
Mediando mayo, aquejado por una crisis económica que lo afecta bravo como a muchos músicos de su generación, Edelmiro Molinari echó mano a su red social y la picó fuerte: “Te ponen en un sistema donde sos un ‘chow’ más y con las condiciones que a ellos se les antoja. En los festivales no te llaman excepto que alguna compañía imponga su voluntad (Para las compañías estamos encajonados)”, escribió el guitarrista, en obvia referencia a las formas magras, irrespetuosas, con que se maneja buena parte de la industria musical argentina, hoy. A colación, se refirió también a cómo esa situación lo afecta personalmente, al punto extremo de temer por quedarse sin la vivienda que alquila en Florida, donde vive con su familia. El mensaje duró poco en Instagram, pero lo suficiente como para que medio mundo sepa de él, y prenda su mecha de amor.
Que el tipo que diga algo así sea Edelmiro Molinari es demasiado. Alcanza con echar un vistazo a su pasado. Desde aquel 1965 en que compartía albores musicales en Los Sbirros junto a Emilio Del Guercio y el nacimiento de Almendra dos años después, fruto de la unión con Los Larkins (Luis Alberto Spinetta + Rodolfo García), hasta este presente, han pasado seis décadas de música. En el temprano devenir no solo se transformó en un guitarrista estupendo, groovero, creador de climas tan espesos como oníricos, sino también en un cantante de fornida y singular voz.
Y en un gran compositor, claro. De su pluma emergieron gemas de Almendra como “Color Humano”, “No tengo idea”, “Mestizo”, “Amor de aire”, “Verde llano” y “Aire de amor”. Suyas también son todas las de Color Humano, aquella banda de sonido extraño y maravilloso que Edelmiro armó en la década del setenta, yendo más allá de su búsqueda con Almendra. Y que desarmó –temporalmente- cuando emigró a California, donde tocó el bajo en Romances de Gesta, segundo disco solista de Ricardo Soulé (guitarrista de Vox Dei), y se nutrió de inspiración tocando con negros bluseros.
Previo retorno de Almendra entre 1979 y 1980, llegaron su disco debut como solista, secundado por Skay Beilinson (Edelmiro y la Galletita), y el retorno de Color Humano a caballo de un disco en vivo en The Roxy. Hasta que, entrado el nuevo milenio, el guitarrista publicó dos trabajos más: Expreso de agua santa (“un disco con un sonido y una onda impresionantes”, recuerda ahora) y Contacto, último trabajo a la fecha en que participaron Chizzo Napoli, Gabriel Jolivet, Uki Tolosa y Skay.
“El mensaje que publiqué en las redes sociales fue una manifestación de corazón acerca de lo que me está pasando, y de lo que nos está pasando a muchos músicos argentinos porque, salvo aquellos que tienen la suerte de pegarla y hacerse millonarios, la vida del músico aquí es durísima. Incluso para aquellos que tenemos una trayectoria, una historia”, retoma Edelmiro, dos meses después de la catarsis, y con dos shows que suceden como reacción. Uno, muy emotivo, que ya dio en el Teatro Gardel de Lanús el sábado 12 de julio. Y otro que dará el martes 29 de julio a las 22.30 en Bebop Club (Uriarte 1658). “La repercusión que tuvo mi mensaje entre la gente me insufló de ánimo positivo, porque esto le está pasando a muchos, también”.
-Duele doble lo que está pasando porque ustedes fueron los que fundaron el rock argentino, y no solo eso. También le dieron un desarrollo, una identidad hermosa, única en el género de habla hispana, para que luego se monte en nombre de esa historia un negoción que los deja afuera.
-La solución está en entrar en acción y que se generen cosas, creo. Es lo que venimos haciendo desde que empezamos.
