
“¿Dónde empiezan realmente las cosas?”, se interroga el narrador de Tres amigas después de presentar a la ciudad de Lyon como sitio de su historia. También a sus personajes. A Thomas (Damien Bonnard), un escritor algo famoso que llega para dictar un curso de literatura en el Liceo y a Joan (India Hair), una profesora algo tímida que espera en un pasillo y sigue en silencio hacia su clase. ¿Pero cuándo comienza esta historia? nos preguntamos nosotros los espectadores, a los que el narrador algo esquivo engaña y pasea por la ciudad mientras manipula el tiempo. ¿Un año antes de este presente? ¿Un poco más? El momento elegido quizás no sea el mejor, como nos asegura Victor (Vincent Macaigne), el narrador ahora con nombre, con su voz pausada y convincente. ¿Cuál es ese momento? El encuentro de tres amigas. Las Tres amigas del título de la última película de Emmanuel Mouret, uno de los directores franceses más interesantes del presente en ese terreno tan farragoso y maltratado como es el de la comedia romántica.
Es que, en realidad, podríamos decir que este director con pasado de actor y afecto a los relatos de amores y ciudades, a las conversaciones animadas y a las caminatas interminables, no filma comedias puras, gags divertidos o finales felices, sino los álgidos recorridos del enamoramiento, a menudo signados por el destiempo y la persistente cavilación. Recorriendo las películas de Mouret –Romance a la francesa (2015), Las cosas que decimos, las cosas que hacemos (2020), Crónica de un affair (2022) y la propia Tres amigas, estrenada en salas locales hace apenas dos semanas– podríamos afirmar lo difícil que resulta encontrar en el otro el perfecto eco de los sentimientos propios. Y, desde allí, imaginar esos amores desgraciados a la manera de Jean Racine, en un tono ligero y sensual, que no suma “drama al drama”, como asegura el escritor de esta historia, que acepta la vida con sus inquietudes y tristezas, sus sorpresas y desencantos.
Mouret sigue la estela de la nouvelle vague, más cerca del espíritu de las Comedias y proverbios de Rohmer que de los juegos de estilo de Godard, y evidencia también su filiación con el Woody Allen de los ‘80, sin ese artilugio del alter ego ni la verborragia intelectual pero sí con una aguda mirada sobre la comedia humana que se despliega invisible a nuestro alrededor. Es que Tres amigas recuerda a Hannah y sus hermanas (1986) y las protagonistas esta vez son tres mujeres sin lazos de sangre, pero con una amistad que recorre el relato en sensibles confidencias y silenciadas traiciones. “Es como si algo hubiera desaparecido, a pesar de mí”, se confiesa Joan, con cierta vergüenza, ante su amiga y colega Alice (Camille Cottin). Ambas comparten los pasillos del Liceo y ambas están casadas desde hace un tiempo. Los sentimientos extinguidos en Joan son aquellos que la unían a Víctor, su marido y padre de su hija. No hay tercero en discordia, sino simplemente la convicción de no estar más enamorada. Una certeza que la derrumba como un flechazo de desamor. Víctor es perfecto, amoroso, buen padre y buen marido. Es también nuestro narrador.
Por su parte, Alice está casada con Éric (Grégoire Ludig) y tampoco está enamorada de él. En realidad, nunca lo estuvo. O por lo menos eso es lo que dice. Para ella el amor es sinónimo de inquietud, de celos y ansiedad, tal como lo descubrió en relaciones anteriores. Con Éric, en cambio, encontró un bálsamo de tranquilidad y convivencia; eso sí, alejado de toda forma posible de pasión. Sin embargo, lo que descubrimos de inmediato es que Éric también tiene un secreto: los amores con Rebecca (Sara Forestier), la tercera del trío de amigas, una dibujante y guía de museo alegre y bohemia. ¿Cuál es el verdadero amor? ¿Esa pasión intensa que une a los amantes o el afecto y el cariño que une a una pareja a lo largo de los años y la convivencia? ¿Es el destino el que dibuja los caminos del amor o el libre albedrío el que impulsa las meditadas decisiones?
En Las cosas que decimos, las cosas que hacemos –una pequeña película que asomó en los tiempos de pandemia y que junto con esos amores desencontrados puso en tensión la mitología y las expectativas del propio género de la comedia romántica–, un aspirante a escritor narra su pasado amoroso como una novela de aventuras. Mientras camina por los paisajes de la Provenza, Maxime (Niels Schneider) revela sus amores del pasado, signados todos por el desencuentro, impregnados de la fabulación de su propia condición de narrador. Como lo hará luego Daphne (Camélia Jordana), su fascinada interlocutora, cuyo deseo tiene su propia cuota de sueño y desilusión. Personajes que salen y entran de la ficción, como maestros de ceremonias o ávidos titiriteros y como lo era también la viuda Madame de La Pommeraye en Señorita J (2018), versión libre de un relato de Denis Diderot al que Mouret le imprime su perspectiva sobre esas relaciones peligrosas del siglo XVIII.
Resumiendo sus herencias, Mouret completa su tríada francesa –ya integrada por Racine y Diderot– con el comediógrafo Pierre de Marivaux, sobre todo con su obra El juego del amor y el azar, adaptando al mundo contemporáneo esas “piezas del malentendido”, donde la forma teatral es apenas aludida por una puesta en escena fragmentada, que privilegia los encuadres entre marcos de pasillos y puertas, los personajes fuera de campo, las caminatas circulares por la escena, la tómbola del amor galante. En sus últimas películas, a menudo protagonizadas por personajes de mediana edad, que dirimen elecciones amorosas como caminos de vida, sin la marca del sustrato moral sino guiadas por la tensión entre el destino y el azar, el director nos revela a quienes quieren vivir algo pero a veces no se animan, a los que imaginan lo que quieren y la realidad los sorprende, a quienes aspiran a imponer lógica y necesidad allí donde reinan el caos y el deseo.
Tres amigas confirma, por último, una tristeza incierta que no quita a la película su filiación con la comedia, pero la aleja de los resortes habituales del género, signados por el efecto cómico calculado. La propia Joan, culpable por el equívoco de sus sentimientos y sus consecuencias trágicas, intentará una y otra vez hacer lo correcto sin lograrlo, amar a quien se tiene afecto, elegir a quien se conoce. Y Alice y Rebecca construirán una amistad consagrada en silencios y omisiones, en una lealtad que encuentra su cauce en los caminos más impensados. Todas las historias son envueltas por el relato de un escurridizo narrador, cuya propia palabra, como la de los personajes, se torna verdad y engaño al mismo tiempo. Y es Mouret quien hace que esa palabra se vuelva interesante en tanto se vuelve ambigua, y sus personajes arriban a lo indecible en tanto creen que pueden explicarse a sí mismos.
Paula Vazquez Prieto/Suplemento Radar de Página 12
MG Radio 24 Villa Pueyrredón