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China, Muralla contra la Pobreza: cómo el gigante asiático eliminó la indigencia

China, Muralla contra la Pobreza: cómo el gigante asiático eliminó la indigencia

Las discusiones teóricas y doctrinarias sobre la naturaleza del sistema chino son puestas entre paréntesis cuando los resultados se imponen con la fuerza de los números: el modelo político, económico y cultural del gigante asiático –ya sea de carácter comunista, socialista o capitalista de Estado- erradicó hace cinco años la indigencia, sacando de esa condición a 800 millones de personas. Los datos, corroborados y avalados por el Banco Mundial, acompañan el fabuloso crecimiento que experimentó la República Popular China en las últimas cuatro décadas, pero responden, además, a una voluntad política concreta.

Es precisamente la historia de esa proeza lo que cuenta el libro China, muralla contra la pobreza, escrito por los periodistas Néstor Restivo y Gustavo NG y publicado por la editorial Corregidor, con prólogo de Fortunato Mallimaci. El trabajo es -acaso involuntariamente- apologético: sin profundizar en los desafíos, las contradicciones y los defectos que pueda tener “el modelo chino”, restringe su campo de trabajo a la exposición y el análisis de cómo, cuándo y por qué el PCCh encaró la titánica tarea de erradicar la pobreza extrema del segundo país más poblado del mundo (acaba de ser superado por la India en ese rubro).

La enumeración de cifras y estadísticas resulta en ocasiones abrumadora, pero debe decirse, además, que las dimensiones de todo lo que ocurre en China invitan al estupor. Para dar un ejemplo: la inversión del gobierno para derrotar la indigencia fue, a lo largo de los primeros ocho años de la presidencia de Xi Jinping (asumió en 2013) de 1.6 billones de yuanes (unos 246 mil millones de dólares). En ese plan, multidimensional, trabajaron tres millones de personas, entre cuadros del PCCh, voluntarios, integrantes del Ejército Popular de Liberación y empresarios (“diez mil empresas ayudan a diez mil aldeas” fue uno de los programas). Y todo es así, a lo grande.

Las particularidades de la idiosincrasia china sugieren manejarse con cautela a la hora de soñar con extrapolar el éxito del “caso chino” e implantarlo, por ejemplo, en la Argentina. El libro de Restivo y NG describe con rigurosidad la aceitada maquinaria estatal que se complementó con iniciativas de mercado. Pero en China también ocurre al revés: los actores privados se acoplan a iniciativas del Estado. Hay un aditamento, que podría resumirse en las tres palabras que los autores eligieron para el subtítulo del trabajo: “compromiso, organización y patriotismo”.

Tras leer sobre políticas, métodos y herramientas del Estado chino para erradicar la indigencia, una tradición filosófica (que suele tener más adeptos entre los liberales occidentales pero alude al ancestral sentido práctico de los chinos) se impone sobre todas las demás: el pragmatismo. La famosa frase de Deng Xiaoping (el líder que inició el proceso de “Reforma y Apertura” tras la muerte de Mao Ze Dong) “Da igual que el gato sea blanco o sea negro. Lo que importa es que cace ratones”, aplica también para explicar la heterodoxia con que el gobierno encaró la pelea contra una pobreza –en muchos casos-ancestral.

Quedan en evidencia diversos factores: desde la capacidad para involucrar a grandes empresarios en la “gesta” (a través de incentivos de diversa índole) hasta la decisión de minimizar la vocación asistencialista en favor del estímulo a la creatividad, la identificación de soluciones específicas para situaciones especiales y –otra palabrita “difícil”- el “emprendedurismo” de los sectores menos favorecidos.

El proceso de “Reforma y Apertura” fue, de hecho, una revolución dentro de la revolución. “La pobreza no es socialismo”, había dicho Deng, quien alertó a los capitalistas occidentales que soñaban con repetir el saqueo producido en la Rusia post URSS de los ‘90: “Si China se occidentalizara totalmente y abrazara el capitalismo, sería imposible la modernización. Esta solo podrá alcanzarse con socialismo, no con capitalismo”.

El trabajo de Restivo y NG (codirectores de Dang Dai, revista de intercambio cultural entre Argentina y China), que incluyó viajes a las zonas más remotas de China, sirve también para conocer mejor la heterogeneidad geográfica, social y cultural de este gigante asiático. Buena parte del territorio chino está fuera de ese mapa que el occidental medio dibuja en su imaginación iluminado por las luces de Beijing o Shanghai.

El foco de las autoridades chinas estuvo puesto en esos miles y miles de kilómetros cuadrados de montañas y desiertos que se extienden en el centro y el oeste del país. Allí viven millones de chinos –muchos de ellos pertenecientes a diversas etnias y minorías religiosas- dedicados a actividades agrícolas primarias. El desafío fue desarrollar las potencialidades de cada región, atendiendo necesidades puntuales con políticas claras y contundentes.

El libro da cuenta de numerosos ejemplos de iniciativas concretas en aldeas remotas: los avances en la economía digital y el comercio electrónico en Taobao, provincia de Jiangsu, con apoyo del Gobierno y del grupo Alibaba; la promoción de la “ecocivilización” en la región de Guizhou, aprovechando la limpieza y sustentabilidad de sus paisajes; la profesionalización del trabajo artesanal de bordados en Qinghai; y hasta el llamado “turismo rojo”, que pone el foco en los sitios históricos de la legendaria revolución comunista; también resultó fundamental la mejora en la infraestructura y en el transporte (por ejemplo se construyó un tren de alta velocidad a Lhasa, capital de la región autónoma del Tibet, que costó 5 mil millones de dólares) para conectar las economías regionales con los puntos de comercialización.

No puede soslayarse el hecho de que estas medidas fueron motorizadas a través de un Estado que utiliza mecanismos de coerción y control sobre sus ciudadanos. En la aldea de Shawa, en Yunnan, hasta hace diez años más del 75 por ciento de la población (perteneciente a la minoría étnica Nu) vivía en la pobreza extrema cultivando maíz. Expertos agrícolas, convenientemente acompañados por un escuadrón militar, capacitaron a los aldeanos para desarrollar la industria del kiwi, que se preveía potencialmente más provechosa por las condiciones del lugar. El pueblo, apegado a sus tradiciones, resistió un tiempo hasta que cedió a la presión estatal. Después de dos años, la indigencia fue erradicada de Shawa, gracias a la exportación de kiwi. En ocasiones, el gobierno central decidió relocalizar pueblos enteros después de evaluar diversas variables económicas, culturales y ambientales. El resultado -la reducción o la eliminación de la pobreza extrema- fue el mismo.

En un país donde las ganancias de los más ricos se reinvierten en el país y no se fugan a paraísos fiscales (al menos no en la medida en que ocurre de este lado del mundo); en un país donde subsisten problemas, contradicciones y nuevos desafíos, se produjo el “milagro” de la redistribución progresiva de los ingresos. Planificada por el Estado, con el “mercado” como auxiliar subordinado. Si es socialismo o no, debería ser el tema de otro libro.

Fernando D´addario/Página 12-Espectáculos

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