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España dio cátedra, desarticuló a Francia y es finalista del Mundial

España dio cátedra, desarticuló a Francia y es finalista del Mundial

Paliza. Por momentos fue una paliza. ¿Dónde está la Francia arrolladora que pensaba en una nueva final? ¿Dónde quedaron los zurdazos de Dembelé? ¿Dónde fue a parar la conducción de Olise y Koundé? ¿Y los goles de Mbappé? España desnudó todas esas falencias anímicas y futbolísticas con una fórmula más vieja que el fútbol: querer la pelota. Tratarla bien, con precisión, con toque, con pase, con desmarque, con anticipo. La mega paridad esperada se terminó cuando Rodri se hizo dueño de la pelota, cuando Ruiz distribuyó siempre con criterio. El Mundial ya tiene su primer finalista y hay que aplaudirlo porque dejó en ridículo al candidato de la mayoría. Los españoles sacaron su pasaje al Metlife para el próximo domingo.

El partido lo había contado Deschamps. Lo había descripto De la Fuente. Y a los dos les caía cómodo lo que se imaginaban. El tema es que se dio una parte de la historia, esa en la que coincidían todos que la pelota iba estar más tiempo en los pies españoles.

Amo y señor del medio, Rodri disimuló la falta de Pedri. El jugó por los dos. Pero fue todo el medio el que se comprometió con el juego. Aprovechándose que Tchouaméni debe seguir lesionado (no puede jugar tan mal) y tomando nota de cómo hizo Paraguay para bajar el juego de Koundé y Olisé. Los fueron a raspar de entrada y ambos ya no podían culpar a la rudeza sudamericana…

Y así como la precisión era española, los pases regalados a los rivales eran franceses. Dembelé, a diez mil kilómetros del que ganó el Balón de Oro, armaba las contras de España pasándole la bocha a Lamine!!! Mbappé se movía a contramano del resto y el único que era digno de esta Francia era Rabiot.

Cucurella y sus rulos son tan famosos como que el lateral le gusta proyectarse. Se ve que no tomaron mucha nota del tema porque lo dejaron una y otra vez. Y en uno de esos centros, Digne se mandó un blooper amateur. Quiso dominar la pelota con la cabeza. Lamine se avivó, le adelantó la bocha y el francés le metió un patadón insólito. El gol de penal de Oyarzabal no hacía otra cosa que darle justicia al resultado.

Ni la pausa de hidratación los hizo reaccionar. España no sólo tenía el control de la pelota, del juego y del resultado. Francia no ganaba ni una sola segunda jugada y parecía apostar todas sus fichas a una salida rápida. Y casi le sale porque Mbappé arrancó en propio campo y se iba solito si no fuera porque Simón hizo de líbero saliendo muy lejos de su arco y salvando una difícil.

Encima, como si no les alcanzara con las pifias de los volantes, Maignan salía mal desde el fondo y España armaba una jugada fantasista con pared entre Fabián Ruiz y Yamal con taco incluido. No fue un golazo porque se la puntearon al córner.

Francia regaló los primeros diez minutos del segundo tiempo jugándosela con la misma fórmula con la que arrancó a semifinal y recién ahí mandó a la cancha a Doué, que no llegó a acomodarse que tuvo que ver el gol que armaron entre Porro y Olmo. Un canto al buen fútbol, un canto a la pared, un canto a la definición.

Y lo mejor fue que España no cambió su idea, su búsqueda, su intención. Si a eso se le suma que los franceses dejaron el alma en el banco de suplentes luego de cantar la Marsellesa, la final tenía un nombre cantadísimo. Incluso, Lamine Yamal armó un jugadón tributo a Messi, colándose al área de derecha a izquierda, y clavándola en un ángulo que finalmente el VAR lo anuló porque estaba media uña adelantado.

Mbappé daba señales de vida convirtiendo en peligrosa una pelota perdida en el borde del área con un derechazo que pasó cerca. Poco. Realmente poco. Si Argentina fue elogiada en algo contra Egipto fue por esa actitud, por esa rebeldía de romper esquemas y planteos para construir una recuperación épica. No es una decisión consciente, claro. Se vive y se transita de un modo natural que, al menos en esta semifinal, Francia no tuvo.

Una jugada del final lo retrata. Pelotazo largo para Mbappé y el arquero, otra vez, anticipa con la cabeza. La bocha le quedó a Doué que tardó tanto, pero tanto que le dio tiempo a Simón a regresar al área y atajarla. Los nervios, las dudas, la tensión. O la impotencia. Llámenlo como quieran.

Tenencia de la pelota, sentido colectivo, jerarquía individual, solidaridad para la recuperación, personalidad para ir a la segunda jugada, amenaza latente en ataque y convicción. Convicción para sostener sus ideas desde esos primeros 40 segundos de partido hasta el final. España jugó como si fuera una final, como hay que jugarla. Francia se perdió entre lo que decían que era y lo que realmente fue. El ole, ole, ole del final estuvo merecido.

Diego Macías/Enviado Especial de Olé

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