Victoria Hladilo escribió y dirige Siete Estaciones para Hablar de Amor en el Teatro del Pueblo

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¿Qué es el amor? ¿las pasiones cambian a través de los tiempos? ¿o acaso hay sentimientos que perduran más allá de la coyuntura? De esas preguntas se nutre Siete estaciones para hablar de amor, la más reciente obra de Victoria Hladilo que aborda el triángulo afectivo de una pareja de terratenientes y un trabajador de campo a principios del siglo XX en Buenos Aires. Inspirada en el cuento “Del amor” de Antón Chéjov, la puesta exhibe la historia de un amor prohibido atravesado por las tensiones propias de la desigualdad de clases.

Gregorio (Carlos Belloso) y Anna (Laura Nevole) son un matrimonio ya establecido, y Pablo (Manuel Vignau) un hombre que llega a romper con la monotonía de la vida conyugal. Las tardes de encuentros transcurren apacibles entre bebida y anécdotas, hasta que el vínculo entre Anna y Pablo se transforma en algo más que una amistad. Las funciones se realizan en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636) los lunes a las 20. Y las entradas pueden adquirirse en Alternativa Teatral.

“Contar una historia de amor sin caer en la solemnidad me desafiaba enormemente. Chéjov tuvo la capacidad de hacerlo, y poder llevar a la escena esas sutilezas, y ese juego de querer y no hacer, de pensar y no decir, me resultaba complejo y a la vez me entusiasmaba”, revela Hladilo, directora y autora que obtuvo por esta pieza el Premio Argentores 2023 (Concurso Nacional para Egresados de Carreras de Dramaturgia de Escuelas Públicas).

Autora de títulos como La sala roja, La culpa de nada y La casa de las palomas, que exploran la complejidad de las relaciones humanas desde una mirada mordaz, pero con sensibilidad y humor, Hladilo emprende un relato de época, pero con la misma búsqueda. “Si bien la obra no está ambientada en la actualidad, como mis trabajos anteriores, este relato dialoga con nuestro tiempo desde el deseo, pero también desde lo social y lo político”.

-¿Por qué decidiste contar una historia de principios de siglo XX?

-Al realizar la adaptación trabajé en la búsqueda del espacio y tiempo en el que iba a transcurrir la obra. Supe que no iba a ocurrir en Rusia a fines del 1800, como sucede en el cuento de Chéjov, porque quería que la trama se desarrollara en la Argentina y que esos personajes resonaran con nuestras costumbres y nuestra historia. Y tampoco podía suceder en el presente, porque esta historia de amor tiene zonas universales y otras que están atravesadas por los mandatos de otra época. Entonces, ahí decidí situar la obra en la década del veinte, tiempo que me permitía hablar del presente de esos personajes y conversar, al mismo tiempo, con nuestra actualidad.

–¿Dónde advertís que radica la vigencia de un dramaturgo como Chéjov?

-Creo que su vigencia radica en la capacidad de abordar grandes asuntos que nos atraviesan a los seres humanos. Todos podemos sentirnos identificados con las desdichas o frustraciones de algunos de sus personajes. Desde situaciones cotidianas, Chéjov aborda los sentimientos más profundos y sus personajes están llenos de contradicciones. Ese deseo que no puede ser encauzado en acción, y que a veces termina en nostalgia, es sumamente empático. Porque todos deseamos, y no siempre podemos accionar en consecuencia.

-¿Cuáles fueron los desafíos de trabajar sobre los vínculos de otro tiempo?

-El desafío, fundamentalmente, fue abordar la historia sin solemnidad y generar identificación y empatía más allá de las diferencias en los mandatos morales o sociales. Me resultó desafiante, por un lado, sumergirme en un relato que parece del pasado y que, sin embargo, puede interpelarnos hoy y, por el otro, también implicaba cierta complejidad hacer huella en aquello que permanece igual: las miradas, las caricias, el deseo y el temor que a veces produce ir tras aquello que deseamos.

-¿Cómo fue el proceso de montaje de la obra?

-Fue un proceso intenso y de mucho trabajo. El elenco estuvo desde el inicio muy comprometido con el material para llevarlo a la mejor versión posible. La obra tiene un texto extenso y un lenguaje particular, por lo cual el estudio y la rigurosidad en las palabras fue fundamental. Fue un proceso de ensayos muy lindo, de búsqueda, de encuentro y de mucha entrega de parte de todo el equipo, incluido el equipo técnico, que con muy poco pudo reconstruir una época y el paso del tiempo a través de la escenografía y el vestuario. Hacer una obra de época en teatro independiente es todo un reto.

-A propósito, ¿cómo evaluás la actualidad del teatro independiente?

-Estamos en una situación muy compleja. Los costos para realizar un proyecto son altos y las posibilidades de los espectadores para comprar entradas y asistir al teatro están reducidas. Pero el teatro independiente sigue siendo un espacio de puertas abiertas que, aun casi sin ayudas y con un costo enorme, permite, con voluntad, cuerpo y mucho deseo, poder llevar adelante un proyecto; es un lugar de presencia, de encuentro, de resistencia y de oportunidad para reflexionar o conversar sobre aquello que nos está atravesando. Y por ese motivo es un espacio cultural que hay que defender y cuidar.

-¿En qué otros proyectos estás trabajando?

-Estoy con otra obra en cartel: Dos patronas (El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, los domingos a las 20). Es una comedia que juega con el grotesco y que, a través del humor, cuenta la historia de una señora de clase media alta que visita a su empleada doméstica para suplicarle que vuelva a trabajar a su casa. Es una comedia cruel que habla de nuestra actualidad social y económica, pero también de las diferentes posibilidades para criar y maternar.

Candela Gomes Diez/Página 12-Espectáculos

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