La acción directa e inmediata será pues el concierto en Bebop donde Edelmiro, fiel a su estilo, no quiere anticipar qué temas tocará, simplemente porque no lo sabe. “Cuando tocás, cada lugar en que lo hacés te sugiere cosas distintas. Vos podés programar algo, sí, pero lo que se va a dar ahí es único. Así son las cosas en la vida”, señala, con 78 años y tras dos delicadas intervenciones quirúrgicas de las que salió airoso. Lo único seguro es que se presentará en formato dúo con Sebastián Peyceré en batería, y él en todo lo demás.
“Me gusta este formato porque vengo con el ritmo de siempre, de toda la vida, y me interesa tocar con una persona que siga eso, ese ritmo. La intención, quiero decir, es tocar con un músico de ritmo y listo, porque si el flujo musical se da, se da así”, asegura. “Con la guitarra vos podés tocar los acordes, el ritmo, un poquito de la melodía, un poco de los bajos y simular que tocás todo. Y es muy divertido eso, una manera muy linda de encarar un instrumento que es para soñar, para tirarse a la pileta. Sobre todo cuando con tu compañero trabajás con total libertad ¿no? Con Sebas puedo tocar la viola eléctrica con total libertad, porque ralentamos, aceleramos, movemos el ritmo tal como lo sentimos en cada momento.”
Para dar con ese fin, Molinari se nutre de un organizador polifónico de octavas, aparatejo que lo socorre en eso de ir mutando sonidos de instrumentos sin cambiar de manos. “Es una búsqueda muy linda, siempre me la planteé. Incluso desde muy joven, cuando se separó Almendra, y había que seguir otro camino. Por eso, esto de tocar solamente con un hombre de ritmo como Peyceré es una continuidad de mi historia. Y no es algo complejo, porque simplemente tocamos canciones. No hacemos arreglos instrumentales para que se diga, ‘guau, qué genios, cómo tocan todo, diez mil millones de notas’… no, no, porque nuestros corazones laten por las canciones que nos marcan”
Si bien mantiene bajo un manto de misterio cuáles de esas canciones hará en la próxima función, Edelmiro no descarta un par del citado Expreso de Agua Santa, bellísimo disco solista que publicó hace dos décadas (ojalá estén “Para Jidu”, “Atemporal” o “Teta de Amor”) en el que, además de su actual ladero, tocaron Carca y el bajista uruguayo Daniel Maza. Por lo escuchado en sus últimas presentaciones, tampoco faltarían varios de los clásicos de Almendra y Color Humano que llevan su rúbrica, además de “Vuelo 144”, tema del disco que grabó con Soulé en Romance de Gesta y con Skay en Edelmiro y la Galletita (ambos en 1982), y con el que a menudo abre los shows.
“Ese tema lo hice en el avión mientras regresaba a Los Ángeles luego de haber visitado a mi madre enferma”, recuerda Edelmiro. “La melodía se me ocurrió en pleno vuelo. Y, ni bien llegué a casa, la grabé en un grabador multitrack, que en ese entonces era algo bastante nuevo. Le puse así al tema porque justamente ese grabador tenía el número 144. En ese momento, ese grabador te daba la posibilidad de ir registrando rápido las ideas que te venían”.
-El sonido del vinilo que incluye el tema -el que grabaste con Skay- es impecable, muy profundo, nítido… muy de principios de los ochenta. ¿Influyó la técnica de la época?
-No creo. Creo más bien que lo que influye siempre es el sonido de uno, y esto es una cosa fundamental. No es global, quiero decir, sino el sonido que uno saca de las cosas. Puedo hablar también del sonido de Skay, claro. O del de Carca, o del de Chizzo de La Renga, que tiene un piletón de experiencias increíble.
-Ya que lo mencionás, con Chizzo grabaste “Pucará”, otra canción recurrente en tus conciertos de los últimos años, que está en Contacto, tu último disco. ¿En qué te inspiraste?
