
La adición de la juventud a las pantallas no es fruto de la casualidad sino el resultado de un gran negocio que busca actualmente nuevos clientes. Si el lector se sumerge en el negocio que hay detrás de estas adicciones, seguramente buscará preguntarse si los gigantes tecnológicos crean dispositivos diseñados específicamente para generar adictos. ¿Buscan estas empresas captar a los menores de manera específica? Más allá de datos a favor y en contra, la adicción a las pantallas de niños y adolescentes está en boca de todos los adultos: padres, madres, educadores y hasta analistas. El contacto casi ininterrumpido de niños y adolescentes con las pantallas genera trastornos de la comunicación y de la atención, dificultades de aprendizaje y de comprensión, provoca angustias y altera profundamente las relaciones familiares y sociales.
Apoyándose en el estudio de numerosos casos de todas las edades y medios sociales, la psicóloga francesa Sabine Duflo explica en Adictos a las pantallas (La Cebra Ediciones) los procesos que conducen a estos diferentes síntomas, comúnmente tratados como enfermedades aunque, en la mayoría de los casos, constituyen respuestas a un entorno en el cual lo digital ha remplazado a lo humano. Duflo propone un método adaptado a cada edad basado en recomendaciones sencillas para combatir la toxicidad de las pantallas.
En 2017, Duflo creó un grupo de profesionales de la infancia, el “CoSE”, cuya misión es informar sobre los riesgos que corren los niños sobreexpuestos a las pantallas. Desde su creación, este sitio web se ha convertido en un punto de referencia para muchos profesionales de la salud, que pueden encontrar guías de entrevistas, carteles de prevención y los últimos estudios sobre el tema. En 2018, se convirtió en miembro del comité de expertos para jóvenes de la ARCOM (autoridad francesa de regulación de la comunicación audiovisual y digital).
La vida tan ocupada de los padres hace que no se les preste tanta atención a los niños y, tal vez, por eso les hacen realizar muchas actividades, pero tienen poca vida familiar. ¿Cómo afecta esto a los niños y cómo incide en su adicción a las pantallas? ¿Es más difícil ser padres en esta era de la proliferación de nuevas tecnologías y redes sociales? “No creo que los padres hoy en día estén más ocupados de lo que lo estaban nuestros padres o nuestros abuelos, que disponían de menos vacaciones, jornadas de trabajo más extensas y menos tecnología que facilita el trabajo doméstico (lavarropas, lavavajillas, etc.) o los desplazamientos”, plantea la especialista en la entrevista con Página/12. “En cambio, nuestros padres y, sobre todo, nuestros abuelos no poseían pantallas nómadas (teléfonos, tabletas, computadoras portátiles) conectadas a internet y concebidas para engendrar dependencias. La tecnoferencia (la interferencia constante de los dispositivos tecnológicos en las relaciones humanas cotidianas) no existía y nuestros padres podían estar realmente presentes en los momentos compartidos en familia”, agrega Duflo.
-¿Deben reeducarse los comportamientos de los padres para que los niños puedan cambiar conductas nocivas?
-Señalamos fácilmente la dependencia de nuestros hijos a sus teléfonos pero olvidamos que es el resultado de nuestra propia dependencia de las pantallas. Pues bien, la dependencia de nuestros hijos se desarrolla por imitación y por falta de disponibilidad parental. A veces, solo basta con recordárselo para adoptar buenos comportamientos: apagar nuestras pantallas en los momentos familiares, no consultar las pantallas en presencia de nuestros hijos. Pero a veces eso no es suficiente. En particular, para algunos padres cuya dependencia de las pantallas se ha instalado de modo precoz, y que , a causa de ello, tienen habilidades relacionales bastante débiles. Estos padres a menudo presentan perfiles psicológicos de tipo “narcisista”; es decir, fundamentalmente centrados en sí mismos y en la búsqueda constante de una aprobación social que encuentran fácilmente en las redes sociales. Por esto les resulta difícil volverse “buenos padres”.
-¿Qué efectos provoca la manera compulsiva en que los niños juegan con las pantallas? Usted hace una diferenciación por edades.
-Los videojuegos gratuitos en línea multijugador como Fortnite o Brawlstars engendran adicciones comportamentales severas ya que extraen su modelo del de los casinos: todos ellos incorporan mecanismos de recompensa aleatoria. Las adicciones conductuales producen efectos idénticos a los de las drogas con sustancias: imposibilidad para el niño o adolescente de apartarse del juego en el que está inmerso, búsqueda incesante y por todos los medios de encontrar la posibilidad de jugar cuando está privado de ella, reacciones de cólera extrema, agresividad verbal -y a menudo física- ante la “privación” del juego, incapacidad para atender sus necesidades fundamentales (comer, dormir, moverse) por una dedicación ininterrumpida al juego.
-¿Cómo influye el hecho de que los niños actuales prácticamente no tienen juegos físicos?
