
Cuatro amigxs se reúnen en una sala de espera. Algo grave acaba de pasar y están conmocionadxs, mientras aguardan una resolución que nunca sucede. Ese limbo hace que emociones y heridas del pasado vuelvan a doler en el presente, y buscan cómo cerrarlas no siempre de la mejor manera. Aun sin saber del todo dónde están, qué es lo que lxs une, por qué arrastran enojos o qué es lo que lxs angustia, ese caleidoscopio de vidas narra sus cuatro historias acumuladas en un momento de dolor compartido, pero de efectos disruptivos para la situación.
“Es muy interesante porque para nosotros es un drama pero para el público una comedia. Hay un rompimiento de los códigos teatrales”, comparten Claudio Martínez Bel y Néstor Caniglia, protagonistas de No me dejes así, junto a Página/12. “Hay que buscar en un pensamiento lateral porque no podés contar un cuentito, lo que podés decir de la obra es insuficiente”, analizan lo que puede verse los lunes a las 20 y los sábados a las 22.30 en Timbre 4 (México 3554), con dirección de Enrique Federman. Se trata de una creación colectiva, en colaboración autoral con Mauricio Kartun.
A veinte años de su estreno, esta reposición sostiene el elenco original (Cesar Bordón, Néstor Caniglia, Claudio Martínez Bel, Eugenia Guerty), que llevó el espectáculo a distintos escenarios del país y del exterior, y se reencuentran para ponerle el cuerpo a estxs personajes que no se sabe por qué, pero sufren ellxs y hacen reír a lxs demás. “Yo nunca había visto la obra. Y cuando vi el video me maté de la risa, no envejeció”, se entusiasma Martínez Bel. “Porque el humor en veinte años cambió muchísimo, sobre todo a partir del Ni Una Menos. Hubo que modificar algunas acciones, lo que antes hacía una sola persona ahora lo hacen entre dos”, bromea, y agrega: “Nos hemos reído mucho en los ensayos, y después tenemos que trabajar la concentración para no hacerlo”, confiesa Martínez Bel. “Cuando lo estábamos creando claramente estamos haciendo humor, pero como si fuéramos Jorge Marrale, es decir, actores serios que trabajan el método. Entonces, esa paradoja de actuación de estar haciendo un gag, pero que no se note esa construcción porque sos un actor serio, que estás haciendo un drama”, explica.
–No me dejes así nació de una idea de su director, y creció a partir de improvisaciones y la mirada de Kartún, y hoy también funciona bien. ¿Qué recuerdan de aquellos inicios, cuando todavía no sabían si les iba a ir bien?
Néstor Caniglia: –Te diría que apareció cuando empezamos a ensayar con lo que nos pasaba cuando lo hacíamos. Ahí empezaron a pasar cosas y creo que es donde nos estamos encontrando ahora en el escenario, en aquello que nos pasaba y que hoy se hace presente de nuevo. Tengo pocos recuerdos concretos de alguna situación de los ensayos. Sí, me acuerdo de estar haciendo algo muy divertido y de algo muy alocado teóricamente. ¿Nos van a matar? (risas) A nosotros nos gustaba. Ya nos había pasado con una obra anterior (Perras, en las que Caniglia y Martínez Bel actuaban dirigidos también por Federman) había sido un desconcierto sobre qué pasará.
Claudio Martínez Bel: –Cuando empezamos a ensayar, Mauricio (Kartún) en un momento plantea que le hace falta historia. El cuentito. Y Enrique se puso firme y dijo: no, cuentito no. Y entonces, después de tironeos, Mauricio dice que resigna el cuentito como dramaturgo pero que su aporte es que no se vea la construcción del gag, que sea un humor invisible. Desde la dramaturgia, ahora tenés que romperte vos como director para que esté invisibilizado. Y eso creo que fue un hallazgo, porque es lo que le da ese toque distintivo de un espectáculo cómico que no se ve el truco.
N. C.: –Y que no se ve en el cuerpo de los actores que están haciendo la comedia. Hay muchos personajes que la pasan mal, bastante mal. Como también había dicho Mauricio, ellos lloran y nosotros nos reímos.
“¡Se Terminó!”, dice la mujer mientras suelta un frasco de pastillas, que cae al suelo. “¡No! ¿Qué tomaste?”, le preguntan. “Nada… ¡Si se terminó!”, responde angustiada. La obra se desarrolla en las fronteras entre lo trágico y lo ridículo, donde el drama y la comicidad comparten gestos, palabras, situaciones, y lo cotidiano se corporiza en historias de fiambrería, sombrillas en la playa, el enganche de la tapa del inodoro. Con una puesta en escena mínima (tres sillas en medio del escenario absolutamente despojado y dos entradas/salidas de espacios tras bambalinas), que sin embargo aprietan el alma de lxs personajes, y un texto que por momentos omite el lenguaje y propone cuchicheos sin perder por ello sentido, el espectáculo crece en la precisión de las actuaciones a partir de las que se entiende todo a pesar de las imprecisiones y vacíos explicativos, la fineza de la dirección de Federman y la inteligencia de la dramaturgia de Kartún, para que el dolor y la angustia que se desarrolla en escena se conviertan en comicidad en la platea.
-Lxs personajes sufren, se nota. Y el público se divierte. ¿Por qué nos reímos de ese sufrimiento?
N.C.: –Alguna vez, cuando estábamos armando esto, buscándole alguna justificación dijimos que el espectador nos espía. Nosotros no mostramos, nos espían. Vos no escuchás qué pasa con una mesa en un bar, y de repente uno se para y le grita: “Se fue al carajo” ¿Qué pasó? (risas) Bueno, pasa un poco eso, para ellos es un dramón, hasta saber qué pasó.
C. M. B.: –Yo siempre cuento algo que me pasó cuando tenía 13, 14 años. A mi papá lo habían operado, un dramón familiar. Cuando vamos a verlo después de la operación me dicen: “No llores delante de papá”, y me voy al baño a llorar. Lloro, lloro, lloro y me descargo. Cuando termino de llorar me lavo la cara y había una máquina que veía por primera vez en mi vida. Apreté un botón y empezó a salir aire caliente. Entendí que era para secarse las manos. Entonces lo volví a apretar, para apagarlo. Y no se apagaba. Lo apretaba y no se apagaba. Y entonces la angustia que tenía, y de golpe una máquina que se me rebelaba, me hicieron llorar otra vez. ¿Entendés? (risas) Esa situación que para mí fue angustiante, visto de afuera te morís de la risa, porque es Mr Bean. Para mí lo que hacemos en esta obra es eso.
-¿Por qué reponer, después de tanto tiempo, esta obra con el grupo de trabajo original?
N.C.: –Va a sonar medio existencial, pero en estos momentos de tanta frialdad personal, frialdad desde las inteligencias artificiales y todo eso, la humanidad va ganando y esto es un gesto de humanidad, un hecho artístico propuesto desde la honestidad artística y por suerte que tiene estos resultados. Que la humanidad gane aunque sea un ratito.
C.M.B.: –Claro, es un momento de mierda, de individualismo puro. Occidente está yendo hacia una derecha patética y nosotros, bueno, vamos a aportar un granito de arena de comunidad.
N.C.: –Nos juntamos a hacer teatro, apostando a la poética.
El origen de la risa
Ellos saben que su trabajo sobre el escenario es un drama, pero que su efecto en el público es de comicidad. Por eso, también saben que si rompen ese papel, si muestran un gesto de más, una mueca que no corresponde, rompen la ilusión, ese voyeurismo que habilita la risa. Pero ¿qué los hace reír cuando pueden hacerlo? Martínez Bel asegura que lo hacen reír “las personas que tienen el alma cómica. Si tiene esa chispa, ese brillito en los ojos, esa picardía en el alma de exponerse. Yo doy clases de clown, por lo tanto me río muchísimo con los alumnos, lo disfruto mucho”, enumera.
Caniglia se suma: “Yo soy de amplio espectro”, ríe. “Me gusta, no más que otros, el cine de Buster Keaton. El humor más alocado, me encanta. Disfruto ser espectador. No le estoy buscando la quinta pata al gato, a ver cómo lo hace, o ese tipo de cosas. Y me gusta, me causa gracia la vulnerabilidad, en un sentido amplio. Contrariamente al humor canchero, digamos, si cabe, la vulnerabilidad es lo que hace que te identifiques. Y nos divertimos mucho entre nosotros haciendo la obra. Un montón.”
-Está bueno, porque se divierten haciendo un drama…
C.M.B.: –Es muy divertido llorar, porque estás llorando y al mismo tiempo haciendo un gag, estar angustiado y que se rían de tu angustia, sabiendo que estás construyendo un gag es maravilloso, el placer como doble.
N.C.: –Si, además no hay situación de esas que no haya algo gracioso. Incluso hasta para aflojar tensiones.
C.M.B.: –Claro, fundamental estar expuesto. No me río de otros, es horrible. No, siempre el boludo tiene que ser uno.
Sebastián Ackerman/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón