
El orden de prioridades del hincha de Boca quedó claro apenas empezó el partido que unas dos horas después le ganaría a Instituto por 2 a 0. El pitazo inicial dio paso a un canto casi unánime, que pedía a los gritos por la Copa Libertadores. Esa es la fórmula que unifica más que ninguna otra. Y con la inminencia de su comienzo es que la súplica en la previa y la buena noche del equipo parecieron ir de la mano para un final de domingo feliz.
Que terminó con todo lo que podía pedirse en la previa: un buen partido del equipo, niveles individuales prometedores y festejos de dos que llevaban el grito atragantado desde hacía un tiempo, como el pibe Tomás Aranda y su estreno absoluto en la red y el goleador Adam Bareiro, por fin concretando lo que se le negó una y otra vez como su primer tanto en la Bombonera.
El desarrollo, sin embargo, se le iba pareciendo bastante a lo visto en los últimos encuentros. La previsibilidad de un juego sin velocidad, centrado en lo que iban tejiendo desde el círculo central Leandro Paredes y Ander Herrera y con Aranda buscando su mejor posición para gravitar, independientemente de que cada vez que toca la pelota la sensación de que algo está por suceder es tal vez de las mejores noticias del año xeneize. Pero ojo, que no por no ser un par de rayos los creadores de Boca no fueron gravitantes. Y entre ellos y el buen partido de los delanteros derivaron en que se viera otra cara del equipo.
Claro que Instituto esperaba férreo, replegado en zona defensiva y no dejando espacios ni para que los laterales desborden cómodos ni para que en el área Bareiro y Merentiel tuvieran tiempo y espacio para imponer su jerarquía. El uruguayo, sin embargo, lo tuvo dos veces en ese primer tiempo, gracias a dos exquisiteces, primero de Paredes y después del pibe que ahora fue convocado a la Selección Sub20. Tampoco resignaba atacar la Gloria, y además de hacer revolcar a Marchesin (le sacó un mano a mano a Jhon Córdoba luego de una pérdida de Ayrton Costa en salida), tuvo la más clara de los primeros 45 cuando la barrida de Alarcón sobre la línea le cayó a Paredes en el palo opuesto en lugar de terminar en un 0-1 que a esa altura hubiera sido un golpe duro.
Tal vez ese aviso fue lo que motivó un comienzo arrollador del complemento, que en los primeros 30 segundos pasó de un intento de la visita por llegar al fondo a una contra que -en tres toques- puso a Merentiel acertándole al palo tras el desvío en un rival. El parante opuesto, un minuto después, le negó el gol a Bareiro tras un cabezazo limpio dentro del área chica.
Para cuando Aranda clavó su derechazo al segundo palo de Roffo se habían jugado seis minutos y Boca ya había tenido alguna chance más. Estaba claro que sí era merecido, pero algo en este Boca que empieza a dar buenos pasos hacia adelante sigue costando en lo defensivo, porque dentro de esos frenéticos 10 minutos pasó del mano a mano clave que su arquero le sacó a Massaccesi abajo -en el primer palo y a menos de dos metros de distancia- a festejar el segundo con el suspenso que le puso el VAR.
Esa escena tal vez sea la que sirva para explicar el desahogo que significó la victoria en este momento. Porque cuando Rey Hilfer anunció la validez del tanto del paraguayo, tras capturar la pelota en el área y sin que lo antecediera el offside que sospechó el juez en un principio, el grito de los jugadores estalló como si no hubieran pasado los minutos que hubo entre el gol y el festejo.
Por Instituto, un equipo que no se resignó nunca, el partido no entró en modo pausado, algo que a Boca no le hubiera costado mucho sostener. Por eso hubieron chances y hasta algo de suspenso en un gol de Lázaro que terminó anulado por offside previo. Pero el triunfo -antes y después- ya era inobjetable.
Boca necesitaba ganar. Sus jugadores también. Ubeda mucho más. Y aunque fue sólo un paso, la cercanía con la Copa terminó generando que el canto final haya retumbado con más fuerza pidiendo por la Libertadores.
Gonzalo Suli/ole.com.ar

Le costó. Lo sufrió. Padeció la incomodidad de un partido que no reflejó las grandes diferencias a todo nivel entre ambos. Se vio abajo en el marcador por unos minutos, hasta que el VAR actuó correctamente. Estudiantes de Río Cuarto le cerró todos los caminos de juego. Pero ganó. Y este River entiende que la reconstrucción es así, a base de triunfos, pese a que el partido que jugó fue bastante flojo y hasta ordinario.
A fin de cuentas, una doble sensación para un Eduardo Coudet que, así como se mantiene con un 100% de efectividad, se fue de Córdoba con un dolor de cabeza en cuanto al rendimiento. Es que su equipo, que dio un par de pasos atrás en comparación a Huracán y Sarmiento, solamente se llevó los tres puntos por el penal de interpretación que Arasa cobró (luego Salas lo liquidó en la última) y porque Estudiantes no pudo conectar alguno de los mil centros que tiró al área de Beltrán.
De hecho, el sufrimiento por aferrarse a la victoria llevó al Chacho a poner primero un doble tándem por izquierda ( Acuña-Viña) y, luego, una línea de cinco defensores para cerrar el encuentro. Una muestra clara de lo costoso que fue este 2-0 en el Antonio Candini: ante la imposibilidad de generar y funcionar como le hubiera gustado, el DT optó por reforzar el fondo ante el doble 9 rival (fue triple en los últimos minutos con el ingreso de Wanchope Ábila).
Porque después, a River no se le cayeron demasiadas ideas. Espeso e impreciso, le costó encontrarle la vuelta para penetrar a un bloque celeste que tenía a nueve de los diez jugadores de campo abocados a defender, cortar e impedir que los creativos pudieran pesar en el juego: esta vez, a Coudet no le terminó de funcionar como pretendía la idea de resignar a un volante ofensivo para incluir a Freitas acompañando a Driussi.
Subiabre no desequilibró ni se sintió cómodo abierto por la izquierda, Galván no encontró un socio y Vera por momentos dudaba entre ser un complemento de Moreno y una especie de enganche. El resultado, un equipo previsible que no pudo transformar el 65% de posesión (llegó a ser superior) en chances claras: sin espacios para meter pases filtrados y muchas veces evitando el centro innecesario, la pelota dio vueltas horizontalmente entre los centrales y los mediocampistas.
Pan comido para los riocuartenses, que se replegaban con una línea de cinco que River no logró romper intentando abrir la cancha: Acuña se sumaba a los volantes para jugar y, del otro lado, Montiel no tenía un acompañamiento para proyectarse y generar superioridad numérica. De hecho, un pase largo muy preciso del lateral izquierdo al derecho que generó ese tiro libre del primer tiempo (que el árbitro en un principio había cobrado como penal) fue de lo mejor de un partido que al Millonario se le hizo más cuesta arriba de lo que debió.
Ni siquiera Juanfer Quintero pudo gravitar y darle esa dosis de fútbol a un equipo que claramente no la tuvo. Kendry Páez, el otro que podría haber roto la tendencia, se quedó en el banco.
El triunfo, en ese sentido, es lo único que le queda a un Coudet que terminó en modo Chachonaccio con esa línea de cinco para defenderse en el final. Una muestra clara de lo que le costó vencer al último de la anual y estirar ese 100% de efectividad que lleva. Pero que no empaña que debe mejorar: el parate le vendrá más que bien…
Gastón Pestarino/ole.com.ar
OTROS RESULTADOS
Independiente Rivadavia 2 – Rosario Central 0
Sarmiento 2 – Aldosivi 0
Argentinos 1 – Platense 0
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