-La confianza en sí mismo, la conciencia de su fuerza o debilidad física, de sus habilidades físicas, se desarrollan a la par de las actividades físicas en las que el cuerpo se implica: caminar, correr, pedalear, nadar, bailar, luchar… La actividad física es beneficiosa. Un número importante de metaanálisis y de revisiones sistemáticas lo demuestran. Desde el momento en que los adolescentes pasan en promedio de seis a ocho horas por día sentados ante una pantalla, ya no les queda tiempo para practicar una actividad física. En terapia, las primeras actividades que suelo prescribirles a adolescentes que pasan quince horas por día delante de una pantalla, que tienen sobrepeso y han perdido todo el tono muscular, son tareas domésticas: acompañar a sus padres al supermercado para ayudarlos a cargar las compras, pasar la aspiradora en la casa o cortar el pasto constituyen literalmente las primeras etapas de una recuperación de esos adolescentes. El retorno a una actividad deportiva regular tras pasar semanas o meses sentados en una silla suele ser, además, muy decepcionante para ellos: dificultad para respirar, pérdida de resistencia y del conjunto de las capacidades físicas que habían conseguido anteriormente.
-¿Qué pasa cuando los adolescentes solo pueden encontrar respuestas en relaciones virtuales?
-No sé si los adolescentes buscan respuestas en las relaciones virtuales. Sé, en cambio, que buscan en las relaciones virtuales lo que sus padres o abuelos buscaban en las relaciones reales: la amistad, el reconocimiento social y, a menudo, el amor. Internet es el lugar donde se encuentran y forjan las amistades, y con frecuencia los amores. Por qué no, puesto que se pueden anudar ahí relaciones mucho más numerosas y variadas, con personas que comparten las mismas pasiones y los mismos intereses, allí donde antes nuestra localización geográfica limitaba la posibilidad de encontrarnos. Internet ha roto los límites espaciales. Es fantástico poder conversar con un colega que vive en Dubai, la Argentina o Japón. Sin embargo, la amistad, el amor, necesitan vivirse en un tiempo y una experiencia compartida para dar una satisfacción real. No obstante, los adolescentes lo ignoran. ¿Qué significa el amor si no se puede tocar al otro o abrazarse? ¿O la amistad, si se reduce a intercambios “por videollamada”, y no a partir de experiencias compartidas y vividas? He atendido a adolescentes que afirmaban estar en pareja, tener “una sexualidad”, cuando todo ocurría a través de la red. Eso les parecía más fácil que las relaciones “presenciales”. Les parecía vergonzoso flirtear con un muchacho de verdad, pero no les incomodaba filmarse desnudas y realizar a través de la webcam lo que les pedía un joven al que nunca habían conocido. Esos adolescentes, que aseguraban tener una relación amorosa, sin embargo, no estaban bien: sus escarificaciones, sus pensamientos oscuros, sus sentimientos de malestar lo demostraban. No obstante, cuando terminaban con esas relaciones virtuales y forjaban relaciones reales de amistad o amor, todo mejoraba. Las relaciones puramente digitales reducen la espacialidad, la corporalidad y la temporalidad compartida. Hay muchos intercambios pero poca existencia compartida. Las relaciones no se convierten en compromisos vividos en el mundo real.
-¿El avance de la tecnología y el mundo digital hace que los niños no elaboren las fantasías sexuales que deben poner a prueba en la adolescencia?
-Los niños entran muy temprano en la sexualidad mediante el acceso fácil al porno y a los videos hipersexualizados, mientras que ni su cuerpo ni su mente están preparados para ello. Esta entrada es precoz, brutal y a menudo traumatizante, y provoca sentimientos encontrados de disgusto, atracción y miedo que pueden conducir en lo sucesivo a la búsqueda compulsiva de ese tipo de contenido. El porno impone tramas “tipo”, a menudo cargadas de violencia, ya que la gratuidad conlleva una escalada en la puesta en escena de los contenidos. Las y los adolescentes que se han expuesto regularmente a este tipo de video interiorizan estas escenas y las normalizan, reproducen relaciones de dominante/dominada, y viven entonces una sexualidad condicionada.
-Según el informe de Unicef y Unesco, el promedio de edad en que un niño accede a un teléfono móvil es entre los 9 y 11 años en la Argentina. ¿Cuál es su opinión?
-Son las mismas cifras en Francia, a pesar del trabajo de prevención y de alerta llevados adelante por asociaciones sin conflictos de intereses, como el “CoSE”. Ahora bien, mientras más precoz es el acceso al teléfono móvil, mayores son los riesgos para la salud y el comportamiento: baja de los resultados escolares, riesgos crecientes de ciberacoso, perturbación del proceso de socialización, disminución del tiempo de sueño, del tiempo compartido en familia y de las actividades físicas, etc.
-España anunció hace unas semanas la prohibición de las redes sociales para menores de 16 años. ¿Sirve la prohibición o estimula más el uso de las pantallas?
