
“La tragedia te pasa por encima del cuerpo, pero al mismo tiempo ocurre fuera de ti”, reflexiona la escritora y traductora francesa Neige Sinno en Triste tigre (Anagrama), un libro excepcional por la manera en que analiza las violaciones que sufrió por parte de su padrastro entre los nueve y los catorce años. Ella lo denunció en 1999, cuando tenía veintiún años; él admitió los hechos y fue condenado a nueve años de prisión, pero sólo estuvo detenido cinco. “Es típico de los delincuentes sexuales -precisa la autora que vivió veinte años en México y habla español con una tonada mexicana-, son los niños buenos de la cárcel”.
La escritura literaria, que combina la precisión quirúrgica de la crónica con la lucidez del ensayo, es la mejor arma de Neige (su nombre se traduciría como Nieve) para deslizarse entre géneros y crear un artefacto único, escurridizo, complejo, imposible de catalogar: no es (y es) una novela; no es (y es) un ensayo; no es (y es) una crónica; no es (y es) un testimonio. En las páginas del libro reivindica la escritura de Nabokov y analiza la novela Lolita, pero también explora conexiones con textos de Emmanuel Carrèrre, Annie Ernaux, Virginie Despentes, Maya Angelou, Virginia Woolf y Christine Angot, entre otras.
Un monstruo incomprensible
“¿Qué es exactamente un monstruo sino un ser tan fuera de lo común que no podemos comprenderlo, que no puede comprenderse a sí mismo? ¿Por qué no son monstruos esos tipos que metieron su sexo erecto en el cuerpo de sus hijitos y les susurraron al oído en voz baja para que nadie los escuchara que los amaban más que nada en el mundo?”, se pregunta en una parte de este libro que fue rechazado por veinte editoriales francesas hasta que el editor Fréderic Boyer, de P.O.L, se atrevió a publicarlo en 2023. Triste tigre fue una bomba molotov lanzada sobre la sociedad francesa. Pronto se convirtió en el fenómeno editorial del 2023 y fue cosechando múltiples reconocimientos: el Prix littéraire Le Monde, el Prix Blù Jean-Marc Roberts, el Prix Les Inrockuptibles, el Prix Goncourt des Lycéens, el Prix Femina, el Gran Prix des Lectrices Elle y el Premio Strega Europeo (en su traducción italiana) en 2024.
La escritora francesa, que vino a Buenos Aires a presentar el libro, empezó a escribirlo cuando todavía vivía en México. “Mi hija nació en México y es muy mexicana, aunque sea hija de padres franceses”, cuenta Neige con el acento mexicano vibrando entre sus labios y en la mirada. Como el manuscrito fue rechazado, ella misma, mientras buscaba una editorial que tuviera el coraje de publicarlo, comenzó a traducirse al español. Por eso, en la tapa del libro, debajo del título, aparece la frase “versión de la autora”.
“Mi francés incluye una mezcla entre una lengua académica que he aprendido en la universidad y también la cultura que es la de mi familia, una familia pobre, y que me parece interesante por la peculiaridad de mi lengua. Tuve que pelear algunas cosas en Francia para preservar esa singularidad”, dice Sinno (Vars, Altos Alpes, 1977), autora de la colección de cuentos La Vie des rats (2007), el ensayo literario Lectores entre líneas: Roberto Bolaño, Ricardo Piglia y Sergio Pitol y la novela Le Camion (2018). “Me gusta estar siempre al límite de lo incorrecto en francés y que se mantenga esa peculiaridad porque creo que este libro refleja también una dificultad para hablar, para pensar, para nombrar”.
“Una persona violada es sobre todo una persona que ha estado bajo el yugo, bajo el control de alguien que ha tenido un poder absoluto sobre ella durante un tiempo. La dominación sexual es una manera de sumisión que llega hasta los fundamentos del ser”, razona en la segunda parte de Triste tigre. “Hubo momentos en los que deseé que dejara de controlarse, que me matara de una vez por todas y terminara con eso», reconoce. “Cuando me di cuenta de que en realidad había una salida, se iluminó algo dentro de mí. La revelación de que solo soportaría lo que pudiera soportar, de que podría irme si quisiera, me ha sido de gran ayuda a lo largo de mi vida. Aquel día, cuando me imaginé muerta, probablemente morí un poco, y el fantasma que me sobrevivió es el que ha podido aguantar hasta hoy. La que no pudo aguantar se fue adonde tenía que ir; la otra, la que que quería quedarse, soy yo. Pero la división no es tan sencilla y nos lo recordamos constantemente la una a la otra. Porque no se ha ido lejos, mi parte maldita, a menudo oigo su respiración rápida, su voz jadeante, veo su reflejo en los espejos, se cuela en mis sueños. Siempre está ahí, esperando quién sabe qué”.
“Demasiado dolor no deja pensar”
-“Amigo lector, amiga lectora, mi semejante, mi hermana” (…) cuidado con mis palabras, siempre llevan máscaras. No tomes este texto en su conjunto como una confesión”, plantéas. ¿En esta interpelación hay un rechazo a la idea de testimonio?