-Se me ocurrió mirando amaneceres sobre las sierras de Carpintería, pueblo de San Luis en que viví durante otro pasaje de mi vida. Era algo maravilloso y mágico eso, porque veías todo el borde de las sierras. Pasó que luego lo relacioné con algo que apareció en uno de los torrentes tremendos de agua que a veces bajan de las montañas, y que me llamó profundamente la atención: un brazo con una especie de grillo, una cadena, vestigio de que los españoles encadenaban a los comechingones en las montañas y los dejaban morir así. Y, bueno, ese vestigio yo lo conecto con el espíritu de nosotros, del pueblo. No hace falta que seas nativo, porque nosotros ya somos criollos y tenemos esa conjunción entre todos. Así nació “Pucará”.
-Una canción de resistencia…
-Una una canción de resistencia, sí, porque justamente lo que necesitamos como pueblo es juntarnos en ese pucará espiritual, y unirnos. La lucha contra la opresión sigue y nosotros, como buenos criollos que somos, tenemos que manifestarnos y vivir como tales, en nuestra tierra.
-Tal vez venga al caso. En el show del Teatro Gardel de Lanús también hiciste “Adónde está la libertad” –otra de Contacto- y sonó impresionante ¿Que la hayas elegido para tocar entre tantas versiones posibles de Pappo tiene algún vínculo con lo que está pasando hoy, en el país?
-Eso que lo sienta o lo piense la gente que lo escucha. En mi caso, se trata de tocar algo que compartí con un compañero de ruta que hizo este tema hace como 50 años. Es una manera de traerlo al presente, y de andar en motos espiritualmente.
-¿Cómo analizás el presente en perspectiva ideológica, Edelmiro? Siempre fuiste, de los cuatro Almendra, el que menos manifestó su ideología política, al menos públicamente.
-Es cierto eso. Pero me pasaron muchas cosas, de todas maneras.
-¿Por ejemplo?
-Bueno, cuando tenía 5 años caminé de la mano de Juan Domingo Perón. Fue algo que me pasó.
-¡Ah, bueno!… no se sabía mucho de eso. Flor de data.
-Sí, sí, así fue.
-¿Y cómo fue?
-En Salsipuedes, en las sierras chicas de Córdoba. Te cuento: Perón era una persona muy austera cuando salía de vacaciones. Se tomaba cuatro o cinco días, y nadie se enteraba de dónde estaba, porque no se hacía ninguna fanfarria con eso. Por las mañanas, él solía salir a caminar por las callecitas serranas, y lo podías ver tranquilamente. Una vez yo estaba ahí, justo, porque mi abuelo era jubilado de la policía y fuimos de vacaciones. Ahí fue que pasó la anécdota de caminar junto a Perón, que era un tipo maravilloso.
-¿Eran peronistas en tu familia?
-Sí. Mi padre daba absolutamente la vida por Perón, y por Evita. Y mi padrino, Arístides Boledi, que era escultor, fue el único artista para el que Evita posó, y el realizó un busto que está guardado en el museo. De corazón, mi familia era absolutamente peronista porque era del pueblo. Yo recuerdo haber visto pasar los Gloster Meteor que bombardearon Plaza de Mayo en el ’55 desde la terraza de mi casa, que quedaba cerca de la ESMA. Mi madre me pedía a los gritos que baje, por si pasaba algo malo. Tremendo fue eso.
-¿Y tu padre? ¿Qué pasó con él?
-Bueno. Después del golpe del ’55 mi viejo pasó a ser un perseguido. Fue una época muy triste aquella. La gente lloró mucho. Yo nunca vi llorar a Buenos Aires como cuando pasó eso. Nunca la vi tan triste. Fue realmente profundo. Durante toda la época de proscripción del peronismo, mi padre no conseguía trabajo y tenía que trabajar de manera furtiva. Fue una parte muy dura para nosotros.
-¿Alguna comparación con la tristeza que se vive hoy? En la última nota con Página/12 dijiste se estaba viviendo mal en términos espirituales y morales.
-Bueno, es muy diferente, porque no se pueden comparar las épocas. Las angustias también cambian y por eso, para enfrentarlas, pido siempre que haya unión entre nosotros. Una unión criolla, de corazón.
Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos
MG Radio 24 Villa Pueyrredón