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John Lydon, al frente de PIL, se mostró totalmente vigente en el C Art Media

John Lydon, al frente de PIL, se mostró totalmente vigente en el C Art Media

La vigencia, esa noción antes formalmente reclamada a la escritura de un inmueble o la estructura potencial de una mesa, es hoy en día un atributo que se les solicita a las leyendas del rock. La música que en plan global acompañó a la vida cotidiana en la segunda mitad del siglo XX, y que en el XXI todavía coletea, tiene a sus mayores exponentes en el lógico declive biológico de su presente físico y a su cancionero y obra general como un estamento invaluable.

John Lydon, 70 años recién cumplidos, está dentro de ese fisgoneado olimpo. Medio siglo atrás, cuando se hizo llamar Johnny Rotten al frente de los Sex Pistols, mucho se creyó que se trataba solo de un descarriado cuyo único propósito era señalar con el índice el aburguesamiento de los que lo precedieron en el Planeta Rock. Pero el personaje central de aquel estallido conocido como punk tenía mucho más para dar, y de eso se trata PIL, un exhaustivo y multidireccional paseo del amor de su líder por la música.

La del sábado fue la tercera visita de la banda a Buenos Aires, esta vez con el gesto agregado de haber pasado por Rosario (viernes) y Mar del Plata (ayer). Las anteriores ocurrieron en 1992 (Obras) y 2016 (Vorterix), con repertorios que fueron variando y un Lydon que fue encajando como pudo diversos tonos de desgracias a su alrededor, como las muertes de su esposa Nora Forster luego de años de padecer Alzheimer, y la de su mejor amigo y manager de giras, John “Rambo” Stevens.

Como en el caso de su colega Nick Cave, parece haberlas asimilado de una manera humana y de acercamiento a su público, en giras donde el acercamiento a las audiencias y la búsqueda de empatía fungen de modo redentor. Creaciones y personalidades que supieron ser sulfúricas y nihilistas hoy pasan por el tamiz de lo tierno y liberador. Por caso, permite discernir en la música de PIL -por momentos abstracta y fríaun alto componente emocional.

El cantante, plantado al centro del C Art Media, nunca dejó de dar la impresión de estar actuando desde un púlpito. Un atril frente a él definió la situación, mientras sus tres compañeros de gira (el guitarrista Lu Edmonds, el bajista Scott Firth y el baterista Mark Roberts) trabajaron en conjunto para el mismo credo. Una música demandante, densa, animada con predominio de los graves del bajo de Firth (tan dúctil como para haber tocado con John Martyn, Elvis Costello y las Spice Girls).

La voz de Lydon, completa y discordante como siempre, con expresividad dentro de lo que su caudal ofrece, continuó siendo el eje central del show, que a todas luces fue el más redondo y compacto de los que ofreció en Buenos Aires. El repertorio resultó otro acierto, como un salpicado sutil de toda su discografía.

Con magnetismo y sin que sea rutina, emprendió su espectral recitado en Poptones, un tema incluido en el histórico, decisivo e influyente Metal Box (1979). Imposible restarle atención a ese relato, donde una chica secuestrada y violada cuenta sus últimos minutos de vida al costado de una ruta, mientras recuerda que en el auto donde la llevaban un casete propalaba canciones pop.

No hubo sentimentalismos para presentar World Destruction, el vívido tema de electro-rap que en 1984 grabó junto al ícono del hip hop Afrika Bambaataa, fallecido este viernes, acaso perdiéndose de ser testigo de lo que nos espera si Estados Unidos, Irán e Israel deciden apretar todos los botones a la vez. La canción, como en tantos momentos de PIL, invitó al baile espontáneo y eufórico, como la contagiosa (y contemporánea) This is Not a Love Song.

Antes de los bises, y de que el maestro de ceremonial anunciara que necesitaba un rato para descansar y fumarse un cigarro, brindaron una eufórica versión de una de las canciones decisivas de la historia, Public Image.

La lúcida declaración de principios de un muchacho de 22 años que en 1978 decidió dejar de vivir del traje de anticristo y negarse a ser un punk a reglamento para fundar esta banda que todavía va. Todo lo que hoy se nombra como post punk, una etiqueta tan abarcativa y poco precisa que parece servir para nombrar cualquier atisbo creativo. O el improbable retro, sin contexto ni forma, de lo que nació como un infinitivo.

Open up inició la cuenta regresiva. En Rise, el tema más conocido de PIL, los dos eslóganes que lo atraviesan le dieron sentido al presente: “anger is an energy” (“la ira es una energía”) y la frase tradicional irlandesa “may the road rise up to meet you” (“que el camino se alce a tu encuentro”) cubrieron de emotividad una noche a la que le faltaba algo más.

Del primer disco (1978) extrajeron Annalisa, la historia de una chica con un desorden mental a la que sus padres católicos indujeron a un exorcismo y agonizó como purga de los supuestos demonios que la atormentaban. “Annalisa no tuvo escapatoria/ murió de hambre en una sala de espera/ preocupación barata y cuentas de rosario/ no resolvieron necesidades apremiantes” se escucha. Luego se despidieron con una charla informal, con esa bonhomía trascendental de la que hace uso Lydon en esta etapa de su vida.

José Bellas/Clarín-Espectáculos

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