-Sí, un poco empiezo este juego con el lector, que se está preguntando de qué género es el texto que está leyendo y podría parecer al principio que es algo confesional, que tiene algo de diario íntimo, que se puede asemejar más a un ensayo, a otros tipos de textos. Cuidado: no es ficción. No es un ensayo, no me leí todo, pero construyo un pacto con el lector, que sé que me va a tener empatía porque además es autobiográfico, está escrito en primera persona y el lector o la lectora va a tener empatía con una víctima. Al momento de escribir pensaba que demasiada empatía puede generar dolor y que demasiado dolor no nos deja pensar. Entonces estoy construyendo siempre un espacio para pensar. Lo de las máscaras es una cita de Charles Baudelaire de Las flores del mal. Aunque es un juego literario, también aparece la pregunta filosófica, porque el mal está en todos nosotros.
-¿Cuestionás del testimonio que demasiada empatía hacia la víctima impide pensar?
-No estoy segura, no soy especialista ni teórica. Lo que me pasa en el libro en relación a este tema es que cuestiono también el rechazo al testimonio. ¿Por qué tengo este rechazo hacia lo testimonial? ¿Por qué quiero estar en otro lugar? ¿Por qué nunca me atreví a escribir en primera persona? ¿Por qué tengo miedo de que si se percibe como un texto testimonial el lector lo va a juzgar como subliteratura? Yo misma como lectora, ¿por qué hago esto? Hay un trabajo en el texto para enfrentar este rechazo y al final del libro aparece una reconciliación con la idea de testimonio como un género entre otros; puede haber testimonios malos y testimonios buenos y puede ser también un arma para escribir. Tengo que deconstruir mis prejuicios, que son de mi información intelectual. Quizá el testimonio hace que la víctima nunca salga de ese papel de víctima, que quede presa de esa situación. No quiero que el lector esté en el lugar del voyeur; esa idea de espiar por el ojo de la cerradura. Además, es una crítica que se hace mucho a los testimonios, que cuentan cosas duras, cruentas, violaciones: “No quiero leer esto, no quiero ser un voyeur”. Me ayudó mucho a reconciliarme con el testimonio un trabajo de (Georges) Didi Huberman, El testigo hasta el final, porque el testimonio es un género literario que puede ser también universal. ¿Por qué el testimonio sería inferior a escribir una novela? El testimonio no es inferior ni superior. En el libro articulé un espacio para que pudieran aparecer estos cuestionamientos sobre el género, porque no puedo negar mi condición de testigo y víctima a la vez de lo que me pasó. ¿Por qué no usarlo? Es algo interesante también, me da una legitimidad en relación con el lector. La escritora chilena Alejandra Costamagna me decía que algunas cosas que hago en el libro las puede hacer solo alguien que ha sido víctima, por ejemplo, el sentido del humor y tener un poco de ironía en relación a esa experiencia. Si lo hace alguien que no lo ha vivido, puede resultar super controvertido. Entonces, ¿por qué no usar este lugar extraño que me toca para hacer algo interesante a nivel literario? Yo soy una testigo peculiar porque he vivido un abuso, pero también soy una persona que ha estudiado literatura y que tiene esta doble mirada.
No nombrar al victimario
-Hay algo que desplegás y es este prejuicio de que las víctimas de abuso sexual infantil no pueden ser personas normales. ¿Por qué la víctima siempre es puesta en un lugar de anormalidad?
-No estoy segura de por qué sucede esto…podría haber escrito un libro intentando reproducir la voz de la niña que fui y la mujer que soy ahora en contraste; pero yo estoy buscando añadirle capas de complejidad. Hay tantas víctimas, hay tantas personas que han vivido lo mismo que yo o algo similar: una persona de cada diez es la cifra que circula en Francia. Somos personas que pasamos desapercibidas; es algo que va silenciado. Entonces es obvio que somos gente normal. En las presentaciones del libro, me pasa que siempre se acerca alguien a pedirme que le firme el libro y me dice “a mí también me pasó” o “le pasó a mi hermana”.
-Es extraña la sensación que genera que el nombre de tu padrastro no aparezca, se podría pensar que es para protegerte legalmente porque él fue condenado, estuvo en la cárcel y ahora está en libertad; pero también porque al no nombrarlo se universaliza más la figura del violador. ¿Qué reflexión te suscita esta tensión entre nombrar y no nombrar?
-Hubiera podido poner una inicial, lo pensé también, llamarlo “L”, “S” o cualquier letra. Lo intenté de varias maneras y me parece interesante que esté esa presencia amenazadora, porque es amenazador también alguien que no está nombrado, que es el victimario, el padrastro, el violador, el agresor. No nombrarlo tiene estas dos funciones: no enfocarnos en él, no darle demasiado espacio. En el primer capítulo hago un “retrato de mi violador” y digo todo lo que sé de él… a lo mejor vamos a poder acercarnos un poco al desafío de qué pasa en la cabeza del agresor. Pero al renunciar a esta hipótesis ya no necesito nombrarlo porque no nos va a dar más información saber cómo se llama. Pero entiendo también que hay textos testimoniales que nombran al victimario, que es una forma de que quede marcado, de poner las cosas en su lugar. Que también es válido. Pero en este caso me parecía un poco complejo y no sé cómo hubiera resultado, con la recepción que ha tenido el libro, que su nombre apareciera. Creo que fue una buena decisión no nombrarlo.
