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Un nuevo Campeón Mundial, una nueva Unión Soviética

Se cumplieron 35 años del mítico enfrentamiento Karpov-Kasparov.

“Es la mayor rivalidad en la historia del deporte. Se odiaban tanto como se necesitaban”, dice el experto. No se refiere a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Tampoco a Bjorn Borg y John McEnroe ni a Roger Federer y Rafael Nadal. No se trata de Alain Prost y Ayrton Senna ni de Joe Frazier y Muhammad Ali. Las palabras del periodista español Leontxo García definen un duelo de cuyo epicentro se cumplieron ayer 35 años: el 9 de noviembre de 1985, Garry Kasparov se consagraba campeón mundial de ajedrez ante Anatoli Karpov y cambiaba la historia de ese deporte.

Atrás había quedado el primer match mundialista inconcluso. Cinco meses se había extendido, desde septiembre de 1984 a febrero de 1985. Sin límite de partidas y con seis triunfos como único umbral, los ajedrecistas soviéticos se habían medido en una contienda al mejor estilo “gana el que sobrevive”.

Aquel duelo era más que entre dos mentes maestras. Si el histórico Bobby Fischer-Boris Spassky había sido el match de la Guerra Fría, éste fue el del viejo modelo de la Unión Soviética contra el que, precisamente a partir de aquel 1985, encabezaría Mijail Gorbachov, que por aquellos meses asumía como secretario general del Comité Central del Partido Comunista. En otras palabras, el líder del régimen.

Todavía faltaban varios años para la disolución de la URSS, que se sostenía pese a que los atisbos de cambio eran cada vez más fuertes. El ajedrez era una parte importante en el deporte del proyecto comunista: permitía refrendar la brillantez de quienes lo jugaban y tener en Karpov al mejor del mundo era signo inconfundible de la superioridad intelectual de aquel sector político.

Kasparov llegaba joven, moderno, apenas pasados los 20 años, con ideas de proyección desafiantes de todo lo que era la cultura de los altos mandos del Kremlin.

Cuarenta y ocho partidas había durado el Mundial de 1984 sin poder consagrar a un vencedor. El primero en ganar seis partidas sería el campeón y Karpov pareció tenerlo al alcance de la mano al quedarse con cuatro de las primeras nueve contiendas, pero luego debió esperar hasta la partida 27 para romper la racha de tablas y sumar el quinto éxito.

Sin embargo, el sexto triunfo nunca llegaría. Veintiún choques y un infinito desgaste más tarde, el joven Kasparov se pondría 3-5 y, curiosamente, luego de dos victorias al hilo del muchacho de 21 años, el presidente de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE), Florencio Campomanes, canceló el evento.

El dirigente lo adjudicó al cansancio de los jugadores y Kasparov, que había empezado a ganar partidas, no se lo perdonó. Subido a un escenario, gritaba: “Esto es una farsa y debe continuar”. Fueron 200 millones los soviéticos que se sorprendían con el inesperado desenlace que cubrían 600 periodistas de 30 países,

Karpov, que era mayor que su rival pero aún joven (34 años), había llegado a perder 10 kilos durante aquellas interminables partidas. Su rival, en palabras del gran maestro ruso Yuri Averbakh, “maduró en plena final: empezó como un chico y para el final ya era un adulto luchador”.

Para que no se repitiera aquello, el Mundial de 1985 no se jugó hasta que uno de los ajedrecistas consiguiera 6 victorias sino que se estableció un límite: el campeón sería el mejor al cabo de 24 partidas.

Y pese a que se disputó siete meses después de cancelado el anterior, el nuevo duelo pareció continuar con la tónica que había mostrado el viejo choque. Vaya un ejemplo: escribió Leontxo García en el diario El País,

conforme avanzaba la serie, que el campeón había sido “humillado” y que el retador “jugó espléndido de principio a fin: estaba perfectamente mentalizado para jugar a ganar”.

Viendo algunos movimientos con los caballos, un periodista brasileño llegó a decir, en su búsqueda por comparar cómo le intentaban sacar partido los maestros rusos: “Es la lucha de dos pura sangre (los de Kasparov) contra dos burros (los de Karpov)”.

Por supuesto, la capacidad del vigente monarca no podía ser puesta en duda y el duelo así lo evidenció: Kasparov llegó a la última partida con una ventaja de 4 triunfos contra 3 para Karpov. Si éste ganaba y empataba el match, retendría el título.

Pero como la necesidad tiene cara de hereje, Anatoli arriesgó, como no era su costumbre, y le facilitó el trámite a un bien preparado Garry, que ganó la partida y se convirtió en el campeón mundial más joven de la historia a los 22 años, al ganar 13-11. “La alegría más grande de mi vida”,

la definió. Había un nuevo campeón y representaba, en todos los sentidos, a un nuevo país. Tres meses más tarde,  Campomanes bregó por la revancha. Kasparov no quiso disputarla, pero no tuvo opción: “Me dijeron que me iban a descalificar si no aceptaba”.

Eventualmente jugarían 3 matches más por el título del mundo hasta 1990 y Kasparov los ganaría todos. Fueron en total 144 partidas en esos campeonatos, con 21 triunfos a 19 a favor del más joven. Y una rivalidad para siempre.

En 2010, pese a que el Ogro de Bakú nunca dejó de ser crítico con el régimen e incluso se enfrentó abiertamente a Vladimir Putin, se unió a Karpov para apoyar la candidatura de éste a presidente de la FIDE. Y Anatoli incluso lo había ido a visitar cuando fue encarcelado por una protesta contra Putin.

Mauricio Codocea/Clarín

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