
En mayo de este año Dino Saluzzi cumplió 90. Había nacido en Campo Santo, Salta, días antes que Mercedes Sosa en un terruño cercano. Y días después de ese rutilante Gardel tardío, que grabó las maravillosas “Volver”, “Por una cabeza”, “El día que me quieras” y “Lejana tierra mía”, en Nueva York. Más luego, su larga deriva (70 años de vida musical), ubicaría su nombre, aún con evidentes diferencias, cerca del itinerario y el prestigio de esas figuras. En su caso, no solo porque las piezas nacidas bajo su concepción -y la forma en que ellas bajaron y bajan a su bandoneón, claro- impregnaron e impregnan el imaginario musical argentino, sino también porque supo nutrirse de una universalidad enriquecedora. Desprejuiciada, a su manera.
Suele haber pues en sus composiciones inevitable e inconfundiblemente criollas, un sesgo jazzero que las permea. También uno clásico, camarístico, lejano del baile, que termina por tornarlas únicas. Independientes en forma y contenido. Así es como lo marcan obras que han nutrido su camino. Dedicatoria, Bermejo o El valle de la infancia, por nombrar un puñado de las más de treinta que contiene su discografía. Así es también como se deduce de la versatilidad con que unió su talento al de disímiles personajes, desde el “Gato” Barbieri y Charlie Haden, hasta Enrique Francini y Alfredo Gobbi, pasando por Egberto Gismonti o Al Di Meola.
No resulta llamativo entonces, ni por trayecto ni por estética, que el disco publicado por ECM que verá la luz este 11 de julio lleve por nombre El viejo caminante. Justamente porque hace mucho que camina el hombre, y porque siempre –hoy como ayer- lo hace por donde quiere. Bordoneado actualmente por dos finísimos guitarristas (su hijo José María, que lo acompaña desde mediados de los noventa, y un noruego pichón de Jim Hall llamado Jacob Young) el viejo Saluzzi navega por donde lo hace habitualmente: nuevas ideas, remozados sonidos que se entreveran en el laberinto de sus géneros predilectos.
En este caso, de la calma más profunda, expresada en la propia “Y amó a su hermano” o en “Quiet March” (de Young) a la centralidad tímbrica del bandoneón que, rayana al predecesor Albores, implican piezas como la homónima al disco o “Tiempo de ausencias”, ambas paridas por las entrañas del salteño. O del clímax casi cinematográfico que rodea a “Dino is here” (también del noruego Young) hasta la contemplativa más nostalgiosa “Northern Sun” (Karin Krog) es por donde camina este viejo caminante en la búsqueda de su destino final.
En las señaladas, o en una tríada no menos sustancial que centra en un tango prescindente de la danza una columna vertebral alternativa. Quienes busquen, pues, el talante tanguero de Saluzzi lo encontrarán en tres piezas sublimes. Una es “Buenos Aires 1950”, cuya víscera sonora es una pintura a lo Saluzzi de ese momento feliz de la patria, tal vez el más feliz de su historia. Un lienzo sonoro expresado en el tango urbano de la era, aunque tamizado con las corrientes de las músicas de raíz que atraía entonces. Pieza justa en el sentido social que entronca con “Tango. El padre y el hijo”, tema concebido como si fuera una suite que sintetiza el devenir del género, echando mano a una cosa cíclica –o espiralada, tal vez- que va de las brumas del Riachuelo al vertiginoso cemento explotado por Astor Piazzolla. Elipsis que, claro, solo un viejo y avezado caminante como Saluzzi puede ver. Y tornar música.
Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón