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Se estrenó Nuestra Tierra, el film de Lucrecia Martel sobre el asesinato de Javier Chocobar

Se estrenó Nuestra Tierra, el film de Lucrecia Martel sobre el asesinato de Javier Chocobar

De la Tierra vista desde la conmovedora inmensidad del espacio exterior hasta lo más profundo que contiene, su gente, aquella que la viene habitando y cuidando desde hace siglos: ese es el recorrido inicial que hace la nueva película de Lucrecia Martel, el estupendo documental Nuestra tierra. Ese primer viaje que hace el film es de lo universal hacia lo singular: una canchita de fútbol en medio de los cerros tucumanos, donde unas chicas de la zona juegan a la pelota bajo la mirada atenta y amorosa de una mujer mayor, que se convertirá en una de las protagonistas del relato. La tierra es “nuestra” porque es de todos, parece decir Nuestra tierra, pero esencialmente de las comunidades indígenas como la de Chuschagasta, en Tucumán, que está en el centro del film de Martel a raíz del asesinato de un dirigente de la comunidad, Javier Chocobar, muerto de un balazo en 2009 por un terrateniente blanco y sus dos sicarios, ex policías que lo escoltaban y que hirieron gravemente a otros dos comuneros.

Nada más lejos, sin embargo, del documental al estilo “true crime” de Netflix que Nuestra tierra, porque la película de Martel –producida y desarrollada entre 2011 y 2025, con la hondura y capacidad de reflexión que solo puede dar el paso del tiempo- no se conforma con seguir ese caso como si fuera único. Por el contrario, se concentra en ese asesinato porque tanto su ejecución como el largo camino judicial que le siguió abren infinitas perspectivas acerca del concepto de propiedad de la tierra y de las condiciones –históricas, sociales, políticas, mediáticas- que llevaron a que ese crimen haya sido posible. Y que, al día de hoy, haya quedado impune.

En principio, el proceso judicial le sirve a Martel –y a su coguionista María Alché- para organizar la estructura narrativa de la película, porque allí se plantean los datos básicos: quiénes, dónde, cuándo y cómo. Esa información no solo está en los testimonios de imputados y testigos sino también en la reconstrucción judicial del crimen y, muy especialmente, en lo que quedó documentado por una cámara digital del propio homicida (un video de apenas un par de minutos pero de una tremenda violencia, cuya difusión por YouTube fue el primer motor del film).

Lo que Nuestra tierra incorpora es una pregunta que no necesariamente se plantea en el juicio: ¿por qué? Es a partir de ese interrogante que la película va tejiendo pacientemente su entramado conceptual, articulando lo que sucede en el escenario judicial (y sus particulares reglas de puesta en escena) con la palabra y la imagen de la comunidad indígena, históricamente silenciada e incluso negada. Nuestra tierra entonces se vuelve coral –no por nada comienza con el tenue pero grave “Kyrie” de la Misa Criolla, de Ariel Ramírez, en versión de Mercedes Sosa- y las voces y los rostros de los Chuschagasta se multiplican y se expanden, abriendo el film a una dimensión política pero también poética.

Lo primero que reconocen los adultos mayores es la dificultad que tuvieron de reconocerse como descendientes de los pueblos originarios. “Me cuesta”, dice Delfín Cata, que fue testigo del crimen. “A una le daba vergüenza, porque siempre era disminuir a la persona con decirle india”, ratifica Hortensia Mamami, viuda de Javier Chocobar. El montaje del film hace evidente ese racismo atávico con las palabras de los acusados: “Los vikingos también eran indios y ahora vamos a ese país y gracias a Dios ahora es el primer mundo”, afirma en el juicio Luis Gómez, uno de los ex policías (el otro, Eduardo Valdiviesso, ambos ex comandos) contratados por Darío Amín para apropiarse de las tierras de los Chuschagasta.

La violencia de los perpetradores no está solamente en sus hechos y en sus dichos. También se expresa en sus actitudes y en sus cuerpos. La cámara de Martel pinta muy bien a esos hombres bastos, con sus miradas huidizas y crueles, orgullosos de la portación de sus armas y de la instrucción que recibieron del Estado argentino para usarlas, esencialmente contra quienes ellos no consideran sus semejantes. El contraste con los integrantes de la comunidad no podría ser mayor: en sus rostros y voces hay nobleza, elegancia, dulzura incluso, en el uso de expresiones locales y diminutivos que hacen al lenguaje y la identidad de su pueblo.

Un pueblo negado por historiadores locales (“No tienen rasgos que los identifiquen”, dice una señora muy compuesta); por la Iglesia católica, que en uno de sus templos tiene un fresco en el que unos ángeles disparan desde el cielo unos rayos letales contra la población indígena; y por la educación oficial, cuyo programa de enseñanza ha invisibilizado a los pueblos originarios para privilegiar el relato oficial de los inmigrantes.

Quienes piensen que Nuestra tierra tiene poca relación con el cine previo de Lucrecia Martel deberían revisar sin embargo el racismo manifiesto o larvado que la directora encontraba en los pliegues de su “trilogía salteña” (La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza) o el reparto indiscriminado de tierras que ya denunciaba su impresionante versión de Zama“La República ha respetado más los papeles de la colonia que a los ciudadanos argentinos”, dice la voz de la coplera Mariana Carrizo, expresando la de la propia Martel.

Las fotos, videos y documentos de archivo, que la directora incorpora con gran delicadeza, proveen a Nuestra tierra de una emotividad que va mucho más allá de la indignación que provoca el caso criminal. Son registros de la propia comunidad, que siguen atesorando los mayores, y que dan cuenta de sus familiares y ancestros. Allí se evidencia cierta movilidad social que no hubiera sido posible sin el peronismo (“La últimas milanesas que comimos eran las de la época de Perón”, refiere Hortensia que decían sus hermanas) y se narran las migraciones internas que llevaban a los habitantes de las provincias a buscar trabajos mejor remunerados en el incipiente conurbano fabril (los hombres) o como empleadas domésticas en casas de familias porteñas (las mujeres, algunas muy jóvenes, adolescentes incluso).

El uso persistente de cámaras-dron, que a priori parece difícil asociar con el cine de Martel, contribuye sin embargo a trazar un mapa preciso del territorio en disputa y, a la vez, a vincular esos paisajes a veces áridos, aunque nunca exentos de esplendor, con la cosmovisión que insinúa el impresionante comienzo de la película. En esas conexiones a veces inesperadas –como cuando un cóndor derriba justamente a un dron- está también gran parte de la belleza de Nuestra tierra.

Luciano Monteagudo/Página 12-Espectáculos

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