Contra el “final feliz”
-La narradora observa con cierta ironía que su padrastro reconoció los hechos y que eso fue un alivio en términos judiciales porque evitó que sea la palabra de ella contra la del abusador. Y después de esto narra una escena de sodomía con una zanahoria. ¿Fue una estrategia narrativa apelar a esta combinación de ironía y descripciones muy duras?
-Sí, siempre voy hasta las últimas consecuencias. Yo tuve mucha suerte de que él reconoció los hechos y llevo esto a sus últimas consecuencias. ¿Esto quiere decir que le tengo que agradecer a mi violador? El lector se queda pensando: “Qué suerte tuvo, porque en muchos casos lo niegan”… Pero cuando no lo niegan, tampoco está bien. Nunca quedamos satisfechos. Y con la cárcel pasa exactamente lo mismo. Él fue condenado, tuvo su castigo, pero no quiero quedarme solamente ahí. Quiero indagar y que realmente pensemos, ¿tú crees que esto permite un final feliz para una víctima? Claro que no; entonces quería seguir en el lugar paradójico y ambivalente porque así es para mí; no hay solución buena porque no voy a salirme con un final feliz. No lo hay. No puede haber final feliz para una niña violada.
-En la primera parte se ve a la narradora cuando era niña y el lugar de fragilidad y vulnerabilidad respecto de ese padrastro. Pero en la segunda parte ya no es vulnerable. ¿es un libro en el que se pasa de la debilidad de la víctima al poder de la palabra, de la literatura?
-Hay muchas formas de empoderarse: los estudios es una forma de empoderamiento; la palabra, poder escribir, irse a otro país; tener un círculo social que te cree, que te apoya, tener amor alrededor. Soy consciente de que escribí este libro desde un lugar de solidez y de privilegio que tal vez me lo he ganado, pero aún así no sé si es un privilegio no estar destruida psicológicamente y poder atreverme a aguantar la mirada cruel de la sociedad. Escribí el libro porque pude y este empoderamiento lo uso para restablecer cierto orden y luchar contra el otro poder que ha sido mi opresión durante mucho tiempo. Hay un cliché que tiene que ver con que en algún momento pensé que me pasó esto porque éramos pobres y no teníamos recursos, porque mi mamá no tenía manera de estar sola con cuatro hijos y porque él era el proveedor de la familia. Un prejuicio que circula es que estos abusos ocurren en las clases bajas, pero sucede en todas las clases sociales. Pero es algo que no sabía antes de escribir el libro.
Culpar a la madre es patriarcal
-Otra cuestión interesante es el rol de tu madre. “La madre es culpable. Estoy de acuerdo, no la perdoné durante los diversos procesos de ira y reparación que tuvieron lugar a lo largo de los años, pero no es ella la que me violó”, afirmás. ¿En qué momento pudiste llegar a esta comprensión? ¿Cuando fuiste madre y tuviste que proteger y entonces viste a tu mamá de otra manera?
-Yo creo que fue antes de ser madre porque es un tema que llevo hablando muchos años por el juicio y luego con mis amigas y en los círculos feministas. Me di cuenta de que la sociedad siempre culpa a la madre primero y me parece que culpar a la madre es una forma de la negación, como si fuera el papel de la madre el que permitiría que no hubiera abusos. ¿Qué quiere decir eso? Que si es el papel de la madre, no es el papel de la sociedad; es una forma en que la sociedad encuentra un chivo expiatorio en la madre; es una argumentación patriarcal. Pero no voy a negar que yo también estoy atravesada por esto y que durante mucho tiempo culpé a mi madre. Pero si queremos poner las cosas en su lugar, su responsabilidad no es la principal. Me parece muy injusto y contraproducente echarle la culpa a las madres, como si la madre fuera la única garantía de mantener la familia sana.
-¿Por qué la ficción es lo que más te interesa del mundo, como decís en Triste tigre?
-No lo sé… la literatura fue un refugio, pero por qué me proyecté siempre como alguien que iba a escribir ficción, que iba a escribir novelas, no lo sé muy bien. Una hipótesis es que de una forma muy oscura crecí conociendo el poder de la mentira. Y la mentira y la ficción están muy relacionadas. El poder de las historias es algo que intento deconstruir en el libro. No quiero que mi versión de los hechos sea la única, prefiero que el lector siempre tenga su posibilidad crítica, que sea consciente de que el libro es una construcción, aunque parezca sincero, honesto. La ficción es fundamental para mí, pero también me da miedo, una mezcla entre atracción y repulsión.
Silvina Friera/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón