy curioso. El repertorio del violín es inmenso. Y la dirección de orquesta le añadió otra dimensión a mi vida.
-¿Dirigir le cambio la manera de tocar el violín y hacer música?
-Sí, absolutamente. Se vuelve más íntimo y estás muy conectado con los músicos porque escuchás de forma diferente.
-¿Cómo ve el lugar de la música clásica en este mundo digital?
-Estamos en un periodo de transición. Veo a la IA como una puerta hacia la humanidad. Cuando no estemos obligados a trabajar todo el día, tendremos espacio para pensar qué queremos dar a la sociedad. La IA nos ayudará con enfermedades y el cuidado de ancianos, pero lo que se volverá preciado y raro será la conexión humana, la empatía y la transmisión de emociones. Ahí es donde entra la música. La música une a las personas. Por eso será más poderosa en el futuro que hoy.
-Tras tantos años en los escenarios, ¿qué lo sigue inspirando?
-Tres cosas. La primera, es la estética misma de tocar el violín: cuando toco me siento realizado, emocional y físicamente. Me conecta con mi identidad. Segundo, la conexión con la gente: gracias a la música he visto el mundo entero. De no ser por ella, seguiría en mi pequeño pueblo en Siberia. Y, por último, la música en sí misma: cuando toqué la Sonata por primera vez, me puse a llorar. Después de 47 años en el escenario, la música todavía me conmueve.
Laura Novoa/Especial para Clarín
MG Radio 24 Villa Pueyrredón