
El hecho de haberse hecho amigas muy temprano se presenta como inevitable. “Teníamos amigos en común y fue muy natural. También fue un poco por el contexto de donde venimos ambas y por entender algunas cosas que conllevan esos apellidos, esos padres tan monstruos”, dice Vera Spinetta sentada en el patio de Planta Inclán (Inclán 2661), el espacio donde los jueves a las 21 comparte escenario con Catalina Briski, en la obra de danza-teatro Antes muerta. Por lo que cuentan, resulta inevitable también que hayan terminado trabajando juntas por primera vez.
Recién terminó la función. Mientras Vera retira con paciencia el enésimo invisible que porta en la cabeza para un peinado que acompaña el maquillaje que ellas mismas se aplican -educadas por Adam Efron-, Catalina, directora de la obra, habla sobre el origen de la propuesta en la que ambas intérpretes devienen maniquíes. La idea le surgió en una clase de su taller “Danza rota”, que da en el Calibán, el teatro que maneja su padre. “Se la propuse a un estudiante y me pareció muy fascinante como premisa y muy escénica“, recuerda.
Con composición y música en vivo de Tomás Melillo y la participación de Roxana Dolinsky, Antes muerta es una obra técnicamente exigente con un equipo numeroso detrás en la que estos cuerpos sin origen, madre, memoria ni pasado van cobrando vida de a poco, en “una curva compleja en la que no pueden tomarse escalones grandes”. La atraviesa, como a otros trabajos de la directora -entre los últimos están PaCata y Los 7 gatos de una vida-, la temática de la identidad. Y tiene como referencias muchas películas en las que seres extraños tienen que insertarse forzosamente en el mundo, o en la normalidad: desde El joven manos de tijera hasta Poor Things, entre otras.
Briski enseguida pensó en su amiga de años para que la acompañara en escena. No fue sólo por su physique du rôle. Suma: “Quería trabajar con ella y con alguien que viniera más del cine, que tuviera un recorrido de ese primer plano recontra audiovisual. Somos mamás, eso me hizo traerla también. Veía en ella una gestualidad del absurdo que no sabía si había explorado tanto”.
Vera, que es muchas cosas –poeta, actriz y música-, estudió danza de pequeña, pero nunca había participado en un espectáculo de esta disciplina. Disfruta de transitar una obra que no tiene escenas sino que es una gran escena en sí misma, sin un sentido tan claro como ocurre en otros relatos a los que pone el cuerpo. “Era un re desafío y a la vez era buenísimo meterme en ese mundo del absurdo, de todo un poco más abierto, más físico, más del juego libre”, expresa.
Por estos momentos se encuentra, además, componiendo música -tiene un disco editado: Terso, de 2020- y regresó con No tiene un desgarrón -la obra en la que actúa con Julieta Cardinali, dirigidas por Rita Cortese- a la cartelera de Dumont 4040, los miércoles de abril. Además, escribió un libro de 14 capítulos y está planificando su publicación.
“No nos siento hijas de famosos sino de artistas, aunque no sé si ellos se llaman artistas siquiera. Tenían algo de subversivos y algo de eso es lo que llevamos dentro”, dice Catalina. Vera agrega: “Hay un lenguaje común; fue muy fácil nuestro vínculo siempre”. La idea de que las une “algo familiar” queda graficada en la imagen de sus hijos (Vera tiene dos, Eloísa y Azul; Catalina una, Jacinta) presenciando los ensayos de esta obra.
-Catalina, ¿por qué te interesó el universo del maniquí?
Catalina Briski: -Le dije a mi viejo “che, me metí con el mundo maniquí”. Y dijo: “el inicio de la robótica”. Algo de eso hay. Y siento que es de esas cosas que decís qué alejado está de la verdad, de los cuerpos reales. El maniquí es uno de los primeros encuentros en los que decís, “che, le queda re bien y a mí no”. Esa tensión entre lo que somos y el maniquí me parece muy interesante de ver en el cuerpo. Fue esto, un documental de Donna Haraway, lo del ejercicio y mi frustración cuando alguien me dice “te queda bien eso”. La idea de que a los cuerpos largos y delgados les queda bien todo es una trampa horrorosa. Ni hablar del machismo. Y cuando nos metimos… las poses son rarísimas.
