
Entre la parodia y el humor negro, la comedia sigue a un subcomisario de la Bonaerense en el caso de su vida. Con guiños reconocibles a distintos géneros, los chistes se asientan sobre la corruptela, la ineficiencia, el tono y color del otro lado del Puente Pueyrredón.
Es de noche en el sur del conurbano y se oye el inconfundible rechinar de la suspensión de un colectivo de la línea 17. Dentro de un coche destartalado que va por la mano contraria, dos conspicuos representantes de la Bonaerense debaten sobre la cáscara del maní. Frenan cerca de lo que parece un aguantadero, pero resulta ser una pizzería que recién abrió en la zona y aún no hizo la “colaboración” pertinente. Así es el comienzo de Gutierrez is mai neim.
En esa jurisdicción imprecisa entre Capital y Lanús, aparece el cadáver del embajador ruso con un tiro en la frente. La investigación recae sobre Roberto Gutiérrez (Darío Barassi), un curtido oficial con los peores yeites del oficio, y su infaltable ladero, el teniente Rubén Torcoletti (Yayo Guridi), tan afecto a las trapisondas como su jefe. La primera intención de la dupla será sacarse el trabajo de encima, hasta que la CIA decide tomar el caso “por órdenes de arriba” y porque los propios protagonistas se encargaron de ensuciar la escena del crimen. Convencido de que el atentado podría originar la Tercera Guerra Mundial, el hombre del título se imagina rompiéndola en un policial con algo de western, aunque, yendo a los bifes, la historia esté mucho más cerca de una improbable mezcla entre División Palermo y Policías en acción.
“Yo te huelo una factura y sé de qué panadería es; veo una tira de asado y te digo con nombre y apellido quién fue el carnicero que la cortó. ¿Se están choreando un auto? Sé dónde lo están desguazando en el momento”, dirá este Torrente ensamblado más allá del Puente Pueyrredón. Amén del misterio a resolver, el verdadero interés de Gutiérrez is mai neim es describir los usos y costumbres de sus personajes y hábitat: la presencia de horneros en una cámara de seguridad, la adicción al celular por parte de los oficiales, robarle el altoparlante a un chatarrero para hacer un operativo o que un decomiso de cocaína reduzca suculentamente su peso entre un episodio y otro. Más espasmódico que satírico, el humor de la entrega pasa por la seguidilla de yerros y gajes policiales en esa zona que los canales de noticias aman denostar.
Aferrada a los códigos de la buddy cop, gran parte de la propuesta descansa en el ir y venir de la dupla conformada por Barassi y Yayo. “¿Persecución o bondiola?”, pregunta uno de ellos en medio de una de sus andanzas. La química es destacable, al igual que la de varios personajes secundarios como la sargento Ventura (Juli Savioli) y ese abogado émulo de Saul Goodman (Alfredo Castellani). A esto se suman las minucias de los zócalos televisivos (“Cuando los extranjeros no rompen las pelotas, tenemos resultados”) y ese tono burlonamente cínico en cada escena. De un bingo a una cancha de fútbol 5 bajo la autopista, de un geriátrico a un telo “temático… muy juguetón”, pasando por oficinas estatales que parecen haber quedado en los 80, el showrunner Jesús Braceras (Monzón, Barrabrava) y el guionista Leonardo Oyola (Kryptonita) saben muy bien cómo exprimir las coordenadas del género y de un territorio recontra conocido. En definitiva, acá no habrá discusiones sobre eso de “proteger y servir”, y menos acerca del sabor de las donas: acá hay cometa y pizza al molde, según la preferencia del subcomisario.
(reciente estreno de Disney+), una comedia de ocho episodios sobre el accionar de un subcomisario frente al caso de su vida.
En esa jurisdicción imprecisa entre Capital y Lanús, aparece el cadáver del embajador ruso con un tiro en la frente. La investigación recae sobre Roberto Gutiérrez (Darío Barassi), un curtido oficial con los peores yeites del oficio, y su infaltable ladero, el teniente Rubén Torcoletti (Yayo Guridi), tan afecto a las trapisondas como su jefe. La primera intención de la dupla será sacarse el trabajo de encima, hasta que la CIA decide tomar el caso “por órdenes de arriba” y porque los propios protagonistas se encargaron de ensuciar la escena del crimen. Convencido de que el atentado podría originar la Tercera Guerra Mundial, el hombre del título se imagina rompiéndola en un policial con algo de western, aunque, yendo a los bifes, la historia esté mucho más cerca de una improbable mezcla entre División Palermo y Policías en acción.
“Yo te huelo una factura y sé de qué panadería es; veo una tira de asado y te digo con nombre y apellido quién fue el carnicero que la cortó. ¿Se están choreando un auto? Sé dónde lo están desguazando en el momento”, dirá este Torrente ensamblado más allá del Puente Pueyrredón. Amén del misterio a resolver, el verdadero interés de Gutiérrez is mai neim es describir los usos y costumbres de sus personajes y hábitat: la presencia de horneros en una cámara de seguridad, la adicción al celular por parte de los oficiales, robarle el altoparlante a un chatarrero para hacer un operativo o que un decomiso de cocaína reduzca suculentamente su peso entre un episodio y otro. Más espasmódico que satírico, el humor de la entrega pasa por la seguidilla de yerros y gajes policiales en esa zona que los canales de noticias aman denostar.
Aferrada a los códigos de la buddy cop, gran parte de la propuesta descansa en el ir y venir de la dupla conformada por Barassi y Yayo. “¿Persecución o bondiola?”, pregunta uno de ellos en medio de una de sus andanzas. La química es destacable, al igual que la de varios personajes secundarios como la sargento Ventura (Juli Savioli) y ese abogado émulo de Saul Goodman (Alfredo Castellani). A esto se suman las minucias de los zócalos televisivos (“Cuando los extranjeros no rompen las pelotas, tenemos resultados”) y ese tono burlonamente cínico en cada escena. De un bingo a una cancha de fútbol 5 bajo la autopista, de un geriátrico a un telo “temático… muy juguetón”, pasando por oficinas estatales que parecen haber quedado en los 80, el showrunner Jesús Braceras (Monzón, Barrabrava) y el guionista Leonardo Oyola (Kryptonita) saben muy bien cómo exprimir las coordenadas del género y de un territorio recontra conocido. En definitiva, acá no habrá discusiones sobre eso de “proteger y servir”, y menos acerca del sabor de las donas: acá hay cometa y pizza al molde, según la preferencia del subcomisario.
Federico Lisica/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón
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