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La política nacional deportiva, según Osvaldo Arsenio

El área deportiva ha perdido apoyo de la política nacional, a partir de la reducción presupuestaria realizada.

Si bien el deporte y el juego como parte de la cultura humana tienen un recorrido de milenios, recién en los dos últimos siglos, situaciones tanto geopolíticas como sociales (como la irrupción de los medios masivos y las redes sociales) lo transforman continuamente desde sus orígenes, descriptos por filósofos como Huizinga y Cagigal, a esta actualidad como negocio de elevado retorno. Pero, a pesar de ello, el deporte sigue siendo una formidable herramienta inclusiva en cualquier tipo de sociedad.

En general, la política no conoce profundamente ni las cualidades ni el potencial del deporte y la actividad física. En nuestro país, el sistema de clubes permitió, al menos a las clases medias, la práctica deportiva durante el siglo XX. Sin embargo, en la década del ’90 y en los últimos años, han desaparecido alrededor de 1.500 clubes, y unos 500 han sido «gerenciados», eufemismo con el que se denomina a algún tipo de administración privada que lo aleja de su función inicial.

De esta forma, para los sectores más desprotegidos económicamente apenas queda el fútbol, en los potreros o en aquellas iniciativas del primer gobierno de Perón, como los masivos Juegos Evita, que sufrieron luego muchas interrupciones desde su creación. Es claro que hoy nos hace falta un modelo de política deportiva y su desarrollo por varias décadas, lo cual suena poco atractivo para aquellos que piensan la política deportiva en términos de corto plazo.

La ignorancia y la mezquindad, mezcladas en partes iguales, no señalan al deporte como una prioridad. Casi todos los dirigentes hablan de salud, educación y seguridad, y no se dan cuenta que el deporte es una importante herramienta para lograr todo eso.

Con un presupuesto cada vez más bajo; con muy serios problemas en el abastecimiento de los deportes amateurs por el cierre o transformación de los clubes; con insuficiente infraestructura; con un deporte escolar desarrollado solamente en las escuelas privadas; y con institutos de formación docente que cierran o que transforman muchas especialidades con un concepto poco imaginativo de la promoción deportiva, resulta más que claro que este no es el camino y que se requieren otras políticas.

A partir de fuertes consensos y de una integración del deporte de rendimiento con el social y el escolar, con un presupuesto muy superior al actual, se necesitan personas idóneas en su conducción que, desafortunadamente, no sobran. De lo contrario, se seguirá creyendo que los circunstanciales éxitos productos del talento individual o de ideas aisladas de una política de largo plazo, son suficientes. El deporte va más allá de las medallas. Con esa (mala) lógica creeríamos que Kenia o Etiopía, que obtienen varias medallas olímpicas, tienen mejor deporte que Noruega o Finlandia.

Quizá, esta es la pregunta que la política y la sociedad se deben formular: ¿Cuál es el camino que habremos de desarrollar hacia el éxito: el de los países pauperizados que apoyan fuerte a unos pocos talentos o el de una sociedad que desarrolla el deporte y la actividad física en sus distintos niveles?

* Ex Director Nacional de Deportes.

Editorial publicada en Página 12/Deportes

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