Lorenzo Toto Ferro, con Lucas Vignale, estrenan su ópera prima: El Tren Fluvial

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A los 9 años, Milo decide escaparse de su casa. No lo hace porque no quiera a su familia sino porque necesita encontrar una vida que todavía no conoce. Vive en el campo, entrena malambo bajo la exigencia de un padre que espera de él la perfección y cumple con una serie de tareas domésticas que parecen formar parte de un entrenamiento para convertirse en el hijo que los demás imaginan. Pero Milo sueña con otra cosa: viajar en tren, conocer Buenos Aires, entrar en una película que hasta entonces sólo pudo mirar desde lejos. En ese viaje, sin embargo, descubrirá que la libertad también puede tener la forma de la soledad.

Ese es el punto de partida de El tren fluvial, el primer largometraje de Lorenzo “Toto” Ferro y Lucas A. Vignale, que se estrena este jueves 8 en la Sala Leopoldo Lugones y el sábado 10 en el Malba: una película que cruza el relato de iniciación con el universo del cine de Leonardo Favio, la poesía de Francisco Madariaga, y una mirada entre realista y onírica sobre la infancia. El viaje de Milo es también un desplazamiento entre dos mundos: el campo y la ciudad, la protección y la autonomía, la tradición y el deseo de construir una identidad propia. La película adquiere además una dimensión inevitablemente personal después de la muerte de Vignale, ocurrida antes de que pudiera acompañar el recorrido internacional del film. Presentada en la Berlinale y luego en San Sebastián, El tren fluvial quedó para Ferro como algo más que una película: “Un retrato de nuestra amistad”, según sus propias palabras. Una obra atravesada por la ausencia de quien la imaginó y realizó junto a él.

Actor desde El Ángel y Simón de la montaña, Ferro debuta ahora detrás de cámara con una película realizada con pocos recursos, actores no profesionales y apenas catorce días de rodaje. En tiempos particularmente difíciles para el cine argentino, El tren fluvial también plantea, desde su propia existencia, una pregunta política sobre la posibilidad de seguir filmando cuando las condiciones para hacerlo se vuelven cada vez más adversas.

Para Ferro, la película nació de una nostalgia de estar vivo y de la búsqueda de una palabra de amor. Consultado acerca de cómo se transformó una experiencia personal en la historia de este niño, señala: “Recopilando, viendo… Sobre todo había muchas ganas de filmar con Lucas, todo el tiempo teníamos muchas ganas de filmar porque esa también era una manera de nutrir nuestra amistad, de desafiarla y de hacerla crecer. Era como un espacio que nos gustaba habitar. Entonces, a veces uno busca excusas para filmar porque es una manera de mantenerse vivo y de habitar el tiempo de otra manera. Uno va viviendo y va acumulando información, y esa información necesita ser puesta en imágenes, en el caso nuestro; otros las verbalizan en terapia. Teníamos ciertas inquietudes y ciertas sensaciones que queríamos transmitir en imágenes, y esas inquietudes, sensaciones, emociones se fueron acumulando y llegaron en el momento en el que más ganas teníamos de filmar”, cuenta el joven actor.

-Milo cree que la libertad está en irse, pero en la ciudad descubre también la soledad. ¿La película propone que emanciparse no significa necesariamente dejar atrás aquello de lo que uno quería escapar?

-Sí, o que a veces donde uno cree que va a encontrar la mayor libertad encuentra la máxima prisión. O que, a veces, la libertad viene acompañada de un componente en la vida adulta que es la soledad. Y que cuando te das cuenta de que por ahí encontraste la libertad también te chocas con la soledad. Y ese primer encuentro con ese saber que existe la soledad te asusta mucho, porque sabés que por ahí te cuesta más la soledad y que vas a tener que hacer un montón de cosas para aceptarla. La película también intenta retratar ese primer momento en la vida en que una persona se da cuenta de que no es indestructible, de que se va a morir y de que está sola. Y hay gente a la que le llega a los 9 años, hay gente a la que le llega a los 20, no lo sé. A nosotros nos interesaba que fuera muy pequeñito el personaje cuando se daba cuenta de eso. Algo en su espíritu: él antes de irse nota una inquietud, tiene una lenta transformación del espíritu en silencio, y al final de la película el espíritu se da cuenta de que aparece un nuevo momento de su vida en el que las cosas tienen causas y consecuencias.

-Leonardo Favio aparece como una referencia explícita y, además, figura primero entre los agradecimientos. ¿Qué aprendiste de su manera de mirar a los niños, a los personajes marginales y a quienes buscan un lugar en el mundo?

-A ver, no sé muy bien que aprendí, tampoco me puse mucho a pensar. Si sé lo que las películas suyas hicieron en mí. Podría decir que los mira con mucho respeto y cuando los mira se pone a la altura de un niño. Es una altura muy difícil de alcanzar, porque el mundo de un niño hay veces que es tan complejo, tan lleno de imaginación, que a veces es difícil poder abarcar siquiera un porcentaje mínimo en un lenguaje cinematográfico. Por eso siempre se ponía a su altura. Y lo que me gustaba a mí es que intentaba nunca olvidarse de la magia que habita la niñez, pero tampoco de la crudeza que puede habitar la niñez, sobre todo cuando esa niñez está rodeada de una soledad como, por ejemplo, en Crónica de un niño solo. Una frase que con Lucas nos impactó mucho cuando la vimos y que la tomamos casi como una especie de farol para construir nuestra película es una que utiliza Leonardo Favio en el cortometraje El amigo, donde al finalizar pone esta frase de Víctor Hugo que dice “Hay un hada escondida en todo lo que ves”. Me impactó mucho esa frase cuando la leí. Dijimos “Podríamos utilizar esta frase para pensar la película y que el niño vaya viendo, a veces, cosas oscuras, pero que haya hadas escondidas. Podemos hacer una película donde se escondan hadas”. Hay gente que puede apreciar esas hadas que uno esconde, y hay gente que no puede apreciarla o no puede verlas. Cada uno encuentra las hadas en lo que quiere, pero eso es una manera de mantenerse vivo y esperanzado. Uno puede estar viviendo la vida y puede haber siempre un hada escondida. Me entusiasma pensar que hay un hada escondida en todo lo que veo y que depende de mí verla. Entonces, tengo que trabajar para poder verla.

-¿Cómo cambió tu relación con El tren fluvial después de la muerte de Lucas? ¿Hay escenas que hoy mirás de una manera diferente?

-Sí, ahora la vi en San Sebastián y la veo de otra manera. Bueno, Lucas también es una persona que se escapó de su casa y se fue a vivir a un mundo. Lo digo poniéndome romántico, porque obviamente falleció y nadie sabe lo que es la muerte. Pero relacionándolo con El tren fluvial y queriendo ponerme optimista, es una persona que se fue de su casa y se fue a vivir otras cosas a otro lugar, como Milo. Nosotros acá estamos dormidos viviendo la realidad y él quizás es el que esté en otro lado más despierto viéndonos, y también pensando en nosotros. Nosotros estamos dormidos porque seguimos, por lo general, lo que el capitalismo nos plantea. Y por eso filmar cine entre amigos es muy lindo, porque vas un poco en contra de ese planteo capitalista de respetar los tiempos, de todo como muy planeado. Recuerdo con mucho amor este rodaje porque no había una planilla a la que había que seguir. Era simplemente dejar que las cosas pasen y tener paciencia para que pasen.

Oscar Ranzani/Página 12-Espectáculos

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