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River, mientras moldea el estilo Coudet, suma triunfos. Empató Boca

River, mientras moldea el estilo Coudet, suma triunfos. Empató Boca

El River del Chacho Coudet se construye a base de triunfos. Puede no ser una máquina todavía, algo que carecía de sentido imaginarlo (recién van 11 días de ciclo). Puede que el juego no termine de salir del todo y por momentos sea espeso y lento, como en muchos tramos de este triunfo contra Sarmiento. Puede que hagan falta más ajustes. Pero gana. Y eso, para un equipo que estaba fundido desde lo anímico y venía de sufrir la salida del DT-estatua, no es poca cosa…

Desde ahí, justamente, se sustentó este trabajado y bastante cerrado 2-0 en el estreno del entrenador en el Monumental: en un partido que hasta hace algunas semanas o meses era empate o derrota, River tuvo la cabeza suficiente para sobreponerse a los reproches de los pases atrás y a un fútbol con pocas luces. Y, así, quedarse con tres puntos clave para asentarse en la zona, empezar a mirar de otra manera la tabla anual y recuperar la fortaleza de la localía: fue el segundo éxito al hilo (Banfield, el anterior), algo que no se daba desde abril y mayo del año pasado (Boca, Vélez, Barracas Central e Independiente del Valle).

Con un dibujo repetido de la victoria en el Ducó y que tiene potencial, pero que esta vez no funcionó, el quiebre para el equipo de Chacho fue la expulsión de Gabriel Díaz: si ya tenía el control total de la posesión, más con un jugador de ventaja. Y más con una apertura del marcador que llegó un par de minutos después: a partir de ahí, prácticamente no hubo más partido.

Pero eso no le quitó la monotonía a un River que no supo qué hacer con la pelota (la tuvo el 62% del tiempo). Que, salvo por algunos tramos de desequilibrio de un Ian Subiabre que le agregó gol a su inobjetable talento y el empuje de un Gonzalo Montiel que se proyectó siempre y casi convierte de taco a lo Cavenaghi, fue predecible y cayó constantemente en la trampa de un rival que se abroqueló atrás y le propuso duelos individuales en cada sector del campo.

La falta de ideas, en ese sentido, enciende una alarma a futuro, teniendo en cuenta que buena parte de los encuentros que se le presentan a River son y serán así. Porque Kendry Páez no desniveló pese a su buen centro a pierna cambiada en el gol de Sebastián Driussi y Tomás Galván, bien tomado para no poder recibir entre líneas, no pudo dar ese pase clave hacia adelante. Sin conexiones ni chispa, los ataques hacia el arco de Burrai fueron forzados, con bastantes remates desde afuera del área de Aníbal Moreno y centros que generalmente fueron fáciles para Insaurralde: al final, con Sarmiento cansado y brindando espacios, el panorama se abrió para que pudiera caer algún tanto más.

Si Freitas, con su positivo ingreso, puede ganarse un lugar en el once será motivo de debate interno para el Chacho en esta semana larga de trabajo que tendrá. Pero por lo menos, le dio una alternativa: el DT ya dijo varias veces que le gusta jugar con dos puntas y el joven se entendió bastante bien con Driussi en el segundo tiempo.

Puede haber faltado desde el juego, sí. Pero el ciclo de Coudet se construye a base de triunfos. Y eso, cuando lo que se busca es mejorar y trabajar lo anímico de un plantel que se empieza a levantar, no es poca cosa…

Gastón Pestarino/ole.com.ar

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No es un desastre Boca. De hecho, no necesita serlo para atornillarse en el subibaja de un rendimiento desparejo, inestable, desigual. Es desde la mediocridad, su estado perenne, inalterable, que el equipo de Ubeda cabalga en la mediasombra de la inconsistencia, al punto de jugar varios partidos dentro del mismo partido, y asumir roles opuestos y contradictorios: es víctima y victimario, depredador y presa, David y Goliat.

Así es también en el torneo. Puede ganarle a Lanús en La Fortaleza, como perder o empatar con cualquiera que se le anime. Y entonces, al final del partido, no se sabe si jugó bien, o mal, o regular. Acaso en el análisis no haya respuestas incorrectas. Correctas tampoco…

Boca pelea, corre, mete, no está ahí el problema. El asunto es que hay que construir desde ese punto, y al equipo del Sifón le falta la principal materia prima: el juego. A veces el pibe Aranda queda demasiado solo en la tarea de cambiar el ritmo, sacarse rivales de encima y encontrar apoyos para el desequilibrio. Y tampoco Boca se asume como dueño del partido, por momentos finge serlo, pero da la sensación de estar más cómodo yendo a la segura, sin asumir riesgos.

El partido con Unión tuvo el mismo ADN que el de Riestra (triunfo), Platense (empate), Gimnasia de Mendoza (empate), Racing (empate) o San Lorenzo (empate). Un desarrollo parejo, por momentos chato, que pudo ganar como perder, lo dicho. Boca tuvo algunas chances de arranque (la más clara fue un tacazo de Merentiel tras gran pase de Ascacíbar, que Del Blanco terminó sacando en la línea), pero tan pronto Unión se decidió a plantarse y buscar el gol, se le acabaron los bríos y empezó a sufrir. Cuello, Profini, tuvieron sus chances, hasta que Palacios tomó un centro de Vargas, se hamacó y metió un derechazo contra el palo de un Marchesín que la vio pasar como única reacción.

Es cierto, Boca salió más decidido para el segundo tiempo aunque claro, otra cosa no podía hacer. Tiene eso este equipo, necesita verse obligado (por el marcador, o por el apremio del tiempo) para salir de su letanía. Con la soga al cuello, ahí sí, forzó la marcha. Una tijera de Bareiro y un tiro libre de Paredes, ambas salvadas de Mansilla. Y la jugada del empate con la chilena del paraguayo que devolvió el palo y gol de Merentiel, de arremetida.

Paredes conectó mejor con Aranda, hubo otra energía que sobrevivió al 1-1 y más allá, porque Boca sabía que tenía que ganar. Debió ser el gol que Mansilla le sacó a Bareiro con un manotazo. Y ahí la quedó Boca. Ahí se terminó su dominio territorial y volvió al modo supervivencia, como si hubiera sido suficiente con empatar y merecer algo más. Y si hasta ahí estaba para ganarlo, pudo haberlo perdido de no ser por tres tapadas consecutivas de Marchesin que, ahora sí, sacó la cara por el equipo.

En definitiva, Boca es el reflejo de su técnico, porque sus decisiones tienen un mensaje implícito. El técnico, una vez más, tuvo un planteo unidireccional y no se movió de ahí. Si sacó a Ascacibar fue para poner a Herrera; si puso a Velasco fue por Aranda. Nunca una decisión disruptiva, diferente, audaz. El último cambio necesita traducción: si entró Braida para que saliera Merentiel el mensaje es claro. Mejor empatar, a ver si por buscar el triunfo Boca perdía. Así las cosas, el Xeneize acumula empates, pero para sumar uno hay que dejar dos puntos en el camino. Y eso no es negocio. Menos en un club como Boca que se jacta de exigirse ganar todo, pero con Ubeda tiene a un entrenador que se conforma con poco. Con muy poco.

Pablo Ramon/ole.com.ar

OTROS RESULTADOS

Tigre 1 – Argentinos 1

Belgrano 0 – Talleres 0

Gimnasia (La Plata) 2 – Independiente Rivadavia 1

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