-Esta ley también fue aprobada por el senado francés el pasado 26 de enero. Pero, ¿cuál es el valor de una ley que no se puede aplicar? Las redes sociales que utilizan los adolescentes son chinas y estadounidenses… No tenemos ningún poder sobre ellas. Las decisiones tanto en Francia como en España están sujetas a la DSA (Digital Services Act), uno de cuyos objetivos es proteger a los usuarios en línea al ejercer presión sobre esas plataformas con el objetivo de que implementen verificaciones de edad eficaces. Pero el interés de estas plataformas gratuitas va en sentido inverso: se trata de captar lo más temprano posible al usuario con el propósito de fidelizarlo. Junto al colectivo Attention, del que el CoSE forma parte, abogamos por una medida eficaz: la prohibición de poseer un smartphone antes de los 15 años y, por lo tanto, la prohibición de vender un smartphone a los menores de 15 años. Del mismo modo que está prohibida la compra de alcohol o de tabaco antes de los 18 años. Eso no impide que algunos adolescentes beban o fumen antes de esta edad, pero esta ley ha conseguido bajar el tabaquismo y el alcoholismo en Francia.
-¿Es aconsejable que los padres decidan por los hijos si tienen o no que tener redes sociales o usar el móvil?
-Si el Senado francés ha votado la prohibición de las redes sociales para los menores de 15 años y la prohibición de su uso en las escuelas y colegios secundarios, es gracias a la presión ejercida por los expertos en salud mental y educación frente a los lobbies de las empresas tecnológicas. Entonces sí, si los padres quieren ofrecer una adolescencia sana a sus hijos deben retrasar lo más posible el acceso a un teléfono conectado y elegir inscribirlos en establecimientos escolares que hagan respetar estas prohibiciones. Igualmente, deben conversar con sus hijos para explicarles su posición y sobre todo dar el ejemplo.
-Cuando los adolescentes hablan entre ellos sostienen que sus padres usan el celular tanto tiempo como ellos. En base a lo que investigó, ¿se trata de adicciones que atraviesan las generaciones?
-Sí, la adicción conductual concierne tanto a los niños pequeños como a los adolescentes y adultos. Pero sus capacidades para rehabilitarse o recuperarse de esta dependencia no son las mismas; son más limitadas en los niños y los adolescentes, ya que la zona del cerebro que cumple una función inhibidora, la corteza prefrontal, no madura hasta los 20 o 25 años. Nuestra capacidad para resistir a una sustancia o a un ambiente adictivo, que producen un placer inmediato, no es innata: es el fruto de una educación. Educar es enseñar a resistir, a controlar nuestras pulsiones, a privilegiar la reflexión frente a la sensación. Las redes sociales y los videojuegos gratuitos en línea hacen todo lo contrario: nos condicionan a privilegiar los placeres inmediatos. Se comprende bien, entonces, por qué es casi imposible para el niño de 4, 5 años dejar por sí mismo un contenido pensado para mantenerlo cautivo. En cambio, es más fácil para un adulto modificar sus usos. En la primera consulta con cada paciente le pido a cada miembro de la familia que muestre su smartphone y diga su tiempo de uso cotidiano. Si el teléfono de los adolescentes muestra a menudo un tiempo diario de 8 horas, no es raro ver en los teléfonos de sus padres tiempos que se acercan a las 6 horas por día. Nadie está a salvo de esta adicción.
-El paso obligado para superar ese tipo de adicción es que la persona reconozca que es un problema. ¿La dificultad radica en que eso no siempre se da?
-Sí, la primera etapa en la recuperación de una adicción es siempre que el sujeto reconozca su dependencia. Este reconocimiento nunca es pleno y completo, pero es absolutamente necesario para que inicie un proceso de recuperación. Desde este punto de vista, la prohibición para los menores de 16 años de utilizar redes sociales a raíz de las dependencias que entrañan es una señal fuerte, incluso si esas prohibiciones son por el momento meramente declarativas. Por ahora, entonces, todo recae en la voluntad del usuario, que antes de los 20 años tiene una capacidad de resistencia bastante baja. Los estímulos están en todas partes: en la publicidad presente en los objetos cotidianos (el logo del videojuego en los útiles escolares, por ejemplo) y, sobre todo, en los teléfonos. Desde que abre su smartphone, los estímulos para entrar a Instagram, TikTok, YouTube, descargar juegos o consumir pornografía se multiplican. Eso desencadena un poderoso flujo de dopamina que se traducirá en que el adolescente no puede resistirse a descargar de nuevo la aplicación o el videojuego, o bien uno nuevo, tan adictivo como el anterior. El problema es el mismo que para las adicciones con tabaco o drogas. Se sabe que si el sujeto recae es en el 100 por ciento de los casos a raíz de un ambiente que lo incita: las noches de fiesta para el bebedor, la pareja que fuma para quien está dejando el tabaco, etc. La única manera eficaz de proteger a los menores, lo repito, es entonces prohibir su acceso a un teléfono conectado antes de los 15 años al menos, y pedir a los adultos a cargo de los menores que no utilicen los teléfonos móviles en su presencia. Un médico no fuma ni bebe delante de sus pacientes; un docente o un educador no debería revisar su teléfono celular en presencia de sus alumnos.
Oscar Ranzani/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón