Podoroska tras caer en la final de San Pablo. «Jugar es un premio», celebró

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Nadia Podoroska tiene vastos motivos para sonreir. A seis meses de un regreso al tenis profesional lleno de incertidumbre, después de batallar con dificultades físicas durante más de un año, cerró una semana soñada. Llegó a su primera final de nivel WTA en San Pablo, sobre cemento, y estuvo cerca de la proeza: después de la postergación del domingo por la lluvia, este lunes cayó 4-6, 6-4 y 6-2 ante la española Kaitlin Quevedo (105ª), pero se llevó un fuerte ascenso en el ranking femenino: subió 117 puestos y se ubica 200ª del listado. Pero su paso por Brasil representa mucho más que un logro deportivo.

La rosarina de 29 años venía de ganarle 6-3 y 6-4 a la ex número dos del mundo Paula Badosa, un cimbronazo deportivo que la depositó en la primera final WTA de su vida, y quedó al borde de la gloria. Estuvo set arriba y comenzó incluso con un quiebre a favor en la definición contra Quevedo, de 20 años, pero no pudo sostenerse y, después de perder el segundo parcial, no encontró paridad en el tercero: en pocos minutos se vio 5-0 abajo y ya no hubo nada que hacer.

La semana de Podoroska en Brasil, más allá de no haberse llevado el título, resultó mágica por partida doble. En primer lugar, fue un hito para el tenis argentino: por primera vez en trece años hubo una singlista nacional en una definición de calibre WTA. La última en lograrlo había sido Paula Ormaechea en el torneo de Bogotá 2013, en el que perdió ante la ex número uno serbia Jelena Jankovic -el trofeo más reciente fue el de Gisela Dulko en Acapulco 2011-.

Por otro lado, redondeó una resurrección personal. Sus palabras previas a la final grafican lo que le tocó vivir, sobre todo después de acostumbrarse a la elite, que llegar a ser la 36ª del mundo o provocar una revolución cuando fue semifinalista de Roland Garros en 2020: “Poder jugar al tenis es un premio. El año pasado lo pasé muy mal y tenía mucha incertidumbre sobre cuándo podría volver a una cancha; es emocionante jugar en este nivel”.

San Pablo, en efecto, se trata del broche luminoso en un sendero que comenzó en marzo pasado, cuando la rosarina reapareció en el circuito después de 14 meses de inactividad y sin ranking: volvió en un W35 de Junín, con una victoria ante Lourdes Ayala, de 20 años. Aquel primer partido en más de un año representaba el adiós a un calvario que había empezado en el Abierto de Australia 2025, cuando una lesión en el hombro frenó su andar en el circuito y luego le provocó otras complicaciones físicas.

Fue la primera luz en un extenso túnel que se extendió durante toda la temporada pasada y que tuvo alguna aparición llamativa en Buenos Aires. Radicada en Alicante desde 2019, Podoroska pasó ciertos períodos del parate en la Argentina y hasta llegó a estar en el box de una amiga: en el WTA 125 de Buenos Aires, en el Tenis Club Argentino, acompañó a la española Sara Sorribes Tormo, sentada como si fuera una coach.

Aquella etapa oscura, sin embargo, ya quedó atrás. Este año se reencontró con el rodaje y empezó a recobrar su mejor versión. El mes pasado tomó la decisión de usar el ranking protegido (106ª) para jugar el cuadro principal del US Open y se dio el gusto de ganar su primer partido de Grand Slam desde Australia 2024. San Pablo fue la continuación del sueño de volver a ser, una meta que está más viva que nunca.

Pablo Amalfitano/Página 12-Deportes

 

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