-Vera, ¿cómo fue experimentar con la danza?
Vera Spinetta: -De chiquita estudié, pero dejé de bailar, entonces ahora fue todo un proceso de investigación que hicimos desde junio. Estuvimos meses con cómo es la primera respiración del maniquí o cómo movía la mano por primera vez. ¿Cómo se construye ese cuerpo y cómo se desaprende todo lo que naturalizamos las personas? Es re complicado. La quietud total es re difícil. Después fuimos tomando decisiones: ya movieron la mano, flexionan las piernas… tenían que pasar un montón de otras cosas. Necesitábamos la movilidad y la voz.
-La idea de “cuerpos reales” entra en choque con los parámetros estéticos hegemónicos hoy. ¿Resuena este aspecto también en la presencia del maniquí?
V.S: –La belleza es movimiento, mutación, juego. El cuerpo vivo, que desea, en el caso de las mujeres si decidimos maternar, maternar con todo ese caos que genera en el cuerpo, en la psiquis, en la vida… eso es parte de ser una persona viviente, esa es la belleza. La quietud es un poco muerte, de pronto. Qué alivio poder vivir desde el disfrute y no desde la bajada de línea de lo que tiene que ser, cómo nos tenemos que mover, qué es lo que está bien decir. ¿Cómo romper con todas esas cosas en las que de repente estás re metido y no te diste cuenta? O quizá formás parte de un entorno que es re limitante y tenés que estar toda perfecta para que te llamen. Esto es todo lo opuesto. Es el disfrute, y el disfrute tiene imperfección y la imperfección es la belleza.
C.B.: -Y la contracara son las redes sociales, los filtros, la inteligencia artificial, la ficción con protagónicos a los que no se les corre el maquillaje, ahora lo del botox y y cosas que se ponen. Ir en contra de eso es moverse.
-¿Cómo es ser hijas de artistas o, parafraseando a Vera, de padres tan monstruos?
C.B.: -Mi papá me me hizo leer a Deleuze a los 13. Era un libro larguísimo, no entendí nada (risas). Ahora estoy en un momento de abuelo. Todo se pone muy amoroso, se tiñe de ternura. Puedo ver a un señor muy sabio, vital, hermoso y valiente. Con Veri lo hablamos. No sabemos lo que es ser… a mi viejo lo tengo muy presente como un militante. Me acuerdo de un monólogo de Brazo Largo en contra de lo que está pasando ahora, pero en otro social-histórico, y verlo gritándole al perro “Bush, Bush”. Jugar en Calibán, en el Cervantes, mi vieja titiritera… tengo un montón de relatos. No me acuerdo de cuándo aprendí El apagón. El afecto a nuestros padres es hermoso pero cuando los vuelven dioses se pone difícil. La idealización total es rarísima. Puede que haber sido hijas de nos dé una relación incómoda con el fanatismo.
V.S.: -Sí, re incómoda. Yo tuve que trabajar un montón en buscar mi identidad, lo sentí un montón de tiempo pero lo asocio más a la música. Desde muy chica fue muy arrollador y hay un preconcepto de la gente sobre uno. Eso es lo más difícil porque ya en el “hola” están flasheando una peli que vos nunca sabés cuál es. No sé cómo hacer para complacer tu película ni contradecirla porque no tengo idea de en cuál estás. Pero estamos más grandes, somos madres, cambia el centro. Y vemos que los nenes están 50 minutos viendo cuando hacemos pasadas. Es la naturalidad. Sus madres hacen eso, entonces van y son parte.
-¿A vos qué te hicieron escuchar, Vera?
V.S: -Lo importante era lo que estaba prohibido en mi casa. Había muchas cosas que no se podían consumir porque eran malas para la salud. Me iba un poquito por la tangente, de repente escuchaba Britney y estaba todo bien. Pero rápidamente volvés a lo que te conmueve, lo que te genera y dice algo. El entretenimiento siempre estuvo muy separado en mi casa de lo que tiene un poquito más de profundidad.
María Daniela Yaccar/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón