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El Ávido Espectador, con la dirección de Carolina Adamovsky, en el Cervantes

El Ávido Espectador, con la dirección de Carolina Adamovsky, en el Cervantes

El ávido espectador es la última pieza que escribió el actor, dramaturgo, director y docente teatral Alejandro Zingman, quien murió el 29 de enero de 2024. En septiembre de ese año se hizo un homenaje en la sala Luisa Vehil del Teatro Nacional Cervantes y un elenco integrado por Carolina Adamovsky, Andrea Garrote, Analía Sánchez, Mariano Sayavedra y Guillermo Jacubowicz puso en escena, en formato de teatro leído, aquel texto final. Acaba de estrenarse en la sala Orestes Caviglia con dirección de Adamovsky, íntima amiga del creador.

“En la última etapa de su vida, ya muy enfermo, él estaba escribiendo esta obra. Alejandro era un apasionado del teatro, eso lo sostenía. Murió pocos días después de haber cerrado la última corrección. Con un grupo de amigas lo acompañamos en esa etapa y él nos contaba sobre este proyecto, cada tanto nos daba el texto. Andrea Garrote era otra gran amiga suya y se coacheaban las obras. Teníamos la ilusión de leerla en su casa antes de su muerte pero no lo logramos. Cuando falleció dejó la obra sobre su escritorio y en algún momento él mismo fantaseó con el estreno, aún sabiendo que no iba a estar”, recuerda Adamovsky.

Ese sueño se hizo realidad y la directora subraya varias veces la alegría de poder estrenar la última pieza de su amigo para completar aquel homenaje iniciado con la lectura. “Creo que la obra es un homenaje al teatro, a la generación que formó un grupo como el Caraja-ji en los 90 (Zingman perteneció a aquella mítica formación). Él alude a muchos dramaturgos y directores sin nombrarlos y hace humor con su propia muerte porque sabía que cuando se estrenara ya no iba a estar”, dice.

El ávido espectador retrata a un grupo de amigos que se reúne a comentar la obra de teatro que acaban de ver. La estructura propone un juego de cajas chinas y el público tendrá un rol clave para ir descifrando qué hay detrás de las acciones de los personajes interpretados por Javier Lorenzo, Juliana Muras, Analía Sánchez, Mariano Sayavedra, Carolina Tejeda y la propia Adamovsky, quien asegura que está “brillantemente escrita” y destaca el humor teñido de absurdo.

–El gran tema de la obra es el teatro. ¿Cómo fue el abordaje de algo que para ustedes es tan cercano?

–Había que trabajar mucho el código y la mirada del espectador. En los primeros ensayos les decía que no había que actuar como actores porque estos personajes no saben actuar, son espectadores. Pensamos mucho en las escuelas de espectadores, esos grupos que se juntan para ver teatro y son unos verdaderos apasionados. A Alejandro le gustaba muchísimo pensar el teatro y la actuación. Acá él hace una reflexión shakesperiana sobre los actores de una manera muy humana y conmovedora.

El elenco refleja el espíritu de amistad con el que Zingman escribió el texto. Casi todos los actores eran amigos y estuvieron presentes en aquella lectura de 2024; las otras incorporaciones fueron pensadas en esa misma sintonía. Al inicio del proceso Adamovsky se veía como actriz, pero finalmente se animó también a la dirección porque “tenía la obra en el cuerpo”. Carolina interpreta a Natalia, pero comparte el rol con su tocaya, Tejeda. “Necesitaba armar un elenco muy amoroso y con mucha entrega, quería gente que se dejara atravesar por la emoción de hacer la obra póstuma de Alejandro”, subraya.

–La pieza repone el gesto de una época. ¿Qué es lo que ven cuando miran para atrás? ¿Qué dejó esa generación de los 90?

–Hay algo de nostalgia y ternura porque la obra habla del paso del tiempo y de los cambios que hubo a partir de los 90 en el campo teatral. Supongo que las generaciones más jóvenes no identificarán con tanta claridad a ciertos directores, pero para nosotros hay muchas resonancias. En la postdictadura esa generación vino a repensar el teatro, la actuación, los lenguajes. En los últimos años aparecieron autores jóvenes buenísimos, pero no sé si podríamos identificar con tanta claridad ese sello autoral al que alude esta obra.

El ávido espectador también habla de los distintos circuitos; el off, el comercial, el oficial. Adamovsky dice que hoy esas fronteras están más difusas y todo está más mezclado porque “ya no existe un teatro comercial con estrellas de la televisión como antes” y “el sistema absorbe rápidamente las obras que funcionan, salvo aquellos directores que quieren conservar la identidad de sus obras y continúan trabajando en lugares muy específicos”.

El absurdo es un lenguaje que está presente en el texto y que a la directora le interesa particularmente. “Me gusta esa frontera entre lo cómico y lo siniestro o angustiante. A diferencia de la comedia, te reís pero el sentido se destruye rápidamente, conectás con el sinsentido y aparece algo más existencialista que incomoda. Pienso mucho en esto cuando dirijo, en ese vacío que produce el absurdo”, explica Adamovsky, y enumera algunas producciones cinematográficas que guiaron el proceso.

En ese listado aparecen las comedias absurdas y existencialistas del sueco Roy Andersson, las más pictóricas del estadounidense Wes Anderson y algunas del nuevo “enfant terrible” del cine francés, Quentin Dupieux, como El segundo acto (2024) o la celebrada Yannick (2023), cuya trama está situada justamente en una sala de teatro y tiene como protagonista a un espectador que abandona su rol pasivo en la butaca y sube al escenario. Ese gesto pirandelliano está presente en El ávido espectador: los personajes toman conciencia de su propia condición y problematizan la obra de la que forman parte.

Consultada sobre la escena actual y el rol de las nuevas generaciones, Adamovsky –quien también se desempeña como docente en la UNA– dice que necesita escuchar a sus estudiantes porque su experiencia es de otra época y habla de “chicos mucho más desprejuiciados”, aunque también señala que hoy quizás se perdió “la mística que había en torno a la figura del maestro y la idea de un proceso” extendido en el tiempo. En relación a los desafíos para producir, Adamovsky celebra la impronta porteña (“hay mucha gente que quiere hacer teatro, se produce por pasión y compulsión”), pero define el contexto como “nefasto” por la falta de presupuesto. “Hoy tenemos el privilegio de poder estrenar en el Cervantes, donde los salarios están tan precarizados como en el resto de los rubros de trabajadores estatales; en la universidad pública estamos cuestionando el inicio del cuatrimestre porque los salarios son paupérrimos y quedaron totalmente atrasados entonces es muy triste la realidad cultural de Argentina hoy”, concluye.

*El ávido espectador podrá verse de jueves a domingos a las 21 en el TNC (Libertad 815). Entradas disponibles por Alternativa Teatral.

Laura Gomez/Página 12-Espectáculos

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